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sobre Panticosa
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A las seis de la mañana, el sonido del río Caldarés llena el valle. El agua baja fría y clara, golpeando las rocas bajo el puente de la entrada. En la plaza, la panadería ya huele a horno caliente. La luz tarda en llegar aquí, atrapada entre las laderas del Valle de Tena.
Panticosa está a 1.184 metros. Las cumbres que lo rodean superan los tres mil. Ese relieve dicta todo: la ropa que se lleva, la hora a la que se sale a caminar, el tipo de coche que sube por la carretera en enero. En verano se madruga para andar con fresco. En invierno, la nieve lo reorganiza todo.
El balneario y el valle alto
La carretera que sube desde el pueblo se estrecha entre pinos. El asfalto serpentea junto al río hasta llegar a los edificios del Balneario. La arquitectura es una mezcla: fachadas de principios del siglo pasado junto a estructuras más nuevas, todas bajo la sombra de la Peña Telera.
Las aguas termales salen calientes de la tierra. Huelen a azufre y mineral, un olor que se pega a la ropa. Se han usado durante generaciones para lo reumático y lo respiratorio. Ahora mucha gente viene solo a pasar un rato quieto, con el sonido del agua y las montañas alrededor.
Si llegas antes de las nueve, el valle está en calma. Solo se oye el río y algún pájaro cruzando entre los árboles. A media mañana empiezan a llegar coches y el ambiente cambia.
Las calles del pueblo
El casco urbano es empinado. Las callejuelas suben entre construcciones de mampostería, con tejados de pizarra oscura que brillan con la lluvia. Algunas puertas tienen dinteles tallados con fechas del siglo XVIII.
La iglesia de la Asunción domina desde lo alto. Su torre es un buen punto de referencia cuando te pierdes entre las cuestas. No es un edificio espectacular, pero sus muros muestran las capas de distintas épocas: piedra más clara aquí, más oscura allá.
En un par de horas se recorre todo el pueblo. Pero si vas deprisa, te pierdes el sonido de los pasos sobre el empedrado mojado por la mañana, o el crujido de una persiana de madera que se abre.
Senderos que ganan altura
Desde Panticosa salen caminos marcados hacia los ibones. Uno de los más transitados es el que va a los ibones de Bachimaña. Primero atraviesa un bosque de pinos donde el suelo está blando de agujas. Luego sale a terreno pedregoso, con vistas al valle si el día está despejado.
No es un paseo. Son varias horas de subida constante. Conviene llevar agua y algo de abrigo, incluso en julio; a esa altura el viento suele soplar frío.
Para rutas más exigentes, como la subida al Argualas, hace falta experiencia y saber leer el cielo. En estas montañas una nube puede bajar en cuestión de minutos.
La temporada blanca
La estación de esquí está por encima del pueblo. En invierno, las primeras luces del día iluminan las colas en los remontes. Se oyen los chirridos mecánicos de los arrastres, el golpe seco de las botas sobre la nieve pisada y el runrún de los motores al ralentí.
Cuando la nieve se funde, esas mismas pistas se usan para bicicleta o para caminar. Los remontes suelen funcionar también en verano, una forma práctica de salvar el primer desnivel y empezar las rutas más arriba.
El embalse y algunos consejos
A pocos kilómetros, el embalse de Búbal aplana el paisaje. En días sin viento, el agua quieta devuelve el reflejo invertido de las montañas, sobre todo al caer la tarde.
El río Gállego y algunos tramos tranquilos atraen a pescadores con mosca. Las normas son estrictas y cambian cada temporada; hay que informarse bien antes.
Si vienes en agosto, coincide con las fiestas patronales. Las calles se llenan de gente hasta tarde y el ambiente es distinto. Para andar por los senderos con espacio, mejor entre semana y a primera hora.
Se llega por la A-23 hasta Sabiñánigo, luego se toma la carretera hacia Biescas y se sigue hasta Panticosa. En invierno conviene consultar el estado de la vía; cuando nieva, el último tramo puede requerir cadenas o neumáticos especiales.