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sobre Las Peñas de Riglos
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Llegas por la carretera de Ayerbe, con el valle del Gállego abriéndose delante, y de repente los ves: unos bloques de roca rojiza, enormes, como si un niño gigante hubiera dejado olvidados sus juguetes de construcción. No son montañas al uso. Son los mallos de Riglos, y lo primero que piensas es: ¿cómo se puede vivir justo debajo de esto?
Con poco más de 250 vecinos, Las Peñas de Riglos es ese tipo de sitio donde la geografía es el principal vecino, y a veces parece el dueano de la finca. El pueblo se aferra a la base de estos muros de conglomerado de 300 metros, y toda la vida aquí –las casas de piedra, las calles, la sombra en invierno– gira en torno a ellos. No es un decorado bonito. Es la razón de ser del lugar.
Los mallos no son un paisaje, son los protagonistas
Lo primero que haces al llegar es mirar hacia arriba. Hasta que te duele el cuello. Los mallos tienen nombres (el Firé, el Pisón, el Puro) y personalidad propia. No son una sola roca, son un batallón. Y no están ahí para que tú los fotografíes; están ahí, punto. La sensación es de una escala que no encaja, como si una parte de los Pirineos se hubiera desprendido y hubiera caído aquí, en la Hoya de Huesca.
El mirador del pueblo es el punto de partida obligado, pero es casi demasiado obvio. Para entender de verdad la dimensión de esto, conviene alejarse un poco. Tomar el desvío hacia la parte baja (el núcleo de Riglos) o seguir la carretera que va hacia el norte. Desde ahí ves el conjunto: el pueblo como una maqueta, los mallos como una muralla natural y el río Gállego pasando apurado por el congosto. Esa es la postal real.
El casco urbano es pequeño, de calles que suben y bajan buscando un plano que no existe. La iglesia de Nuestra Señora del Mallo es robusta, del siglo XX, y tiene una talla románica dentro. Pero seamos honestos: no vienes aquí por el patrimonio religioso. Vienes por lo que hay encima del tejado.
Aquí se viene a escalar (o a ver escalar)
Riglos es, antes que nada, un templo de la escalada. Es uno de esos sitios de peregrinación para gente con pies de gato y cuerdas. Los ves por la plaza, equipándose con un café, o volviendo al atardecer con esa mezcla de cansancio y satisfacción. La temporada fuerte es de otoño a primavera; en verano, la roca se convierte en una plancha.
Si, como yo, tu relación con la vertical se limita a subir una escalera de mano, hay otras formas de vivirlo. La ruta de los Miradores de los Buitres es un paseo circular que serpentea por la base de algunos mallos. No es difícil, pero el terreno es pedregoso –lleva calzado que agarre–. Las vistas al congosto son brutales, y es casi seguro que verás buitres leonados planeando. Aquí anidan, y verlos tan cerca, usando las corrientes térmicas que rebotan en la roca, es un espectáculo natural que no cansa.
Otra opción es subir a la Piedra de San Miguel, un balcón natural que te deja literalmente sobre el pueblo. La perspectiva desde ahí hace que las casas parezcan de juguete.
Un lugar de silencios (y de fiestas muy concretas)
Esto no es un pueblo de animación turística constante. Es un sitio tranquilo, donde el sonido principal suele ser el viento o el graznido de los buitres. La vida social gira alrededor de unas pocas fechas.
Las fiestas mayores son en torno al 12 de octubre, por la Virgen del Pilar. Son las típicas de pueblo aragonés: misa, comida comunal, baile. Más auténtico me parece el 17 de enero, San Antón, con la bendición de animales. Es una de esas tradiciones rurales que se resisten a desaparecer.
Y luego está el Día del Mallo, en primavera. Ese sí que es el día en que el pueblo se llena de la tribu de la escalada, con talleres, charlas y un ambiente que huele a magnesio y a montaña. Es cuando se nota que esta roca no es solo un paisaje, es una cultura.
Cómo moverse y no morir en el intento
Llegar es sencillo si tienes coche. Desde Huesca son unos 45 minutos por la A-132 hacia Ayerbe. Pasas Ayerbe y a los 15 kilómetros verás el desvío a la izquierda que sube al pueblo. Sin coche, la cosa se complica. El tren para en Ayerbe, y de ahí tendrías que buscar taxi o un autobús que no siempre coincide.
Cuándo ir es la pregunta del millón. Verano tiene luz hasta tarde, pero el calor en la roca es bestial. Primavera y otoño son probablemente lo mejor: temperaturas soportables y esa luz dorada que hace que los mallos parezcan de caramelo. El invierno es frío de verdad, pero si pillas los mallos con un poco de nieve en la cabeza, la imagen se te queda grabada.
Hay varias casas rurales y un albergue, pensados sobre todo para grupos y escaladores. Si vas en un puente o en temporada alta, reserva. No es que haya cien opciones.
Mi consejo final es este: no vengas solo a hacer la foto del mirador y marcharte. Tómate un café en la plaza, mira hacia arriba, haz el paseo de los buitres. Déjate impresionar por la escala de las cosas. Riglos no es el pueblo más bonito de Aragón, pero es de los pocos donde sientes, de verdad, lo pequeño que eres. Y a veces, eso es justo lo que necesitas.