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sobre Valderrobres
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El turismo en Valderrobres empieza con un problema simple: el coche. Aparca donde puedas. El casco viejo es un laberinto de calles estrechas donde casi nadie entra conduciendo. Si vas en fin de semana, llega antes de las diez o prepárate para dar vueltas. El resto del año es más llevadero, pero el aparcamiento sigue siendo justo.
El castillo que no es un castillo
Sube las escaleras de piedra desde la plaza. Son más de cien peldaños. El castillo de Valderrobres no es la fortaleza típica: se parece más a un palacio gótico con muralla. Lo mandó levantar un arzobispo en el siglo XIV, cuando el pueblo dependía de Zaragoza. La planta es hexagonal y las torres son pequeñas, casi decorativas.
Dentro hay una cámara oscura que proyecta el pueblo sobre una mesa. Curioso, sin más. Lo mejor está arriba. Desde el tejado se ve el casco viejo, el río y buena parte del Matarraña. En agosto la subida se nota, así que lleva agua.
La iglesia que tardó décadas
La iglesia de Santa María queda justo debajo del castillo. Empezaron a levantarla en 1318 y la obra se alargó hasta finales del siglo XIV. Es gótico mediterráneo: piedra sobria, interiores amplios y bastante sombra.
Por dentro se conserva bien. No está recargada ni llena de restauraciones modernas. Las vidrieras pasan sin pena ni gloria, pero la talla de la Virgen de la Peña tiene interés local. Es la patrona. Tradicionalmente el 15 de agosto la bajan del castillo en procesión. El pueblo se llena ese día.
El puente y el río Matarraña
El puente medieval tiene cinco ojos y varios siglos encima. Piedra gastada y paso estrecho. Todavía circulan coches, así que no te quedes parado en medio.
Desde ahí se entiende bien el pueblo. El río, el caserío apretado y los antiguos molinos en la orilla. Algunos acabaron convertidos en viviendas. En el siglo XVIII aquí hubo industria papelera. Duró lo que duró y las guerras del XIX remataron lo que quedaba.
Comer sin complicaciones
La cocina es la que toca en esta parte de Teruel: platos contundentes y raciones generosas. La coca de Valderrobres aparece en muchas mesas. Masa fina con tomate, cebolla y longaniza.
La olla de la Val tira de alubias y embutido. Plato de invierno. También es habitual el conejo al romero. Y luego están los borrachos de aguardiente, un dulce empapado que engaña más de lo que parece.
Rutas por los alrededores
La vía verde del Val de Zafán es lo más sencillo. Antiguo trazado ferroviario, casi plano, que va hacia Arnes. Mucha gente lo hace en bici.
La subida a la Caixa ya exige algo más. Unos cuantos kilómetros cuesta arriba y cerca de cuatrocientos metros de desnivel. Desde arriba se ve media comarca.
También está el embalse de Pena, con una vuelta larga pero fácil. Terreno suave y algo de sombra. Agua y gorra si vienes con calor.
Valderrobres se recorre en un día sin correr. Si decides quedarte a dormir, el pueblo por la noche es tranquilo. A las diez muchas persianas están bajadas y poco más se mueve que el bar de la plaza si hay partido. En agosto hay gente y calor. En otoño y primavera se camina mejor. Y recuerda: lo interesante está en la parte alta, pero hay que subir andando.