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sobre Bonansa
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A las seis de la mañana, el valle todavía guarda el frío de la noche. El olor a leña apagada se mezcla con el de la hierba húmeda. Una puerta cruje al abrirse, un motor arranca cuesta abajo y las campanas de la iglesia rompe el silencio con un sonido que se queda flotando un rato sobre los tejados. A 1.256 metros, el día no tiene prisa.
Bonansa se agarra a la ladera, rodeado de bosques de abeto y pino negro. Las casas, de piedra y pizarra oscura, tienen portaladas labradas y balcones de madera gastada por los inviernos. Se nota que están colocadas para mirar al sol cuando pasa. Pasear por sus calles es toparse con la vida diaria: un banco pegado a la pared más cálida, leña apilada con orden junto a una puerta, geranios que brotan en cuanto el hielo se va.
La iglesia en el centro
La iglesia de San Pedro ocupa el corazón del pueblo. Su construcción se sitúa en el siglo XII, aunque como ocurre aquí, ha tenido reparaciones y añadidos con los años. Desde fuera se ve la nave sencilla y el ábside semicircular, levantado con una piedra que a mediodía brilla casi blanca y al atardecer se vuelve gris azulada.
Si la rodeas a pie lento aparecen los detalles: canecillos desgastados por la lluvia, figuras pequeñas en algunos capiteles, marcas de herramientas en los sillares. La espadaña sobresale sobre los tejados. Cuando el cielo está despejado, se recorta contra un azul profundo. Durante siglos, este ha sido el lugar donde se reunía el pueblo.
Bosques y prados
El entorno mezcla prados abiertos con masas de bosque espeso. En verano el verde es intenso y las vacas pastan en las laderas; en otoño los hayedos se tiñen de ocres y el suelo se cubre de una alfombra húmeda que amortigua los pasos.
Las cumbres altas del macizo de la Maladeta quedan lejos, formando parte del horizonte. Aquí el paisaje es de media montaña: lomas redondeadas, barrancos y bosques donde la visibilidad se acaba a los pocos metros.
Con paciencia se ven rastros de fauna. Jabalíes y corzos se mueven por estos montes, aunque lo normal es encontrar huellas o escuchar un crujido entre las ramas. Sobre las corrientes de aire planean buitres y, en las zonas más escarpadas, a veces se ven rebecos al amanecer.
Caminos que salen del pueblo
Varios caminos arrancan desde Bonansa y se internan en el bosque o bajan hacia barrancos cercanos. No son rutas alpinas, sino paseos para caminar unas horas entre pinos y claros donde se abre la vista.
Algunos enlazan con senderos de largo recorrido como el GR‑11 o el GR‑15, aunque las conexiones no siempre están claras. Si piensas alargar la caminata lleva mapa o track. En esta parte de la Ribagorza los caminos se bifurcan y el bosque borra las referencias.
En verano conviene salir temprano: a media tarde pueden caer tormentas que entran rápido desde las montañas.
Lo que marca el ritmo del año
La vida aquí sigue ligada al calendario rural. En junio suele celebrarse San Pedro, con actos sencillos alrededor de la iglesia y encuentros entre vecinos.
Agosto trae más movimiento. Muchas casas que pasan el invierno cerradas abren sus puertas y por las tardes se oyen voces en las calles cuando baja el calor. También es cuando organizan bailes que reúnen a varias generaciones.
El paso del ganado hacia los pastos altos todavía forma parte del paisaje en ciertas fechas. No es un espectáculo, ocurre porque sigue siendo necesario.
Cuándo ir
Llegar implica conducir por carreteras de montaña que serpentean bastante en los últimos kilómetros. El trayecto forma parte del viaje: bosques cerrados, barrancos profundos y algún mirador natural donde merece la pena parar.
El pueblo es pequeño y las plazas para aparcar son limitadas, sobre todo en verano o durante las fiestas. Si vienes entonces, lo sensato es dejar el coche en la entrada y terminar a pie.
En invierno la nieve puede cubrir caminos y accesos durante días. Cuando ocurre, todo cambia: tejados blancos, humo saliendo de las chimeneas y un silencio más denso aún. Antes de subir, conviene saber cómo está la carretera.