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sobre Sarrión
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Con el turismo en Sarrión pasa algo curioso. Llegas pensando que vas a ver otro pueblo de interior de Teruel —calles tranquilas, casas de piedra, la plaza donde siempre hay alguien charlando— y a los diez minutos te das cuenta de que aquí ocurre algo raro bajo tierra.
No se ve, pero se nota. Porque Sarrión vive de algo que no crece a la vista: la trufa negra. Y cuando un pueblo pequeño se especializa en algo que medio mundo busca, el ambiente cambia un poco.
Un pueblo que vive bajo tierra
Sarrión se ha hecho conocido por la trufa negra. En esta zona de Gúdar‑Javalambre hay muchas plantaciones y, según suelen contar aquí, buena parte de la producción española sale de estos campos.
No es algo que salte a la vista cuando paseas por el pueblo. La calle mayor tiene ese aire de pueblo del sur de Teruel: casas de piedra, algún vecino apoyado en la pared tomando el sol en invierno, coches aparcados sin prisa.
Pero de repente ves un cartel anunciando trufa fresca en temporada y recuerdas que este lugar juega en otra liga agrícola. Un producto pequeño, feo si lo miras rápido, y que mueve bastante dinero cuando llega el invierno.
Cuando se celebra la feria de la trufa —a finales de enero normalmente— el pueblo cambia de ritmo. Aparecen cocineros, compradores y curiosos. Escuchas conversaciones sobre aromas, calibres y cosechas como si estuvieran hablando de vino.
La Escaleruela y el nacimiento del agua
A unos cinco kilómetros del núcleo está La Escaleruela. No es exactamente un barrio ni un pueblo grande, más bien un pequeño grupo de casas alrededor de un manantial.
El camino hasta allí sigue en parte el curso del río Mijares y es de esos paseos que se hacen sin pensarlo demasiado. Sendero sencillo, paisaje abierto y el sonido del agua acompañando casi todo el rato.
El manantial tiene bastante caudal y alimenta acequias que llevan siglos funcionando por aquí. No es un lugar espectacular en el sentido de “gran monumento”, pero tiene ese punto curioso de ver cómo nace el agua que luego riega media comarca.
Jamón y aire frío de sierra
Aunque la trufa se lleve la fama, el jamón también forma parte del paisaje de Sarrión. Esta zona está dentro del territorio del Jamón de Teruel y el clima ayuda mucho: inviernos fríos, aire seco y altitud cercana a los mil metros.
Eso se nota en las bodegas y secaderos que hay en el pueblo. No hace falta entender mucho para darse cuenta de que aquí el proceso va despacio, como casi todo en la sierra.
Si has estado en otros pueblos jamoneros de Teruel, la sensación es parecida: calles tranquilas y, en algún punto, ese olor salado y suave que se escapa de donde están curando las piezas.
La Vía Verde y las huellas de la Guerra Civil
Por Sarrión pasa la Vía Verde de Ojos Negros, una antigua línea minera que hoy se utiliza para caminar o ir en bici. El trazado es cómodo porque sigue la pendiente suave del viejo ferrocarril, así que no hace falta estar muy en forma.
Otra ruta curiosa es la que recorre varias posiciones de la Guerra Civil en los cerros que rodean el pueblo. Quedan restos de trincheras, parapetos y pequeñas fortificaciones.
Cuando subes a alguno de esos cerros entiendes por qué estaban ahí: desde arriba se domina todo el valle. Hoy es un paseo tranquilo, pero el paisaje tiene esa capa de historia que te hace mirar el terreno de otra manera.
Cuándo ir a Sarrión
El invierno es la temporada de la trufa y cuando más movimiento hay. Coincide también con la feria trufera que suele celebrarse a finales de enero y que atrae bastante gente.
Pero fuera de esas fechas el pueblo se ve de otra forma. En septiembre, por ejemplo, el ambiente es más de vida local: fiestas patronales, vecinos en la calle y menos visitantes con cámara.
Depende un poco de lo que busques. Si quieres ver el mundo de la trufa en pleno movimiento, invierno. Si prefieres pasear con calma por el pueblo y la sierra, cualquier otro momento del año funciona mejor.
Una última cosa antes de ir
Sarrión no es un sitio lleno de monumentos ni de museos. Se recorre rápido. Es más bien de esos pueblos donde lo interesante está en lo que pasa alrededor: los campos truferos, las rutas cercanas, el ritmo tranquilo de la comarca.
Yo lo comparo con esos bares de carretera donde paras a estirar las piernas y acabas quedándote más rato del que pensabas. Llegas sin grandes expectativas y, cuando te vas, te das cuenta de que el lugar tenía más historia de la que parecía a primera vista.