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sobre Alagon
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Hablar de turismo en Alagón obliga a empezar por el agua. El Ebro llega aquí después de pasar Zaragoza y, muy cerca, recibe al Jalón, que baja desde el Moncayo con más pendiente. Esa confluencia explica casi todo: una vega amplia y fértil donde el asentamiento humano aparece muy pronto. Los íberos de Alaun —nombre antiguo del lugar— llegaron a acuñar moneda en el siglo II a.C., señal de que aquello no era un simple poblado agrícola. Hoy la lógica sigue siendo parecida: gran parte del término municipal continúa dedicado al regadío.
El agua que lo explica todo
El sistema de acequias forma parte del paisaje cotidiano. Algunas siguen trazados muy antiguos, reorganizados y ampliados con el tiempo. La gran transformación llegó con el Canal Imperial de Aragón, terminado a finales del siglo XVIII, que consolidó el regadío en buena parte de la ribera. Desde entonces, Alagón funciona como un pueblo agrícola conectado a la huerta del valle del Ebro, con cultivos que cambian según la temporada pero que suelen incluir hortalizas muy presentes en la cocina local.
Pasear por los caminos que acompañan acequias y brazales permite entender cómo se organiza el territorio: parcelas largas, caminos de tierra entre campos y pequeñas infraestructuras hidráulicas que regulan el reparto del agua. No es un paisaje monumental, pero sí muy revelador de cómo se ha trabajado esta vega durante generaciones.
El casco antiguo se levantó en una zona ligeramente más alta, junto al antiguo cerro del castillo. No es casualidad. El Ebro ha tenido crecidas periódicas y los núcleos de población tradicionales buscaban siempre un punto seguro, dejando las zonas más bajas para el cultivo. De ahí las calles relativamente estrechas y las manzanas compactas del centro histórico.
De la ceca íbera a las Cortes de Aragón
Alagón aparece con cierta frecuencia en la documentación medieval porque estaba en una ruta importante entre Zaragoza y el noroeste peninsular. Ese papel de lugar de paso explica que en el siglo XIII se celebraran aquí reuniones de las Cortes de Aragón. También se conoce la boda de Pedro IV con María de Navarra en el siglo XIV, celebrada en la localidad cuando ambos eran muy jóvenes. Son episodios que aparecen en las crónicas y que recuerdan que, durante un tiempo, el lugar tuvo un peso político mayor del que hoy imaginaríamos.
De las murallas medievales quedan pocos rastros claros. La trama urbana, sin embargo, aún conserva parte de esa estructura defensiva y compacta.
La iglesia de San Pedro se reconstruyó entre los siglos XVI y XVIII, con reformas posteriores. La torre fue recrecida en el XVI para aliviar tensiones estructurales en el edificio, una intervención bastante habitual en templos de la época. En el interior hay un retablo barroco tardío y algunas piezas funerarias vinculadas a linajes locales, como el sepulcro de los Luna, del siglo XV.
Cuando la huerta dicta la cocina
La cocina del pueblo responde a lo que se cultiva alrededor. La borraja aparece con frecuencia en las mesas de la ribera, normalmente cocida y acompañada con patata y huevo. No es un plato de restaurante sino de casa, ligado a los meses en que la planta está en su mejor momento.
El ternasco, muy presente en Aragón, suele servirse con patatas hechas en la misma bandeja del horno. Las migas incorporan uvas cuando es temporada y embutido de la zona, siguiendo la lógica tradicional de aprovechar lo que había a mano en el campo o en la despensa.
En enero, durante la celebración de San Antón, es habitual que se enciendan hogueras en la calle y se preparen tortillas con productos de la matanza, entre ellos chicharrones. Cada familia suele tener su manera de hacerla.
Caminos junto al Ebro
El entorno del río es lo que más invita a salir del casco urbano. Varias rutas siguen la ribera o atraviesan la vega por caminos agrícolas utilizados desde hace décadas. Algunas forman parte de itinerarios más largos que recorren el valle del Ebro y permiten caminar o ir en bicicleta entre sotos, campos de cultivo y pequeñas zonas de bosque de ribera.
En esos tramos el paisaje cambia según la estación: campos verdes en primavera, parcelas recién segadas a finales de verano, nieblas bajas en invierno. Las aves del río —garzas, ánades, a veces rapaces— son parte habitual del recorrido.
El pueblo se recorre sin dificultad en poco tiempo. Lo que ayuda a entender Alagón está alrededor: el entramado de acequias, los caminos agrícolas y la presencia constante del Ebro marcando el ritmo del territorio. Aquí el paisaje no se mira desde un mirador; se atraviesa andando entre huertas.