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sobre Valle de Lierp
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en saltar la loma, el aire en Valle de Lierp huele a hierba húmeda y a leña vieja. Alguna puerta se abre, una gallina cruza la calle sin prisa. El resto es silencio. Ese es el ritmo del turismo en Valle de Lierp: caminar despacio por un pueblo pequeño, con apenas medio centenar de vecinos, donde casi todo sigue ocurriendo a la misma escala que hace décadas.
Está en la Ribagorza, en una zona de media montaña que ronda los mil metros de altitud. Las casas se agrupan sin orden aparente, levantadas con piedra oscura y vigas de madera que ya han pasado muchos inviernos. Los muros son gruesos. No es estética; es necesidad. Aquí el frío aprieta cuando llegan los meses duros.
Las calles son cortas. En diez minutos se atraviesa el núcleo sin darse cuenta. Pero merece la pena hacerlo despacio, fijándose en los detalles: portadas de madera gastada, pequeñas eras pegadas a las casas, chimeneas altas pensadas para sacar el humo cuando el viento baja del monte.
La iglesia en el centro del pueblo
La iglesia parroquial de San Vicente se reconoce enseguida por su campanario cuadrado. No domina el pueblo de forma grandilocuente; simplemente está ahí, como suele pasar en muchos pueblos de la Ribagorza.
Los muros son sobrios. Piedra clara, pocas ornamentaciones. Desde los caminos que rodean el núcleo, el campanario sirve de referencia. Cuando vuelves de caminar por el monte, aparece entre los tejados y sabes que el pueblo está ya a unos minutos.
A media tarde suele escucharse alguna campana suelta. El sonido rebota en las laderas y tarda unos segundos en apagarse.
Caminar alrededor de Valle de Lierp
Nada más salir del pueblo empiezan los caminos de tierra. Algunos siguen antiguos pasos entre núcleos pequeños de la zona. No hay demasiada señalización ni paneles nuevos. Son sendas que siguen la lógica del terreno: bordean bancales, cruzan prados, entran en el bosque.
Hay robles y hayas en muchas laderas. En otoño el suelo se cubre de hojas y el olor cambia, más seco, más terroso. En primavera los prados se llenan de flores pequeñas y la hierba crece rápido si ha llovido.
Con algo de suerte se ven corzos al amanecer o al caer la tarde. También es común escuchar rapaces sobrevolando las crestas. El silencio del valle hace que cualquier sonido destaque.
El collado y las vistas del valle
Uno de los puntos altos cercanos es el Coll de la Creu. El camino sube poco a poco entre matorral y claros de bosque. No es una ascensión larga, pero conviene llevar agua en verano porque apenas hay sombra en algunos tramos.
Arriba el paisaje se abre. Aparecen varios valles encajados y una sucesión de montañas que cambia según la luz del día. En jornadas claras, hacia el norte, se adivinan cumbres altas del Pirineo. En invierno suelen verse blancas durante semanas.
En las zonas rocosas no es raro encontrar cabras montesas moviéndose por pendientes donde cuesta imaginar que puedan mantenerse en pie.
Invierno, nieve y vida tranquila
Cuando nieva, Valle de Lierp se queda aún más callado. Los caminos se cubren y el pueblo parece detenerse durante unos días. A veces los vecinos recorren senderos cercanos con raquetas o simplemente caminan por las pistas abiertas.
El humo de las chimeneas se queda suspendido sobre los tejados cuando el aire está quieto. Por la noche la oscuridad es casi total.
Durante el año también se mantienen algunas celebraciones locales. En verano suele haber fiestas patronales y encuentros familiares. Muchos descendientes del pueblo regresan entonces durante unos días. El número de personas se multiplica, aunque el ambiente sigue siendo muy doméstico, más de plaza que de escenario.
Llegar y cuándo venir
Llegar a Valle de Lierp implica tomarse la carretera con calma. Desde Huesca el trayecto supera los cien kilómetros y los últimos tramos discurren por vías comarcales con bastantes curvas. Conviene revisar el tiempo en invierno, porque la nieve o el hielo pueden complicar la conducción en algunos días.
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar por la zona. En verano el pueblo tiene algo más de movimiento. Si prefieres verlo tranquilo, basta con venir entre semana y a primera hora del día.
Valle de Lierp no cambia de carácter según la temporada. Sigue siendo un lugar pequeño, apartado, donde lo más interesante ocurre a poca distancia del suelo: el sonido del viento en los robles, el crujido de la grava bajo las botas, la luz lenta entrando entre los tejados al final de la tarde.