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sobre Sariñena
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Las campanas de San Salvador dan las ocho cuando el sol asoma por detrás de los almacenes de grano. La luz es dorada y plana, esa que convierte los muros de tapial en pantallas de cine. En la plaza Mayor, un hombre sacude la persiana de la panadería y el ruido metálico resuena entre los soportales como si fuera domingo. Pero es martes, y en Sariñena los martes huelen a pan recién hecho y a tierra removida de los campos de alfalfa que rodean el pueblo.
El olor del lago que viene y va
Desde el mirador de la ermita de Santiago, la laguna parece un espejo roto. En primavera, cuando el agua decide quedarse, los flamencos la tiñen de rosa pálido y las cercas de alambre se llenan de prismáticos. Pero puede pasarte lo que a mí: llegar en otoño y encontrar solo una cicatriz blanca de sal, grietas de barro y alguna pluma olvidada.
No pasa nada. El vacío también cuenta cosas. El viento se llevó el agua pero dejó los sonidos: el graznido lejano de las grullas que pasan en migración, el chasquido de los insectos contra la piel, el silencio que se come los pasos.
Cuando la laguna está llena, al caer la tarde se ven pescadores en la orilla. Hablan poco, miran mucho. Una caña apoyada en la tierra seca y esa paciencia de quien vive en un lugar donde el agua aparece y desaparece según el año.
Si quieres verla con aves, lo más seguro suele ser entre finales de invierno y primavera. En veranos secos puede quedar reducida a barro resquebrajado.
Una gaita que suena a Monegros
En Sariñena todavía suena la gaita de boto en las fiestas del pueblo. No es un sonido delicado: es áspero, profundo, casi animal. Cuando arranca, las conversaciones se detienen un segundo y la gente gira la cabeza.
El dance y la pastorada forman parte de ese mismo momento. Los danzantes, con pañuelo rojo al cuello, marcan el compás golpeando el suelo con una seriedad que impresiona un poco. No parece una actuación pensada para visitantes; es más bien una costumbre que sigue ocurriendo porque siempre se ha hecho así.
Si coincides con las fiestas —suelen celebrarse a comienzos de septiembre— conviene acercarse a la plaza con tiempo. Las aceras se llenan rápido y el público acaba formando un corro irregular alrededor de los danzantes.
El teatro que aún guarda eco
El Teatro Romea abre solo en momentos puntuales, así que encontrar la puerta entreabierta es casi cuestión de suerte. Cuando ocurre, dentro huele a madera vieja y a telas guardadas demasiado tiempo.
Las butacas de terciopelo oscuro conservan ese desgaste que dejan los años. En el escenario, cualquier ensayo suena más grande de lo que es. La voz rebota en las paredes y vuelve con un pequeño eco.
No hay un horario fijo de visitas. Si te interesa verlo por dentro, lo más práctico es preguntar en el ayuntamiento o en la oficina de turismo. A veces alguien tiene la llave y te deja pasar un momento, con la condición sencilla de cerrar bien al salir.
Longaniza, pan y otras cosas sencillas
En varias carnicerías del pueblo cuelgan ristras de longaniza oscura, curándose despacio. El olor a ajo y pimienta se escapa a la calle cuando la puerta se abre. Es de esas comidas que aquí se comen sin ceremonia: un trozo de pan, un tomate cortado a mano y la longaniza en rodajas gruesas.
También es fácil encontrar migas cuando refresca un poco, sobre todo en días de mercado o en reuniones de cuadrillas. Pan duro, aceite, algo de embutido y uvas si es temporada. Un plato humilde que en Los Monegros sigue teniendo sitio.
Cómo llegar y cuándo ir
Sariñena queda en medio de la llanura monegrina, con carreteras rectas que atraviesan campos de cereal y alfalfa. Desde Zaragoza el trayecto en coche ronda la hora larga, dependiendo de la ruta que tomes. También hay estación de tren, aunque queda a las afueras del núcleo urbano.
La mejor luz del pueblo aparece temprano. En verano conviene caminar a primera hora: antes de que el calor apriete, cuando las calles todavía están medio vacías y el riego de los huertos deja un olor húmedo en el aire.
Primavera suele ser el momento más agradecido si quieres acercarte a la laguna y ver aves. En agosto, en cambio, el paisaje se vuelve más duro: tierra clara, viento seco y un sol que cae a plomo a partir del mediodía. A esa hora lo sensato es buscar sombra y esperar a que la tarde afloje.