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sobre Huesca
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A las ocho de la mañana, en la plaza de Navarra, los vendedores del mercado despliegan cestas de borraja todavía húmeda, con el tallo blanco y las hojas tiesas como si fueran de plástico. Huele a pan recién hecho y a fruta recién cortada. En uno de los puestos, un señor de boina pregunta por el ternasco: “¿Es de esta semana o del viernes pasado?”. La dependienta responde con la seguridad de quien lleva media vida pesando carne detrás de ese mismo mostrador. Así empieza muchas mañanas el turismo en Huesca, mezclado con la rutina de la ciudad.
Huesca no se anda con rodeos. Es una capital pequeña que se toma su tiempo, una ciudad que ha visto pasar a romanos, musulmanes y reyes de Aragón, y que hoy vive con un ojo puesto en el Pirineo. Sus algo más de cincuenta mil habitantes se cruzan a menudo por el centro, que se recorre andando sin demasiado esfuerzo. Pero hay que bajar el ritmo: en cada calle aparece una piedra distinta, una fachada que cambia de color según la hora, una conversación que se escapa por una ventana entreabierta.
Entre el Isuela y las llanuras de la Hoya
El río Isuela entra en la ciudad sin hacer ruido. A ratos queda escondido entre árboles y paseos donde la gente sale a estirar las piernas al final de la tarde. Si sigues su curso hacia las afueras, el paisaje se abre enseguida: campos amplios, el horizonte limpio y, en días despejados, la sierra de Guara dibujada al fondo con un azul apagado.
Dentro de la ciudad, el parque Miguel Servet funciona como pulmón cotidiano. A media mañana se oyen los columpios, alguna bicicleta que pasa demasiado rápido y conversaciones que van y vienen entre los bancos. Los domingos aparecen familias enteras con bolsas de pan y algo de embutido para improvisar un almuerzo.
El casco antiguo arranca alrededor de la catedral y se enreda en calles estrechas que suben y bajan sin mucha lógica. Casas bajas, balcones de hierro y persianas que todavía tardan en levantarse en invierno. En la calle San Orencio, una mujer sacude las alfombras casi siempre a la misma hora; el golpe seco contra la barandilla resuena entre las fachadas.
Muchos visitantes terminan en las calles más animadas del centro, pero los vecinos siguen entrando y saliendo del Mercado del 31 de Agosto con bolsas de tela. Según la temporada aparecen setas traídas de las sierras cercanas, tarros de miel clara o verduras de la propia Hoya.
La catedral y la historia que pesa en sus muros
La catedral de Santa María ocupa el lugar donde antes hubo una mezquita, y antes aún otros templos. Dentro, la temperatura baja varios grados incluso en verano. Las columnas conservan ese tacto frío de la piedra antigua, pulida por siglos de manos. En las vidrieras, la luz entra filtrada y azulada, como si el tiempo se hubiera ralentizado un poco.
En el claustro a veces se ven estudiantes repasando apuntes o simplemente buscando sombra. No es raro: el campus universitario está cerca y muchos terminan aquí cuando necesitan silencio.
La historia más repetida es la de la Campana de Huesca. Doce nobles ejecutados para escarmentar conspiraciones contra el rey. Los escolares la conocen bien y la cuentan con una mezcla de fascinación y morbo. Más allá de la leyenda, el episodio recuerda que esta ciudad pequeña tuvo un papel político fuerte en la Edad Media. Algunos restos del antiguo palacio real todavía asoman entre muros discretos que en invierno se cubren de escarcha.
Verano de teatro, agosto de San Lorenzo
Cuando llega el verano, Huesca cambia de sonido. Durante el Festival Internacional de Teatro y Danza las plazas se llenan de escenarios improvisados y de gente que espera sentada en el suelo mientras cae la noche. El calor del día se queda atrapado en la piedra y tarda en irse. Las conversaciones se mezclan con aplausos que llegan desde otra calle.
Agosto gira alrededor de San Lorenzo. Entonces la ciudad se llena de blanco y verde, de peñas que ocupan las calles y de familias que regresan aunque vivan fuera el resto del año. En muchas casas aparecen platos que solo se preparan estos días, como los huevos al salmorejo, servidos en fuentes grandes para compartir.
La Semana Santa tiene otro tono. Los tambores resuenan entre calles estrechas y las procesiones avanzan despacio, con un aire más sobrio. Si pasas por el centro esos días conviene moverse andando: varias calles se cierran y el tráfico se vuelve un pequeño laberinto.
Lo que aparece en la mesa
En Huesca la cocina sigue muy pegada a la tierra de alrededor. El ternasco asado sigue siendo una referencia habitual en muchas casas, igual que las migas, que cambian un poco según quién las prepare: más tostadas, con uva, con trozos de longaniza.
La borraja aparece mucho en invierno, hervida y aliñada con aceite o acompañando otros platos. También se ven dulces tradicionales donde esta verdura aparece de forma inesperada, algo que sorprende a quien no la conoce.
Los vinos del Somontano llegan a las mesas con naturalidad, casi siempre en comidas largas de fin de semana. En ferias que se organizan a lo largo del año, el centro se llena de puestos con quesos, embutidos o miel de romero. Los vecinos compran pensando en la despensa; los visitantes suelen ir probando sobre la marcha mientras pasean por el Coso.
Caminos que empiezan en la ciudad
Desde Huesca salen varias rutas que se internan en la Hoya y acercan poco a poco hacia el Prepirineo. Algunas siguen antiguos trazados ferroviarios hoy convertidos en caminos fáciles para caminar o pedalear. Otras enlazan pueblos cercanos donde todavía se ven bodegas excavadas en la tierra o viejas casas de labor.
Una de las excursiones más conocidas se dirige hacia el castillo de Loarre, visible desde lejos sobre una loma seca. La carretera se abre entre campos de cereal y, cuando sopla viento, el olor a tomillo llega incluso al arcén.
Si prefieres no salir de la ciudad, hay recorridos que conectan varias ermitas dispersas por los barrios y las zonas nuevas. No todo es piedra antigua: aparecen parques recientes, colegios, urbanizaciones tranquilas. Es otra forma de entender cómo ha crecido Huesca.
El otoño suele ser buen momento para caminar por aquí. El calor afloja, la luz cae más baja y los campos alrededor se vuelven de un amarillo intenso que dura apenas unas semanas. En esas fechas también empiezan a aparecer setas en las sierras cercanas, y muchas cocinas de la ciudad huelen a ajo y a perejil.
Huesca no funciona bien con prisas. A media tarde, cuando la luz baja sobre la plaza de Navarra y las palomas se acercan a la fuente, la gente se sienta un rato sin hacer mucho más. Desde allí, si miras hacia el norte en un día claro, el perfil del Pirineo aparece al fondo, quieto y lejano, como si vigilara la ciudad desde hace siglos.