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sobre Monzón
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A las ocho de la mañana, la niebla sube del Cinca y se queda atrapada entre los merlones del castillo. Desde arriba, Monzón es un puñado de tejados rojizos y chimeneas que empiezan a humear despacio. En las calles bajas huele a pan caliente. Más allá, cuando el aire corre hacia la vega, llega ese olor húmedo de los campos junto al río.
El castillo que educó a un rey
La subida al castillo empieza tranquila en el centro y se va empinando poco a poco. Las calles se estrechan, aparece la muralla y el ruido del tráfico se queda abajo. Es una cuesta corta pero seria, de las que se notan en las piernas si el día viene caluroso. Conviene hacerla temprano o al final de la tarde, cuando el sol cae detrás de las lomas.
El castillo templario domina toda la ciudad. Aquí pasó parte de su infancia Jaime I, el futuro Conquistador, a comienzos del siglo XIII. Lo trajeron siendo un niño para mantenerlo protegido durante las luchas entre nobles. Cuesta imaginar aquel ambiente de intrigas mirando ahora el patio silencioso, con la piedra clara calentándose al sol.
Dentro del recinto todavía se reconocen varios edificios vinculados a los templarios: salas sobrias, muros gruesos y esa piedra bien cortada que conserva el frescor incluso en agosto. Si te acercas al aljibe y hablas hacia dentro, el eco devuelve la voz con un segundo de retraso. Hay quien se entretiene probándolo un rato.
La co-catedral de Santa María del Romeral
Al bajar del castillo, la torre de la co‑catedral aparece entre las casas del casco antiguo. El templo es románico, levantado en el siglo XII, aunque con añadidos posteriores. Lo primero que llama la atención dentro es la luz: entra desde arriba, por el cimborrio, y va moviéndose lentamente por el suelo de piedra a medida que avanza la mañana.
Aquí se celebraron reuniones importantes de la Corona de Aragón en la Edad Media. No siempre se explica mucho en los paneles, pero el edificio tiene esa sensación de lugar antiguo donde han pasado cosas. El pavimento, gastado en algunas zonas, lo recuerda mejor que cualquier cartel.
El retablo mayor es gótico y en una capilla lateral hay un Cristo yacente muy venerado durante la Semana Santa. La procesión del Viernes Santo sigue siendo uno de los momentos más serios del calendario local, con el silencio roto solo por los tambores.
Dulces tras un torno
A media mañana, cerca del centro, está el convento de las clarisas. La fachada pasa bastante desapercibida; lo que delata el lugar es el pequeño torno de madera en la pared. Ahí se compran dulces que las monjas elaboran desde hace generaciones.
Los entregan envueltos en papel sencillo: roscos de anís, pastas de almendra, alguna trufa de chocolate. El olor se queda en las manos durante un buen rato. Conviene llevar efectivo porque el sistema sigue siendo el de siempre: se pregunta por el torno y una voz al otro lado responde con calma.
Si coincide con día de mercado en la plaza, el ambiente cambia. Aparecen puestos de fruta, quesos de la zona y gente de los pueblos cercanos que baja a hacer la compra. No es grande, pero tiene ese murmullo constante de conversaciones que sube y baja con el viento.
El Cinca y el puente de hierro
Por la tarde, cuando el calor empieza a aflojar, el paseo del río es otro Monzón. El camino suele comenzar junto al puente de hierro, una estructura metálica levantada a finales del siglo XIX por un ingeniero de la ciudad. Durante la Guerra Civil quedó destruido y más tarde se reconstruyó siguiendo el diseño original, aunque el metal nuevo se reconoce por el color más claro.
La senda junto al Cinca es llana y fácil de caminar. Los chopos hacen sombra en varios tramos y el sonido del agua tapa casi por completo el tráfico. En primavera el río baja con olor a barro y vegetación fresca; en pleno verano el aire se vuelve más seco y resinoso.
Hay un punto donde el camino se abre hacia un pequeño mirador natural sobre un meandro. Desde allí se ve el castillo en lo alto, abrazando el casco antiguo, y más allá el mosaico verde de los regadíos del Cinca.
Cuándo ir y qué evitar
Monzón cambia bastante según el momento del año. En abril el campo alrededor está verde y el aire todavía es suave. Octubre suele traer días claros y movimiento en las calles por las fiestas del Rosario.
El fin de semana de la feria templaria transforma completamente el centro. Hay puestos, recreaciones históricas y mucha gente. A algunos les gusta ese ambiente; si prefieres ver el castillo y el casco antiguo con más calma, cualquier día laborable resulta más tranquilo.
Un detalle práctico: aparcar cerca del río suele ser más sencillo que buscar hueco en el centro. Desde allí se llega al casco antiguo caminando en pocos minutos, lo justo para entrar en calor antes de empezar la subida al castillo.