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sobre Almudévar
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Te juro que el GPS me dio un pequeño infarto. "En 200 metros, gira a la izquierda… en 100 metros… sigue recto". ¿Recto dónde, si estábamos en medio de un mar de trigal? Mi copiloto miraba el móvil como quien busca señal de vida en Marte. Y de repente, ahí estaba: Almudévar, pegado a la carretera como quien se resguarda del viento bajo una colina redonda. Porque eso es lo primero que ves cuando llegas a hacer un poco de turismo en Almudévar: un cerro casi perfectamente circular que parece hecho a propósito, como si alguien hubiese apretado un vaso en la masa de la tierra y saliese ese molde.
El pueblo que se esconde en la ladera
Bajas del coche y piensas: “¿esto es todo?”. Las casas se arriman al cerro como si tuviesen respeto a los campos de cereal que lo rodean. Es ese tipo de pueblo que parece más pequeño de lo que es. Luego descubres que aquí viven unos 2.400 vecinos —más o menos los mismos que tenía mi instituto— repartidos en calles tranquilas, casas bajas y bastante piedra oscura, de esa que parece sucia pero en realidad es simplemente el paso del tiempo.
La plaza es sencilla, bastante abierta. El ayuntamiento frente a la iglesia de la Asunción, como dos personas que comparten mesa sin hablar demasiado. La iglesia es del siglo XVI y tiene ese aire de edificio que ha visto pasar medio pueblo generación tras generación. Dentro suele mencionarse un órgano antiguo —del XVII, según cuentan— y un retablo atribuido a Juan Catalán. No es uno de esos templos que salen en los libros de arte, pero cuando entras entiendes que aquí la iglesia ha sido más punto de encuentro que monumento.
Las bodegas excavadas en el cerro
Lo más curioso aparece cuando miras la ladera y ves puertas sueltas en mitad del monte. Puertas de madera, algunas nuevas, otras torcidas por los años.
Son las bodegas. Durante siglos se excavaron decenas —muchísimas— en la tierra del cerro para guardar el vino y mantenerlo fresco todo el año. Hoy se habla de varios centenares repartidas por la ladera. Algunas siguen usándose, otras están cerradas, y otras se han arreglado para juntarse con amigos y abrir unas botellas.
Pasear por esa zona tiene algo curioso: parece que estés caminando por un barrio que está medio bajo tierra. En verano se agradece, porque el sol aquí aprieta como si alguien hubiese puesto un secador gigante apuntando a los Monegros.
Subir al cerro del castillo
Desde la plaza se tarda unos veinte minutos en llegar arriba del todo. La subida no tiene misterio: una cuesta constante que te recuerda que Aragón es más de horizontes que de sombra.
Arriba quedan restos del antiguo castillo y parte de la muralla. No esperes torres espectaculares ni grandes estructuras. Son más bien huellas de lo que hubo. Pero lo interesante está alrededor.
Desde allí se ve toda la Plana de Huesca extendiéndose en campos que cambian de color según la época del año. En primavera todo es verde; en verano, dorado. Es como mirar una mesa enorme cubierta de cereal hasta donde alcanza la vista.
La trenza de Almudévar
Ahora hablemos de lo que de verdad mueve a mucha gente a parar aquí: la trenza de Almudévar.
Es un dulce de hojaldre y frutos secos con forma de trenza que lleva décadas haciéndose en el pueblo. Cuando la ves en el escaparate parece una cosa sencilla, pero luego te das cuenta de que tiene ese equilibrio raro entre crujiente, almíbar y relleno que hace que desaparezca bastante rápido del plato.
También es fácil encontrarse con otros clásicos aragoneses: migas con uvas, cordero en salsa, embutidos de la zona… comida de la que pide pan al lado y una siesta después.
Romerías y fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas grandes del pueblo giran en torno a San Sebastián, en enero. Pero hay una cita que muchos vecinos esperan más: la romería de la Virgen de la Corona, que suele celebrarse en primavera.
Ese día la gente sube andando hasta la ermita en el cerro. Familias enteras, cuadrillas de amigos, mochilas con comida… tiene algo de excursión colectiva. No es un evento montado para atraer visitantes; más bien parece el plan de siempre al que, si llegas ese día, te sumas sin que nadie te mire raro.
También en la pedanía de San Jorge celebran la Virgen de la Violada a finales de septiembre. El nombre siempre llama la atención, pero viene de una evolución antigua del topónimo, no de lo que parece a primera vista.
¿Compensa parar en Almudévar?
Te lo digo claro: Almudévar no es de esos pueblos que llenan la tarjeta de memoria de la cámara. No tiene calles medievales interminables ni monumentos gigantes.
Pero tiene otra cosa que a veces se agradece más: vida normal.
La gente hablando en los bancos, bicicletas pasando por la plaza, coches que se paran a mitad de conversación. Si vienes con prisa lo ves en una mañana: paseo por el pueblo, subida al cerro, vistazo a las bodegas y algo dulce para terminar.
Y ya está. A veces viajar también va de eso: parar un rato en un sitio donde el tiempo no corre demasiado y seguir camino con la sensación de haber entendido un pequeño trozo del mapa.