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sobre Graus
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Hay pueblos que te entran por los ojos y otros que te entran por el estómago. El turismo en Graus va más por lo segundo. Un lunes por la mañana la Plaza Mayor ya huele a brasa y a longaniza, y la conversación entre vecinos corre de un lado a otro de los soportales como si el mercado llevara abierto toda la vida. Y, en cierto modo, así es.
Un pueblo que fue plaza fuerte antes que destino
Graus es ese tipo de sitio que te explican mal. Te dicen “capital de la Ribagorza” y uno imagina algo más urbano. Luego aparcas, cruzas un portal de piedra y lo primero que ves es a alguien regando macetas en bata.
La historia aquí pesa más de lo que parece. En los alrededores murió el rey Ramiro I durante un asedio medieval y durante siglos el lugar fue una plaza estratégica entre valles. Hoy quedan restos de ese pasado en las entradas amuralladas y, sobre todo, en la Plaza Mayor: un espacio raro, irregular, casi pentagonal, rodeado de casas con frescos y soportales. Cuando hay mercado se llena de puestos y de vecinos hablando a la vez. Si te quedas un rato quieto entiendes rápido cómo funciona el pueblo.
Trufa negra: el negocio silencioso del invierno
En invierno pasa algo curioso en Graus. Gente que durante la semana parece llevar una vida tranquila llega con pequeñas bolsas de papel y se mete en el ayuntamiento. Dentro se mueve uno de los mercados de trufa negra más conocidos de Aragón.
No hace falta entender del tema. Basta con ver cómo se pesan las piezas y cómo se miran entre compradores para darse cuenta de que ahí hay dinero serio. La Ribagorza lleva años produciendo mucha trufa, y Graus se ha convertido en uno de los puntos donde se mueve.
Si coincides con un día de mercado trufero, acércate aunque sea a curiosear. El ambiente es más de agricultores y compradores que de visitantes, y precisamente por eso resulta interesante.
Subir a la Sierra de Grustán para ver el valle entero
Detrás del pueblo empieza un sendero que sube hacia la sierra de Grustán. No es una excursión épica, pero tampoco un paseo corto. La subida se hace notar.
El camino atraviesa zonas de monte bajo y pasa cerca de lo que fueron pequeños asentamientos hoy abandonados. Arriba, cuando el sendero se abre, aparece todo el valle del Ésera y del Isábena extendido debajo. Graus queda abajo, compacto, con el campanario asomando entre tejados.
En días claros se alcanza a ver incluso el templo budista que construyó una comunidad llegada del Himalaya en una ladera cercana. Es una de esas cosas que no esperas encontrar en el Pirineo prepirenaico y que siempre sale en la conversación con los vecinos.
La basílica colgada sobre el pueblo
La silueta que manda en Graus es la de la Basílica de la Virgen de la Peña. Está literalmente pegada a la roca, sobre el casco antiguo, y para llegar hay que subir una buena tanda de escaleras.
La subida merece la pena más por el conjunto que por el monumento en sí. Desde arriba el pueblo se abre entero: la plaza, los tejados y los huertos que empiezan en cuanto terminan las casas. Al atardecer suele haber muy poca gente y el lugar cambia bastante respecto al bullicio de abajo.
Comer en Graus sin demasiadas vueltas
Aquí la palabra clave es longaniza. No hace falta entrar en discusiones gastronómicas complicadas: si ves una parrilla en la plaza durante el mercado, acércate y pide un trozo con pan. Es la forma más directa de entender por qué este embutido se ha hecho famoso en media Aragón.
También aparece mucho la trucha de río y, en temporada de invierno, platos de cuchara que vienen de la tradición de matanza. Cocina sencilla, de la que llena y te deja listo para seguir caminando.
Graus no funciona como esos destinos donde hay que ir tachando monumentos. Funciona mejor si llegas sin prisa, das una vuelta por la plaza, subes a la basílica y acabas charlando con alguien mientras la parrilla sigue echando humo. A veces el recuerdo que te llevas de un sitio empieza justo ahí.