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sobre Manzanera
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Hay pueblos que parecen pensados para una foto rápida y otros que se entienden mejor cuando bajas del coche y te quedas un rato. El turismo en Manzanera va más por lo segundo. Está en la parte oriental de la sierra de Gúdar, cerca de los mil metros de altitud, y tiene ese aire de sitio donde la vida sigue su curso sin preocuparse demasiado de si hay alguien mirando.
Viven aquí algo más de quinientas personas y el ritmo lo marcan las estaciones. En muchos momentos del día lo que se oye es el viento moviendo los pinos, algún tractor a lo lejos y conversaciones tranquilas en la calle. No es un pueblo preparado como escenario: es un pueblo que simplemente sigue funcionando.
Alrededor se extienden pinares de pino silvestre y praderas abiertas. No hay montañas que te dejen con la boca abierta al estilo Pirineos, pero el paisaje tiene ese punto tranquilo que engancha si te gusta caminar o conducir sin prisa: colinas suaves, claros en el bosque y cambios de color bastante marcados cuando llega el otoño.
Qué ver en Manzanera
Cuando entras al pueblo lo primero que suele llamar la atención es la iglesia parroquial. Es grande para el tamaño del lugar y se ve desde varios puntos, con esa piedra que aquí aguanta inviernos serios sin inmutarse demasiado.
El resto del casco urbano se recorre sin plan. Calles estrechas, casas de mampostería, balcones de hierro y portones que parecen llevar ahí más tiempo del que cualquiera recuerda. Muchas viviendas siguen habitadas y eso cambia bastante la sensación: no es un decorado antiguo, es un sitio donde la gente vive todo el año. También verás corrales viejos, fachadas algo gastadas y detalles que cuentan que la economía aquí siempre ha estado ligada al campo.
Si te quedas hasta el atardecer, el ambiente cambia bastante. Es ese momento en que el pueblo se queda casi en silencio y el aire empieza a refrescar rápido. Desde los alrededores —pequeños altos o caminos que salen del casco urbano— se ve bien el mosaico de pinares y zonas abiertas que rodea Manzanera.
Caminar por los alrededores
Quien llega hasta aquí normalmente viene con ganas de moverse un poco. Y la zona lo pone fácil. Hay bastantes pistas forestales y senderos que atraviesan pinares y zonas de matorral bajo. No son rutas técnicas; más bien caminos de los que se hacen a ritmo tranquilo, mirando el paisaje y parando cuando apetece.
Eso sí, muchos cruces se parecen entre sí. Si te alejas bastante del pueblo conviene llevar mapa o track porque es fácil acabar en otra pista distinta sin darte cuenta.
Con algo de suerte —y madrugando un poco— a veces se ven corzos en los claros del bosque. Jabalíes también hay, aunque normalmente lo único que verás serán sus huellas en el barro.
En invierno el paisaje cambia bastante. Cuando nieva, que aquí puede pasar, los caminos quedan cubiertos y el entorno se vuelve muy silencioso. En esos días algunos senderos se recorren bien con raquetas o simplemente dando un paseo corto cerca del pueblo, siempre con ojo a la meteorología porque las nevadas fuertes pueden complicar los accesos.
Comer por la zona
La cocina de esta parte de Teruel es directa, de las de plato contundente. El cordero asado suele aparecer en muchas mesas, igual que los embutidos curados y los guisos de cuchara cuando aprieta el frío.
En temporada húmeda las setas tienen bastante protagonismo. Los pinares de alrededor suelen dar níscalos y otras especies que la gente de la zona conoce bien desde hace generaciones. Si sales a buscar, lo básico: cesta, navaja y cabeza. Aquí el monte se respeta bastante y se nota.
También es habitual encontrar miel producida en la zona y productos sencillos ligados al campo, sin demasiadas vueltas.
Tradiciones que siguen vivas
Las fiestas patronales se celebran en verano y funcionan como en muchos pueblos de la sierra: actos religiosos, música por la noche y vecinos que vuelven esos días aunque vivan fuera el resto del año.
En enero suele celebrarse San Antonio, con la bendición de animales, una tradición muy ligada al peso que ha tenido el ganado en la economía local.
Y cuando el otoño viene lluvioso, a veces se organizan actividades relacionadas con las setas: charlas, salidas al monte o pequeñas degustaciones. Nada masivo, más bien cosas de ámbito local donde se comparte lo que da el bosque ese año.
Cómo llegar
Manzanera está a algo más de una hora en coche desde Teruel. Lo habitual es bajar por la A‑23 en dirección a Sagunto y después desviarse por la N‑234 para adentrarse en la sierra.
La carretera final tiene curvas, como casi todas en esta parte de Gúdar‑Javalambre, pero se conduce sin problema con un coche normal. En invierno conviene mirar el parte meteorológico antes de salir porque las nevadas aquí no son raras.
Y un consejo sencillo: aunque vengas en verano, mete una chaqueta en el coche. En cuanto se pone el sol, la temperatura baja más rápido de lo que uno espera. En pueblos de montaña como este pasa mucho: durante el día estás tan a gusto… y por la noche te acuerdas de que estás a mil metros.