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sobre Hoz y Costean
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A primera hora, cuando el sol apenas asoma por encima de las lomas del Somontano, el aire en Hoz y Costean huele a tierra húmeda y a madera vieja. Al cruzar el pequeño puente de piedra que conecta el núcleo con los campos cercanos, el silencio solo se rompe por el canto de algún mirlo o el crujido de las hojas que arrastra el viento. Con poco más de doscientos habitantes, este municipio del Somontano de Barbastro mantiene un ritmo lento que se nota en los detalles: persianas que se levantan despacio, tractores que pasan camino de los campos, conversaciones breves en mitad de la calle.
Hoz y Costean no tiene grandes plazas ni edificios llamativos. Lo que uno encuentra al caminar son muros de piedra dorada, callejones estrechos que suben y bajan con pendiente y una luz muy limpia que cambia mucho según la hora del día. La cercanía a Barbastro —a unos pocos kilómetros— hace que se pueda llegar en coche en un rato corto, pero una vez aquí el ambiente es otro: apenas se oye tráfico y el paisaje de alrededor, con viñedos, olivos y almendros, acaba marcando el ritmo.
Piedra antigua entre calles estrechas
La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel sobresale entre las casas del pueblo. La torre de sillar se ve desde varios puntos y marca el perfil del casco urbano. En el interior hay retablos barrocos que todavía conservan policromía y algunos dorados algo apagados por el paso del tiempo. Frente a la entrada queda un pequeño espacio abierto donde aún se aprecia un escudo tallado en piedra, recuerdo de antiguas familias del lugar.
Caminar por el pueblo es más bien seguir la forma que marca la ladera. Las calles son estrechas y a veces irregulares, con casas levantadas en arenisca y portones de madera oscura. Algunos balcones de hierro forjado asoman sobre la calle con macetas sencillas. Aquí y allá aparecen escudos en las fachadas, señales de casas antiguas ligadas a la agricultura o al trabajo de la tierra.
Alrededor del pueblo el terreno se abre en barrancos y pequeñas hoces formadas por el río Vero. Las paredes de roca muestran capas claras y rojizas que se ven bien cuando el sol cae de lado por la tarde. En primavera los almendros tiñen las laderas de blanco y rosa durante unas semanas; en otoño, los viñedos cambian a tonos ocres y rojizos justo antes de la vendimia.
Caminos entre viñedos y barrancos
Desde el propio pueblo salen varios caminos agrícolas que se pueden recorrer andando o en bicicleta. Muchos siguen trazados antiguos que usaban pastores y agricultores para moverse entre corrales, campos y zonas de monte bajo. Son recorridos sencillos, con pendientes suaves, donde lo normal es cruzarse con viñas, almendros o pequeños bosquetes de encina.
A lo largo de estos caminos aparecen muros de piedra seca que todavía sostienen bancales. También quedan corrales y construcciones agrícolas pequeñas que en su día servían para guardar herramientas o refugiar al ganado.
La agricultura sigue muy presente en el entorno. El aceite, las almendras o los productos derivados del cerdo forman parte de la cocina de la zona, y en la comarca hay tradición vitivinícola. En los alrededores de Hoz y Costean funcionan varias bodegas vinculadas a la denominación de origen Somontano, algunas de ellas visitables en determinados momentos del año.
Fiestas pequeñas, muy de pueblo
El calendario festivo mantiene celebraciones ligadas a tradiciones antiguas. A finales de septiembre suelen celebrarse las fiestas en honor a San Miguel, patrón del pueblo. Durante esos días se organizan actos religiosos y encuentros vecinales que llenan de movimiento unas calles normalmente tranquilas.
En febrero se recuerda a San Blas con celebraciones sencillas, muy centradas en la iglesia y en reuniones entre vecinos. También la Semana Santa tiene presencia en el pueblo, con actos sobrios que recorren las calles estrechas sin grandes despliegues.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Hoz y Costean está a pocos kilómetros de Barbastro, en la comarca del Somontano. Lo habitual es llegar en coche desde la A‑22 y después tomar una carretera local que atraviesa viñedos y campos de cultivo. El transporte público en esta zona es limitado, así que moverse con coche facilita recorrer el entorno.
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para acercarse. En primavera el campo está en flor y las temperaturas permiten caminar sin demasiado calor. El otoño coincide con el cambio de color de los viñedos y con el movimiento de la vendimia en la comarca.
En verano conviene evitar las horas centrales del día si se piensa caminar por los caminos abiertos, porque la sombra escasea. Y en invierno el pueblo queda muy tranquilo: días fríos, pocas visitas y un silencio que solo rompe el viento cuando baja por los barrancos del Vero.