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sobre Castellote
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El viento baja de la sierra y mueve las ramas de los olivos viejos que hay junto a la carretera. Antes de ver el pueblo, se ve su sombra: la mancha oscura y vertical que proyecta el cerro del castillo sobre el valle al atardecer. Desde lejos, Castellote parece una sola cosa con la roca.
Las casas no están dispuestas en calles, sino apiladas. Suben por la ladera como si hubieran brotado de ella, con muros de piedra que en invierno guardan el frío y en verano la penumbra fresca. El sonido aquí es el del agua corriendo por alguna acequia cercana y el batir de alas de los vencejos, que anidan en los aleros más altos.
Desde el castillo
La subida al castillo se hace por un camino de tierra y piedra suelta. No es una caminata larga, pero la pendiente se nota. Arriba solo quedan algunos lienzos de muralla y los cimientos, pero el suelo está lleno de trozos de teja árabe y cerámica desgastada por el tiempo. El valor no está en lo que se ve, sino en desde dónde se ve.
El paisaje desde allí es una sucesión de barrancos secos, manchas de pinar y bancales abandonados. No hay un mirador señalado; la vista es de 360 grados y cambia con la hora. A primera luz, las sombras son largas y azuladas. Al mediodía, la luz plana aplana los relieves. Conviene llevar calzado con buena sujeción, porque hay tramos con piedra suelta cerca de los restos de muralla.
Calles que obligan a andar despacio
No hay un "casco histórico" delimitado; todo el pueblo es antiguo. Algunas calles son tan estrechas que los aleros de las casas casi se tocan. Otras terminan en escaleras empinadas hechas con losas gastadas por los pasos. Si uno camina sin prisa aparecen detalles: una ventana con reja de forja negra, un escudo borroso por la erosión, el olor a tomillo que sale de algún patio.
La torre de la iglesia de San Miguel, con sus tejas rojizas, sirve de referencia cuando uno se desorienta entre las callejuelas. El edificio ha sido reformado muchas veces, pero la piedra de la base es la original, medieval.
El portal y lo que queda fuera
El Portal de San Roque es solo un arco de piedra bajo el que pasaba el camino real. Cruzarlo no tiene nada especial, salvo quizás el cambio de temperatura: dentro del pueblo siempre hace un grado menos. En invierno, a cierta hora, huele a leña de encina quemándose en las chimeneas.
A un paseo del último grupo de casas están las ruinas de la ermita de la Virgen del Agua. Es un edificio pequeño, casi derruido, rodeado de almendros y tierra rojiza. No es un monumento; es un lugar donde a veces se reúne gente del pueblo para alguna romería.
Senderos que salen del pueblo
Los caminos alrededor son más interesantes que muchas rutas señalizadas. Uno puede seguir la vereda que va por la cresta del cerro del castillo y ver cómo cambia la luz sobre las fachadas. Por la mañana, el pueblo queda a contraluz, recortado contra el este. Al atardecer, la piedra se vuelve dorada unos minutos.
Hay otras sendas que se adentran en los montes cercanos, pero no todas están bien marcadas. Después de lluvias, algunos barrancos llevan agua y la tierra se pone resbaladiza.
Comida de despensa
Aquí se come lo que da la tierra: cordero criado en los secanos, embutidos de la matanza del cerdo que se hace cuando llega el frío. Las migas son pan del día anterior, ajo y algo de grasa; un plato para empezar la jornada con calor.
En las panaderías del pueblo suelen hacer tortas de almendra, densas y no demasiado dulces. Son lo que se toma con el café después de comer.
El ritmo del año
A finales de septiembre hay fiestas para San Miguel. La plaza se llena de sillas, suena música y se huele a carne asada. Es cuando el pueblo tiene más pulso.
El verano trae algún concierto en la plaza por las noches, cuando el aire refresca. En invierno, si nieva, Castellote se queda en silencio durante días. Los tejados se cubren de blanco y solo se ven huellas de gatos o pájaros en las calles.
Cuándo ir
La primavera tardía y el principio del otoño son buenos momentos para caminar sin sufrir el calor. En los meses centrales del verano, el sol pega fuerte desde media mañana; es mejor salir temprano o al final de la tarde.
El invierno es crudo y auténtico. Hay días de helada blanca y un silencio casi completo. Si buscas un pueblo vivo, evita enero. Si buscas quietud, es tu momento.