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sobre La Sotonera
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El silencio en la llanura de La Sotonera tiene un sonido propio: el rumor lejano del agua contra la presa, el crujido de una rama de aliaga bajo el sol. Este municipio de la Hoya de Huesca no es un pueblo, sino un puñado de aldeas –Bolea, Aniés, Lierta– unidas por carreteras rectas y por la gran lámina azul grisácea del embalse que le da nombre. Aquí viven poco más de ochocientas personas. El horizonte es amplio, abierto, y en días claros la silueta de los Pirineos recorta el norte.
La capital es Bolea, y su Colegiata domina la llanura desde lo alto. Pero la esencia está en la dispersión, en ir de una aldea a otra y encontrar en cada una una torre defensiva, una portada románica, una fuente de piedra desgastada. El paisaje es de transición: ya no montaña, todavía no llanura pura. Campos de cereal que cambian del verde pálido de abril al oro quemado de julio.
Un patrimonio repartido
El interés se fragmenta entre las distintas poblaciones. En Bolea, la Colegiata de Santa María la Mayor es inevitable. Es un edificio macizo, de piedra arenisca que atrapa la luz de la tarde. Dentro, el retablo mayor es una explosión de color y oro, un trabajo de pintura sobre tabla del siglo XVI. El pueblo conserva calles estrechas, con pasadizos oscuros que huelen a tierra fría.
En Aniés, la peña de San Miguel sirve de telón. A sus pies está el Ermitorio rupestre de San Cristóbal, una capilla excavada en la roca de origen incierto, quizá altomedieval. Se sube por un sendero de tierra. Desde arriba, la vista abarca el valle y la mancha del embalse. La iglesia del pueblo guarda un retablo dedicado a San Pedro, más modesto pero con una quietud que invita a quedarse.
La presa de La Sotonera es una cicatriz de hormigón de mediados del siglo pasado. Su construcción sumergió el antiguo pueblo de Sotonera. Cuando el nivel del agua baja mucho, asoma el campanario de la iglesia hundida, un espectro de piedra que emerge unos días y vuelve a desaparecer.
En Plasencia del Monte una torre defensiva del siglo XVI vigila las calles. En Lierta, la iglesia de San Martín muestra una portada románica reformada. No son monumentos espectaculares, son huellas de una historia local, hecha de piedra y necesidad.
El ritmo del agua y los caminos
Aquí la actividad gira en torno al embalse. Es un lugar conocido para la observación de aves. Por la mañana temprano se ven garzas inmóviles en la orilla, grupos de ánades volando en formación. Con paciencia, se puede distinguir el vuelo de un aguilucho lagunero. No hay hides ni paneles informativos; se observa desde la misma orilla, en silencio.
La red de caminos rurales y pistas de tierra entre campos invita a caminar o a ir en bicicleta. Los desniveles son suaves. Un recorrido posible es ir de Bolea a Aniés, una caminata de unas dos horas con la sierra de Gratal siempre al fondo. No busques señales de GR, el rumbo lo marcan las torres de las iglesias y la línea del agua.
La pesca está permitida en el embalse. Es común ver a gente con las cañas en la orilla al atardecer, esperando la picada de carpas o black bass. Se necesita licencia.
Fechas en el calendario
Las fiestas mantienen el pulso de los pueblos. En Bolea se celebran alrededor del 14 de septiembre, por la Exaltación de la Santa Cruz. Hay misa, comida en la plaza y baile.
En Aniés es San Pedro, a finales de junio. Algunos suben entonces a la ermita rupestre. Plasencia del Monte festeja en agosto, Lierta en octubre. Son celebraciones pequeñas, para los del pueblo y quien se quiera acercar.
Una tradición que persiste, sobre todo en años secos, son las rogativas. Son procesiones para pedir lluvia que a veces terminan a la orilla del pantano, mirando el agua que falta en los campos.
Para tener en cuenta
Se llega desde Huesca por la A-132, en dirección a Ayerbe. En unos veinte minutos se toma el desvío a Bolea. El coche es casi necesario; el autobús que pasa tiene frecuencia escasa.
El verano es la época más activa, con fiestas y buen tiempo. Pero la primavera tiene la luz larga y los campos verdes. El otoño tiñe de ocres los chopos de la ribera. En invierno hace frío, un frío seco que corta, y a veces la nieve cubre las sierras cercanas.
Quedarse a dormir implica buscar una casa rural o el hostal de Bolea. Conviene reservar si coincides con fiestas. Para comer, la cocina es la de la tierra: migas, ternasco, longaniza. En Bolea hay obradores que venden la torta local, un dulce pesado y empalagoso que sabe a anís.
Lleva calzado para caminar por tierra. Y prismáticos, si te interesan las aves. La gasolina se echa en Huesca o en Ayerbe; entre medias, no hay. La cobertura del móvil se pierde en algunos tramos entre aldeas, un detalle que aquí casi agradeces.