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sobre Herrera de los Navarros
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A primera hora, cuando el aire todavía está frío incluso en verano, Herrera de los Navarros amanece en silencio. Solo se oye alguna puerta que se abre, un coche que arranca despacio y el viento moviendo las aspas de los aerogeneradores en las lomas cercanas. Desde casi cualquier esquina del pueblo se ve el campo abierto: parcelas de cereal, caminos de tierra que se pierden entre los cultivos y alguna paridera aislada donde antes se guardaba el ganado.
Herrera de los Navarros, en la comarca del Campo de Daroca, mantiene ese ritmo de los pueblos donde la agricultura sigue marcando el calendario. La población ronda los quinientos habitantes y, aunque muchas casas se abren solo en verano o en festivos, el pueblo no ha perdido del todo la vida cotidiana: huertos en las afueras, tractores cruzando la carretera local y vecinos que todavía se paran a charlar en mitad de la calle.
El casco urbano y la iglesia
Las calles del centro son estrechas y con desniveles suaves. En varios tramos el pavimento es de piedra y en otros simplemente asfalto viejo, remendado con los años. Las fachadas mezclan piedra arenisca, ladrillo y revocos que han ido cambiando de color con el tiempo: ocres apagados, algún rosa pálido, puertas de madera oscurecida por el sol.
En medio del pueblo se levanta la iglesia de la Asunción. Su origen se sitúa hacia finales del siglo XVI, aunque el edificio ha tenido reformas posteriores. La torre de ladrillo se ve desde bastante lejos cuando uno se acerca por carretera. Dentro suele conservar retablos de distintas épocas y una atmósfera fresca incluso en los días más calurosos del verano.
Alrededor aparecen varias casas grandes con escudos tallados sobre las puertas y balcones de hierro. No todo está restaurado ni alineado: hay fachadas muy cuidadas junto a otras que conservan grietas, vigas antiguas o portones que ya apenas se usan. En algunas esquinas todavía quedan corrales y pequeños patios donde se guardan aperos o leña.
El paisaje que rodea el pueblo
Salir andando de Herrera de los Navarros es cuestión de cinco minutos. En cuanto se dejan atrás las últimas casas empiezan los campos de cereal, muy abiertos, con líneas largas de horizonte y pocas sombras. En primavera el verde cubre casi todo; a finales de verano el paisaje se vuelve más áspero, con tonos amarillos y tierra seca que levanta polvo cuando pasa un coche.
En las laderas cercanas sobreviven carrascas, sabinas y algunos pinares dispersos. Son manchas oscuras en medio del campo claro. Cuando sopla viento —algo bastante habitual en esta zona— se oye el roce continuo de las ramas y, a lo lejos, el zumbido constante de los aerogeneradores.
Caminos para caminar o pedalear
Alrededor del pueblo salen varios caminos agrícolas que se pueden recorrer a pie o en bicicleta. No son senderos de montaña al uso: son pistas anchas que usan los agricultores, así que conviene apartarse cuando pasa maquinaria.
En verano es mejor salir temprano o al caer la tarde. El sol pega fuerte y durante muchos kilómetros apenas hay árboles. Llevar agua parece obvio, pero aquí se nota rápido cuando falta.
Con un poco de paciencia se ven aves de campo abierto: rapaces que planean sobre los cultivos, alondras que levantan el vuelo a pocos metros del camino o bandos de aves pequeñas moviéndose entre los rastrojos, sobre todo al final del verano.
Otoño en los pinares
En los pinares cercanos, cuando llegan las primeras lluvias del otoño, mucha gente del pueblo sale a buscar setas. Los níscalos suelen aparecer en algunas zonas, aunque cada año cambia bastante según la lluvia y el frío.
Si no conoces bien el terreno, conviene preguntar antes. Los vecinos suelen saber qué zonas se pisan más y cuáles están reguladas o son de propiedad privada.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia
En agosto, alrededor de la festividad de la Asunción, el pueblo se llena. Regresan familias que viven fuera y las calles recuperan un movimiento que durante el resto del año apenas se ve: música por la noche, mesas largas en las peñas y niños corriendo por la plaza.
La Semana Santa también tiene presencia, con procesiones y el sonido grave de los tambores, muy ligado a esta parte de Aragón.
Quien busque tranquilidad absoluta hará mejor en venir fuera de esos días. En otoño o en invierno, cuando el campo está casi vacío y el viento baja de la sierra, Herrera de los Navarros vuelve a su ritmo habitual: lento, seco, muy ligado a la tierra que lo rodea.