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sobre María de Huerva
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El campanario de ladrillo mudéjar se ve desde la A-23, sobre la vega del Huerva. Marca la entrada a María de Huerva. Alrededor aparecen huertas de regadío, naves industriales y casas con corral. Todo convive en pocos metros. El paisaje explica bien cómo ha crecido este municipio cercano a Zaragoza.
El agua que lo cambió todo
María de Huerva existe por el agua. El cambio llegó cuando se canalizó el río para regar estas tierras. Fue a comienzos del siglo XVI, cuando el ingeniero Jaime Vicent dirigió las obras del canal. Aquella intervención transformó el entorno.
Antes dominaba la estepa cerealista. Hoy aparecen parcelas de maíz, alfalfa, almendro y olivo. También hay viñedo vinculado a la zona de Cariñena. El regadío explica que el pueblo conserve población, pese a la cercanía con Zaragoza. Muchos vecinos trabajan fuera, pero la agricultura sigue presente.
En el archivo parroquial se menciona una riada fuerte a finales del siglo XVI. Arrasó parte del caserío. El Huerva tiene ese carácter irregular. Da vida a la vega, pero a veces recupera su espacio. En las crecidas recientes volvió a recordarlo.
La iglesia y el antiguo núcleo
La torre mudéjar pertenece a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Es el edificio más visible del pueblo actual. El templo se levantó en el siglo XVI y sufrió reformas posteriores.
Durante siglos no fue el centro religioso principal. Ese papel lo tuvo Santa María de Huerva. La antigua ermita se encuentra a unos dos kilómetros. Allí estuvo el primer asentamiento estable.
El traslado hacia el canal cambió el eje del municipio. La Asunción quedó en el nuevo núcleo. Tras la Guerra de Independencia hubo reparaciones importantes. El interior se reorganizó en el siglo XIX.
El interés del edificio está en los materiales. Piedra local en los muros, ladrillo en la torre y yeso en los interiores. Es la forma habitual de construir en esta zona del valle medio del Ebro.
En la sacristía se guarda una custodia del siglo XVIII. Sale en procesión el día de Corpus. Es una pieza muy apreciada por los vecinos.
Entre la estepa y el regadío
Al salir hacia Villamayor el cambio de paisaje es rápido. En pocos minutos desaparece el verde del regadío. Empieza la estepa de cereal, vid y almendro.
Ese límite agrícola ha condicionado el crecimiento del pueblo. Las ampliaciones del siglo XX se apoyan en la zona regada. Más allá el terreno vuelve al secano.
En la vega aún se ven casetas de campo y pajares. Algunas construcciones pueden ser del siglo XIX. Muchas siguen en uso durante la cosecha.
Los caminos rurales conservan trazados antiguos. Son rectos y estrechos. Siguen linderos que ya existían cuando estas parcelas se dividieron hace siglos.
Un pueblo que funciona
María de Huerva no vive del turismo. Es un municipio del área cercana a Zaragoza. La vida diaria gira alrededor del trabajo, el campo y los desplazamientos a la capital.
Las panaderías abren temprano. El frontón suele llenarse los fines de semana. En los bares se juntan cuadrillas después de la jornada. El ambiente es el de un pueblo que mantiene rutinas propias.
Las fiestas mayores se celebran en agosto, en torno a la Virgen de la Asunción. En invierno tiene peso San Antón. Las hogueras aparecen en plazas y calles. Se asan productos de matanza y se comparte comida entre vecinos.
No es una celebración pensada para visitantes. Funciona por costumbre. Cada barrio sabe cuándo encender su fuego.
Cómo acercarse y recorrerlo
María de Huerva está a unos veinte minutos de Zaragoza por la A-23. El acceso es sencillo en coche. También hay conexión frecuente en autobús con la ciudad.
El casco urbano se recorre rápido. Desde la plaza se llega en pocos minutos a la iglesia y al canal. Las calles cercanas conservan casas de dos y tres alturas. Muchas tienen portal de piedra y balcón de hierro.
Si te interesa la arquitectura popular, conviene fijarse en esas viviendas. Varias corresponden al crecimiento del siglo XVIII y XIX, ligado al regadío.
En primavera los caminos de la vega suelen estar húmedos por el riego. En verano la actividad baja durante la siesta. En otoño el olor a mosto aparece cuando se recoge la uva. En invierno, con niebla o nieve, el paisaje vuelve a parecer estepa. Entonces se entiende mejor el papel que tiene el agua aquí.