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sobre Villanova
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Hay pueblos que parecen pensados para pasar rápido y otros donde bajas del coche y, sin saber muy bien por qué, bajas también el ritmo. El turismo en Villanova, en plena Ribagorza, va de eso. Llegas por la carretera de montaña, aparcas, das dos pasos… y de pronto el silencio pesa más de lo que esperabas.
La primera vez que pasé por aquí me llamó la atención esa sensación de lugar detenido. No porque esté abandonado —ni mucho menos—, sino porque todo sigue un compás muy distinto al de la ciudad. A unos 970 metros de altura y con poco más de un centenar de vecinos, Villanova vive pegado a la montaña y a su calendario natural.
El pueblo por dentro
El casco del pueblo es pequeño y compacto. Calles estrechas, piedra gris y madera oscura en balcones y aleros. Da la impresión de que cada casa se construyó pensando antes en el invierno que en la estética.
La iglesia parroquial suele considerarse el edificio más antiguo del pueblo. Probablemente se levantó entre los siglos XII y XIII, aunque con reformas posteriores. No es un templo que busque llamar la atención desde lejos. Más bien lo contrario: sobrio, casi discreto. El campanario asoma entre los tejados y sirve de referencia cuando te mueves por las calles.
Lo que más me gusta es cómo las casas se adaptan a la pendiente. No hay grandes plazas ni avenidas. Son pequeños tramos de calle que suben, giran y vuelven a subir. El tipo de trazado que tiene sentido cuando la nieve y el viento forman parte de la vida durante meses.
Pasear sin rumbo por Villanova
Villanova se recorre rápido si vienes con mentalidad de “ver cosas”. En una hora puedes haber pasado por casi todas las calles.
Pero el truco no está en tachar lugares. Está en caminar sin prisa, fijarte en los portones de madera, en las chimeneas altas o en esos pequeños huertos que aparecen entre casas. Es el tipo de paseo que haces más por curiosidad que por un itinerario marcado.
A veces también ocurre algo curioso: el silencio no es total. Siempre hay algún sonido pequeño. Una herramienta, un perro que ladra a lo lejos, el viento moviendo los árboles.
Caminos y bosque alrededor del pueblo
El entorno de Villanova es, probablemente, la razón por la que mucha gente acaba acercándose hasta aquí. Nada espectacular en el sentido de grandes miradores preparados, pero sí bastante monte accesible.
Alrededor del pueblo aparecen bosques mixtos donde se mezclan robles, hayas y pinos. Son terrenos agradecidos para caminar un rato. Senderos que suben suave, pistas forestales y pequeños arroyos que a veces obligan a mirar bien dónde pisas.
No hace falta plantearse rutas largas. De hecho, lo mejor suele ser salir un par de horas y volver. La montaña aquí se disfruta más a ese ritmo.
Si madrugas o caminas al atardecer, no es raro cruzarse con movimiento en el monte. Ciervos, algún zorro o rapaces planeando sobre las laderas. No siempre se dejan ver, claro. Pero el territorio está lleno de señales de que están ahí.
Lo que se come en esta zona de la Ribagorza
La cocina de la zona sigue siendo bastante directa. Productos cercanos y platos pensados para llenar el estómago después de un día de trabajo o de monte.
La carne de vacuno y de cordero suele tener mucho peso en la cocina local. También aparecen setas cuando llega la temporada y truchas de los ríos cercanos. Son platos de cuchara, guisos largos y recetas que pasan de una generación a otra sin demasiados cambios.
No es cocina de artificio. Es más bien la comida que apetece cuando fuera hace frío.
Fiestas y vida del pueblo
Las fiestas patronales suelen celebrarse hacia finales de verano, cuando el pueblo recupera algo más de movimiento. Hay actos tradicionales, música y comidas compartidas entre vecinos. Es el momento en que muchos que viven fuera vuelven unos días.
Durante el resto del año la vida es tranquila. Muy ligada a la ganadería, al campo y a las rutinas de un pueblo pequeño. En otoño todavía se mantienen algunas costumbres relacionadas con la matanza y la elaboración de embutidos en casas particulares, algo bastante típico en muchos puntos de la Ribagorza.
En invierno la escena cambia por completo. Frío, menos movimiento y muchas chimeneas encendidas.
Qué esperar realmente de Villanova
Villanova no es un lugar al que venir buscando grandes monumentos o una lista larga de cosas que hacer. Funciona más como esos pueblos donde paras un rato, respiras aire frío de montaña y caminas sin mirar demasiado el reloj.
A mí me recuerda a cuando te escapas un día al monte con amigos y acabas pasando más tiempo hablando que haciendo kilómetros. El paisaje está ahí, el pueblo también, pero lo que se te queda es esa sensación de calma que cuesta encontrar en otros sitios.