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sobre Sena
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A las siete de la mañana, el silencio en la plaza de Sena es tan denso que se oye el roce de una persiana al otro lado de la calle. El olor es a tierra seca y a cereal, un olor que se queda en la ropa. Un tractor pasa despacio y el sonido se pierde hacia los campos. Así empieza el día aquí.
Sena está en Los Monegros, en Aragón. Tiene alrededor de 490 habitantes. Sus calles son cortas, con fachadas de revoco claro que devuelven la luz del mediodía como un espejo. En algunas se ven los muros de adobe original bajo el yeso desconchado. Los balcones de hierro forjado están vacíos, mirando a un tráfico que ya no es de carros.
La torre que guía
La torre de la iglesia de San Pedro es lo primero que se ve al acercarse. Una estructura cuadrada y maciza que domina el perfil bajo del pueblo. La iglesia es del siglo XVI, aunque ha tenido reformas. Dentro, la piedra está fría incluso en agosto. La sobriedad es la norma: pocos adornos, ventanas pequeñas, una nave amplia y oscura.
Las calles aledañas tienen portadas de piedra arenisca, desgastadas por los siglos. Algunos patios interiores se intuyen tras puertas altas de madera. No hay que buscar monumentos; lo que queda es la huella del uso, la marca de las reformas hechas con lo que había a mano.
Salir al llano
La transición entre el pueblo y el campo es abrupta. Tras la última nave agrícola, empieza la llanura. Una extensión plana de parcelas geométricas: trigo, cebada, barbecho.
En abril, el verde es intenso y breve. Para julio, todo es oro y polvo, un polvo fino que se levanta con cada paso y tiñe los tobillos. En otoño, la paleta se reduce a ocres y tierras. En invierno, la tierra queda desnuda y la luz, blanca y cortante, estira el horizonte hasta donde alcanza la vista.
Esta aparente austeridad mantiene a las aves esteparias. Si te quedas quieto al borde de un camino, puedes ver el vuelo bajo de un aguilucho o escuchar la llamada rasgada de un alcaraván al atardecer.
Andar por los caminos de tierra
Los caminos agrícolas son rectos, trazados con regla. Caminar por ellos produce una sensación hipnótica: solo el crujido bajo tus pies, la línea del horizonte temblando con el calor y, en verano, el zumbido constante de las chicharras.
Entre junio y agosto, las horas centrales del día son inhóspitas. El sol cae a plomo y no hay dónde refugiarse. La mañana temprano o el atardecer son otros mundos: la luz es lateral, larga, y todo parece respirar.
El cielo como espectáculo
Lleva prismáticos. El cielo aquí es un espacio activo. Cernícalos suspendidos en el aire como puntos fijos, bandadas de alondras que se desplazan en oleadas al ras del suelo, milanos que dibujan círculos lentos buscando carroña.
No hay miradores señalizados. La observación consiste en pararse junto a un seto viejo o sentarse en un ribazo y esperar. El viento plano trae todos los sonidos desde lejos.
Lo que se pone en la mesa
La cocina habla del territorio: cordero asado, guisos de legumbres, verduras de las huertas que aún se riegan. Son platos de cazuela y horno, recetas donde el tiempo es un ingrediente más. Se nota el aprovechamiento: migas hechas con pan duro, sopas espesas.
No esperes cartas extensas ni presentaciones elaboradas. Es comida directa, la misma que se hace en las casas cuando llega la familia.
Cuándo ir
Las fiestas de San Pedro a finales de junio llenan las calles de un bullicio inusual. Vuelven los que se fueron y el ritmo cambia durante unos días.
Para pasear por el llano sin sufrir el calor, los meses de abril-mayo y septiembre-octubre funcionan bien. La luz es buena y el aire, transitable.
Desde Huesca se llega por carreteras comarcales que cortan el paisaje agrícola. Llena una botella de agua antes de salir a andar. Ponte una gorra. La sombra es un bien escaso en Los Monegros, y cuando sopla el viento, este arrastra el sonido de los trigales secos durante mucho rato