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sobre Camporrells
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El ruido seco de una persiana que se abre resuena en la calle vacía. Es el sonido de las diez en un martes cualquiera. En los campos, el trigo tiene ese color pajizo que precede a la cosecha y el aire, todavía fresco, arrastra polvo de camino y el aroma acre del romero silvestre. No hay prisa. Un coche cruza la plaza despacio y desaparece por la calle Mayor.
Con poco más de ciento cincuenta vecinos en el padrón, Camporrells pertenece a ese Aragón interior donde el ritmo lo marca el trabajo en el campo. El caserío, compacto, está hecho para resistir: muros gruesos, tejados de teja árabe, puertas de madera maciza con las jambas desgastadas por el paso. Los inviernos son fríos aquí; se nota en las fachadas orientadas al norte, más oscuras, y en las heladas que dibujan cristales sobre los parabrisas al amanecer.
Un trazado para resguardarse
Las calles son cortas y se tuercen unas en otras. No hay un plano claro, más bien un laberinto sencillo que busca el abrigo. Se ven fachadas de piedra sin revocar, otras de ladrillo visto ya mellado por los años. Los detalles son los que cuentan: una reja de forja con volutas de óxido, un alféizar donde crecen unos geranios en una lata vieja, la hornacina de una virgen con el vidrio empañado por dentro.
La iglesia de San Miguel se levanta en una pequeña elevación. Es un bloque rectangular, sobrio, con una espadaña que sirve de campanario. Al caer la tarde, la luz lateral ilumina las vetas de la piedra, sacando a relucir tonos ocres que no se ven a otras horas. A esa hora suele reinar un silencio profundo, solo interrumpido por algún tractor volviendo a nave.
Salir por la pista de tierra
Basta cruzar la última casa para encontrarse con la llanura. La Litera es comarca de cultivos extensivos: manchas verdes de alfalfa, rectángulos dorados de cebada, el marrón terroso del barbecho. En primavera el verde es casi eléctrico; hacia junio, los campos se tornan amarillos y crujen bajo los pies.
No hay senderos señalizados ni miradores con barandilla. Son pistas de servicio agrícola, surcadas por rodadas de tractores. Se camina por el borde, dejando paso. En días despejados, la vista llega hasta otros pueblos de la comarca —pequeños montículos de tejados— diseminados en la llanura como islas.
El barranco
Una de esas pistas conduce al barranco de Camporrells. El terreno se quiebra aquí, aparecen cárcavas y pequeños farallones rocosos cubiertos de lastón y aliaga. El ambiente cambia: el viento silba con otro sonido al colarse entre las grietas y la sombra es más larga junto a las paredes verticales.
No es una ruta exigente, pero el suelo es pedregoso y suelto en algunos tramos. En julio y agosto, salir después de las nueve de la mañana es una temeridad; el sol golpea sin piedad y no hay un árbol donde refugiarse. Llevar una cantimplora llena no es una sugerencia.
El pulso del año
Las fiestas patronales —en torno a San Miguel, a finales de septiembre— devuelven por unos días el bullicio al pueblo. Vienen los que se fueron a vivir a ciudades más grandes. Suenan charangas por la noche y huele a carne asada en la plaza.
El resto del año, la vida se mide por los ciclos del campo. Las conversaciones en el único bar giran sobre la falta de lluvia, el precio del cereal o qué tal ha ido la vendimia en los pueblos vecinos que tienen viña.
Mejor con abrigo o con gorra
Las semanas de abril y mayo, y luego las de octubre, son probablemente las más honestas para venir. Se puede caminar sin sofoco y la luz tiene una calidad distinta, más limpia.
El verano es territorio para madrugadores o para quienes busquen ese sopor pesado del mediodía, cuando todo parece detenerse bajo un cielo blanquecino. En enero hace frío de verdad; un frío seco que cala hasta los huesos si no vas bien abrigado.
Sin prisa
Media hora basta para recorrer todas las calles de Camporrells. La gracia no está en tacharlo de una lista, sino en permitirse ese ritmo: pararse a ver cómo la sombra va subiendo por una fachada, sentarse en un poyete a escuchar el rumor lejano de una cosechadora.
No vengas buscando tiendas de souvenirs o carteles explicativos brillantes. Lo que hay es esto: un puñado de calles tranquilas, un paisaje ancho que se modifica con las labores del campo y una quietud que termina impregnándolo todo si te quedas lo suficiente.