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sobre Ojos Negros
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A las nueve de la mañana, el aire huele a tierra húmeda y a hierro oxidado. El pueblo está quieto. Solo se oye algún coche que cruza despacio y el viento que baja de la Sierra Menera, moviendo los pinos. Cuesta imaginar que este lugar, hoy tan silencioso, vivió al ritmo de las minas. Las huellas siguen ahí, dispersas.
Ojos Negros está en la comarca del Jiloca, a algo más de 1.100 metros. Las calles son cortas, con casas de piedra y tejados oscuros que en invierno acumulan nieve durante días. Durante décadas, la minería marcó la vida diaria. Hoy muchas de aquellas instalaciones están abandonadas, medio cubiertas por vegetación.
Los inviernos son largos y fríos. Los veranos suelen ser suaves, con noches frescas incluso en julio. La luz de última hora de la tarde, cuando el sol cae detrás de la sierra, tiñe de tonos rojizos las laderas y las estructuras metálicas que aún quedan en pie.
Las cicatrices del mineral
El pasado minero no está concentrado en un solo punto. Aparece poco a poco: una torre metálica que sobresale entre los árboles, un terraplén de piedra, algún tramo de vía antigua medio cubierto por hierba.
Las minas de hierro de Sierra Menera fueron durante mucho tiempo el motor económico. El mineral salía hacia la costa a través de un ferrocarril minero que acababa en Sagunto. Hoy apenas quedan restos activos, pero el paisaje conserva sus cicatrices: explanadas amplias, desmontes y estructuras que el óxido ha ido volviendo del mismo color que la tierra.
En el centro del pueblo está la iglesia parroquial, de líneas sencillas, levantada en piedra. No es grande ni especialmente ornamentada. Dentro suele haber una penumbra tranquila, con luz entrando por ventanas pequeñas.
El camino del tren viejo
La antigua línea ferroviaria minera se ha convertido en la vía verde de Ojos Negros, una de las más largas de España. El trazado atraviesa el pueblo y sigue hacia el sur, enlazando Aragón con la Comunidad Valenciana.
El recorrido es bastante cómodo para caminar o ir en bici porque mantiene las pendientes suaves del antiguo tren. Conviene llevar luz si se piensa atravesar túneles; algunos son largos y en el interior la oscuridad es total. Es buena idea comprobar el estado del firme si ha llovido: en ciertos tramos puede haber grava suelta o charcos.
Los viaductos y terraplenes permiten ver bien el paisaje abierto del Jiloca y las primeras estribaciones de la sierra. Cuando el aire está limpio, el horizonte se ve lejano, con campos de cultivo alternando con manchas de pinar.
Senderos en la sierra
Alrededor del pueblo salen caminos agrícolas y pistas forestales que se adentran en la Sierra Menera. No todos están señalizados, pero muchos se pueden seguir sin dificultad si se lleva un mapa.
La vegetación mezcla pinos, encinas dispersas y monte bajo. En otoño, después de las primeras lluvias, aparece gente buscando setas por estos montes. Es una actividad arraigada, aunque conviene informarse sobre las especies y la normativa local antes de recoger nada.
Cuando se apagan las luces
Cuando cae la noche, Ojos Negros se queda prácticamente sin ruido. Basta caminar unos minutos fuera del casco urbano para que las luces desaparezcan y el cielo gane protagonismo.
La contaminación lumínica es muy baja aquí. En noches despejadas se distinguen bien las bandas más densas de estrellas; en verano, la Vía Láctea cruza el cielo como una franja blanquecina.
Quedarse hasta después de la puesta de sol tiene sentido si ya estás aquí. La temperatura baja rápido incluso en los meses cálidos, así que lleva algo de abrigo.
El ritmo de las estaciones
Durante buena parte del año Ojos Negros es tranquilo, con una población pequeña. En verano la situación cambia: vuelven muchas familias que mantienen casa aquí y las calles se animan durante unas semanas.
Las fiestas suelen celebrarse en esos meses, cuando el pueblo recupera voces y movimiento en las plazas. El contraste es grande si se visita en invierno, cuando el silencio vuelve a dominar y el viento de la sierra se oye sin obstáculos.
Ojos Negros no intenta reinventarse ni esconder su pasado. Lo que hay es un paisaje marcado por la minería, una vía verde que atraviesa el territorio y una sierra que poco a poco ha ido cubriendo de pinos lo que antes fue tierra removida. Lo interesante está en mirar alrededor y entender cómo ha cambiado el lugar con el paso del tiempo.