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sobre Monreal del Campo
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Te juro que el GPS empieza a dudar un poco antes de llegar a Monreal del Campo. Vas por la carretera con campos de cereal a ambos lados, kilómetros de llanura que parecen no acabarse nunca, y de repente asoma la torre de la iglesia como una chincheta clavada en el horizonte. No hay misterio: en la comarca del Jiloca los pueblos se ven desde lejos. Aquí el paisaje no es de esconder nada.
El pueblo que nació después de una batalla
Monreal del Campo es de esos sitios que existen porque en algún momento alguien decidió asegurar el territorio y plantar una villa en medio del camino. Alfonso I el Batallador la fundó en 1120, poco después de la batalla de Cutanda, que se libró muy cerca de aquí. Aquello formaba parte del avance cristiano por esta zona de Aragón, y hacía falta un lugar que controlara el paso.
La villa fue creciendo con los siglos y acabó recibiendo de Felipe V el título de “Fidelísima y muy noble”. El escudo con la flor de lis viene de ahí. El antiguo castillo que vigilaba la zona desapareció hace siglos, probablemente durante los conflictos del XVI, así que hoy lo que queda es sobre todo el trazado del pueblo y la iglesia dominando la plaza.
El azafrán, el verdadero tesoro del Jiloca
Si hay algo que explica Monreal del Campo es el azafrán. Durante mucho tiempo fue uno de los productos más valiosos de la comarca. No es exageración: unos pocos gramos podían valer lo mismo que una buena cosecha de otras cosas.
En el pueblo hay un museo dedicado a este cultivo, instalado en una casa histórica. Está bien montado y ayuda a entender por qué el azafrán requiere tanta paciencia: la recolección es manual, flor por flor, y luego viene todo el proceso de separar los estigmas y tostarlos. Cuando ves el trabajo que lleva, empiezas a entender por qué lo llaman “oro rojo”.
Además, el azafrán no es solo historia. Todavía hay gente en la zona que lo cultiva y lo cuida como se ha hecho siempre, con campañas muy cortas en otoño.
Los Ojos del Jiloca: el agua donde no te la esperas
A las afueras del pueblo están los Ojos del Jiloca, un humedal donde brota el agua que acaba formando el río. Si vienes de atravesar la llanura seca del Jiloca, el contraste sorprende bastante: de pronto aparecen lagunas, carrizos y un silencio que parece de otro paisaje.
El paseo es sencillo, completamente llano. De esos caminos donde puedes ir sin prisa, mirando el agua y las aves. Suelen verse garzas y otras especies que utilizan el humedal como parada.
A primera hora de la mañana tiene algo especial. La niebla baja se queda flotando sobre el agua y todo el lugar parece medio dormido. Es uno de esos rincones donde entiendes por qué los pueblos cercanos lo han tenido siempre como un espacio importante.
Migas, viento y vida de pueblo
En Monreal el viento es casi un vecino más. Los inviernos son serios y el clima marca bastante la forma de comer. Por eso las migas siguen apareciendo en muchas mesas cuando aprieta el frío. Aquí a menudo llevan un toque de azafrán, que es la forma más lógica de usar lo que siempre se ha tenido a mano.
El pueblo también organiza, algunos años, recreaciones históricas relacionadas con su fundación. Durante unos días cambian la ropa moderna por trajes medievales, montan puestos en las calles y se crea bastante ambiente. No es un parque temático: participa medio pueblo y se nota.
Lo que uno se encuentra al pasear
Monreal del Campo tiene algo que me gusta de muchos pueblos del Jiloca: no vive únicamente de que alguien venga a verlo. Es un lugar donde la gente trabaja, hace la compra, charla en la plaza y sigue con su rutina.
La iglesia de San Juan Bautista es el edificio que más llama la atención cuando llegas. Pero a mí me gusta más simplemente caminar un rato por el centro, escuchar cómo se mueve el viento entre los árboles de la plaza y ver cómo transcurre la tarde.
Mi consejo es sencillo: párate unas horas. Da un paseo hasta los Ojos del Jiloca, entra al museo del azafrán si te pica la curiosidad y luego siéntate un rato en la plaza. Monreal del Campo no necesita mucho más tiempo, pero ese rato suele dejar buen recuerdo. Es ese tipo de parada tranquila que rompe un viaje largo por la provincia de Teruel.