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sobre Nueno
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El turismo en Nueno empieza por entender dónde está. El municipio se sitúa en la Hoya de Huesca, justo en el punto donde el llano comienza a levantarse hacia la sierra de Guara. La carretera que viene desde Huesca —a unos quince kilómetros— va dejando atrás los campos de cereal y se acerca poco a poco a las primeras lomas cubiertas de pinar. A unos 760 metros de altitud, Nueno aparece sin grandes gestos: casas de piedra, tejados inclinados y una trama sencilla que responde más a la vida agrícola que a cualquier planificación urbana.
Es territorio de transición. No es todavía montaña, pero el relieve ya anuncia lo que viene después. Esa condición explica buena parte de su historia: zona de paso, de cultivo de secano y de pequeñas aldeas dispersas.
El latín en la piedra
El origen del nombre de Nueno suele relacionarse con la expresión latina novem milia, nueve millas en una antigua vía romana que conectaba esta zona con Caesaraugusta. La interpretación aparece con frecuencia en estudios locales, aunque no todos los historiadores coinciden en el detalle exacto.
La documentación medieval es más clara: el lugar aparece citado en 1029 en relación con el monasterio de San Juan de la Peña, una institución que durante siglos tuvo propiedades en buena parte del actual Alto Aragón.
La iglesia parroquial de San Martín conserva restos románicos en la cabecera, probablemente del siglo XII. Es una arquitectura sobria, con muros gruesos y vanos pequeños. La torre, levantada varios siglos después, utiliza ladrillo y técnicas mudéjares que aligeraban la estructura respecto a la piedra maciza. No es un edificio monumental, pero ilustra bien cómo las iglesias rurales se fueron transformando con el tiempo sin abandonar su base medieval.
En el término municipal aparecen otros templos románicos dispersos por las aldeas. La iglesia de San Andrés, en Sabayés, tiene una torre robusta que durante siglos funcionó también como refugio; las aspilleras lo recuerdan. La ermita de Nuestra Señora de Ordás —antiguo monasterio femenino documentado en el siglo XII— conserva solo parte de los muros, pero su ubicación en altura permite entender la lógica defensiva y simbólica de estos lugares.
En el valle de Nocito, más al norte, se encuentra el santuario de San Úrbez, muy ligado a la religiosidad popular de la sierra de Guara. Tradicionalmente los habitantes de la zona acudían en romería para pedir lluvia en épocas de sequía.
Castillos que fueron
Durante los siglos de frontera entre los reinos cristianos y al‑Ándalus, estas lomas formaban parte de una red de vigilancia que protegía los accesos a Huesca. No se trataba de grandes fortalezas, sino de torres y recintos modestos vinculados al control del territorio agrícola.
En Sabayés se conservan restos del antiguo castillo atribuido a tiempos de Pedro I, levantado para vigilar el paso hacia la ciudad desde el valle del Guatizalema. Hoy quedan fragmentos de muros y algunas excavaciones en la roca que los vecinos aprovecharon durante siglos como bodegas.
Más discreto es el conjunto de Ordás, donde aún se reconoce un tramo de muralla con una puerta adintelada. Probablemente fue más una casa fuerte que un castillo en el sentido clásico.
El paisaje alrededor ayuda a entender su función. El secano domina: campos de cereal separados por muros de piedra seca que dibujan parcelas irregulares. Hacia el norte, la sierra de Guara aparece de golpe, elevándose sobre este terreno más suave.
Agua y piedra viva
Uno de los accesos más conocidos a la sierra desde el municipio es el embalse de Belsué. La presa original, construida a comienzos del siglo XX, tuvo problemas de filtraciones debido al terreno calizo, lo que llevó a levantar otra infraestructura aguas abajo, en Cienfuens.
Hoy el entorno funciona sobre todo como punto de partida para caminar. Desde aquí se llega a las Gorgas de San Julián, donde el río Guatizalema ha excavado pequeñas pozas entre paredes de conglomerado. En verano suele acercarse gente a bañarse; fuera de esa época el lugar queda bastante tranquilo.
Más al norte, en el valle de Nocito, el barranco de la Pillera es conocido entre quienes practican descenso de barrancos. El Tozal de Guara, con 1.807 metros, también se asciende desde esta zona por itinerarios largos que atraviesan bosque y pedreras antes de alcanzar la cumbre.
En muchos tramos la señalización es escasa, algo habitual en la vertiente norte de Guara. Conviene informarse bien del recorrido y de la meteorología antes de salir.
Las nueve aldeas
El municipio de Nueno incluye varias localidades además del núcleo principal. Entre ellas están Sabayés, Belsué, Arascués, Ordás, Santa Eulalia de la Peña o Nocito, cada una con carácter propio y con poblaciones muy reducidas durante el invierno.
En algunos casos la vida diaria depende en gran medida de las segundas residencias. Otras aldeas mantienen unos pocos vecinos todo el año. Las casas de piedra siguen ocupando las calles estrechas, aunque muchos antiguos campos de cultivo han ido quedando en barbecho o han cambiado de uso.
Las fiestas locales varían de un pueblo a otro. En Santa Eulalia de la Peña se celebra tradicionalmente San Mamés en agosto con actos sencillos en torno a la iglesia y la plaza. En Nueno, la referencia es San Martín en noviembre, una fecha vinculada al calendario agrícola y a la antigua matanza del cerdo. En Sabayés se mantienen las hogueras de San Blas a comienzos de febrero, siempre que el tiempo lo permite.
Son celebraciones pensadas para los vecinos; quien llegue esos días lo hará como invitado más que como espectador.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
Nueno se alcanza desde Huesca por la carretera que sube hacia Arguis y la sierra de Guara. El trayecto es corto, pero en cuanto se abandona la vía principal aparecen carreteras locales estrechas, habituales en esta parte del Alto Aragón.
El municipio es amplio y las aldeas están separadas entre sí, así que moverse con coche facilita bastante la visita. El transporte público existe, aunque con frecuencias limitadas.
Conviene llevar agua y algo de comida si se piensa caminar por la zona, sobre todo en rutas largas hacia la sierra. El terreno es pedregoso y después de lluvias puede volverse resbaladizo.
El otoño suele ser una buena época para recorrer estos paisajes: los campos ya segados dejan ver la estructura del territorio y, en días despejados, el Pirineo aparece al fondo con las primeras nieves. En verano el calor aprieta a mediodía; en invierno la nieve puede complicar el acceso a algunas pistas.
Nueno no gira alrededor de un monumento concreto. Se entiende mejor recorriendo sus aldeas, mirando cómo cambian los campos a medida que la llanura se transforma en sierra y leyendo en las iglesias y ruinas las capas de una historia rural que todavía sigue presente.