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sobre El Castellar
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La primera vez que oí hablar de El Castellar pensé: “54 habitantes… esto lo ves en diez minutos”. Luego llegas, aparcas, apagas el motor y te das cuenta de que aquí el tiempo funciona de otra manera. No pasan muchas cosas, pero las pocas que pasan se oyen: el viento entre los pinos, algún cencerro lejos, una puerta que se abre en la calle de arriba.
El turismo en El Castellar gira alrededor de eso. Un pueblo pequeño en la sierra de Gúdar donde no hay grandes reclamos ni decorado para visitantes. Es simplemente un pueblo de montaña que sigue viviendo a su ritmo. Casas de piedra, calles en cuesta y ese silencio que en las ciudades casi se ha olvidado.
El corazón del pueblo: su espacio principal
Todo acaba llevándote a la iglesia de San Pedro. Se suele situar en el siglo XVI, levantada con esa piedra clara que ves mucho por esta parte del Maestrazgo. Torre sencilla, muros gruesos y poco adorno. Más funcional que solemne.
Alrededor están las calles principales. Son estrechas y algunas tiran cuesta arriba con ganas. En varios tramos todavía quedan cantos rodados en el suelo, de esos que obligan a mirar dónde pisas. Las casas mantienen balcones de madera, portones pesados y ventanas pequeñas, pensadas para aguantar inviernos serios.
Lo recorres rápido. Diez o quince minutos y ya has pasado por casi todo. Pero es de esos sitios donde acabas dando otra vuelta sin darte cuenta, fijándote en detalles: un banco pegado a la pared, una pila de leña, una chimenea soltando humo incluso cuando no hace tanto frío.
Aquí sigue habiendo vida diaria. Algún vecino entra y sale del corral, un coche aparca y desaparece en un garaje bajo la casa. Nada preparado para que lo mires; simplemente está pasando.
Naturaleza sin demasiadas vueltas
Sales del pueblo y enseguida aparece el paisaje típico de la sierra de Gúdar. Pinares, terreno pedregoso y praderas abiertas entre montes bajos. No hace falta alejarse mucho para empezar a caminar.
Hay pistas forestales y senderos que usan los propios vecinos para moverse por el monte. Algunos llevan a corrales antiguos, otros a pequeñas fuentes que suelen mantenerse frescas incluso en verano. No es terreno complicado, pero conviene llevar mapa o alguna referencia si decides alargar la ruta.
La fauna está ahí, aunque no siempre se deja ver. Corzos, zorros y bastantes aves rapaces. Si caminas temprano o al final del día es más fácil cruzarte con alguno. Y si te paras un rato sin hacer ruido, el monte empieza a moverse alrededor.
El cielo nocturno también tiene su parte de espectáculo. Aquí la luz artificial es mínima, así que cuando cae la noche las estrellas aparecen a lo grande.
Caminos y salidas desde el pueblo
Desde El Castellar salen varias rutas por la sierra. Algunas suben hacia zonas más altas del entorno y otras se meten en barrancos cercanos. No todas están señalizadas de forma clara, así que mucha gente tira de tracks o mapas antes de salir.
El terreno permite caminar, ir en bici por pistas o incluso hacer pequeñas trepadas en formaciones rocosas si sabes lo que haces. No es un lugar famoso por la escalada, pero el relieve tiene sus rincones.
También se puede usar el pueblo como base para moverse por esta parte del Maestrazgo y la sierra de Gúdar. En coche, en poco tiempo estás en otros pueblos de montaña de la zona, cada uno con su propio carácter.
Fiestas y costumbres que siguen vivas
Cuando más movimiento hay es en verano. Muchas familias que tienen casa aquí vuelven esos meses y el pueblo cambia bastante de ambiente.
Las fiestas dedicadas a San Pedro suelen celebrarse en agosto. Se mezclan actos religiosos con comidas populares y música en la plaza o en alguna calle ancha del pueblo. Migas, cordero y largas sobremesas. El tipo de celebración donde se junta medio pueblo alrededor de mesas largas.
En otoño llega otra tradición muy de esta sierra: salir a por setas. Níscalos, boletus y otras especies según venga el año. Mucha gente del pueblo conoce bien el monte y guarda sus zonas favoritas con bastante discreción.
En invierno el panorama cambia. Menos gente, más silencio y noches muy frías. Las casas que están habitadas se reconocen rápido: una chimenea encendida y luz cálida detrás de las ventanas.
Cómo llegar a El Castellar
Desde Teruel se tarda algo más de una hora en coche. Lo habitual es subir por la zona de Mora de Rubielos y luego seguir por carreteras de sierra que van serpenteando entre pinares.
Los últimos kilómetros ya son de carretera estrecha, de las que obligan a levantar el pie del acelerador. En invierno puede aparecer nieve o hielo, algo bastante normal en esta parte de Aragón, así que conviene mirar el tiempo antes de salir.
El Castellar no es un sitio de grandes planes ni de agenda llena. Es más bien ese tipo de pueblo al que llegas, das una vuelta, te sientas un rato en la plaza y de repente llevas allí una hora mirando las montañas sin hacer mucho más. Y, curiosamente, eso ya te parece suficiente.