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sobre Gallur
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El turismo en Gallur me recordó a cuando ves bailar a alguien que va muy en serio mientras tú aún estás calentando. Me pasó con el Dance. Lo vi un agosto y salí con la sensación de haber intentado seguir un ventilador con la mirada. Los danzantes giran y zapatean a una velocidad que obliga a atarse bien el calzado; más de uno lleva cuerdas o cintas para que no salga volando en mitad del baile. No es un baile suave ni decorativo: aquí el folclore tiene ritmo y algo de músculo.
El pueblo que se bebió su castillo
Gallur tiene ese aire de sitio que ha ido reutilizando lo que tenía a mano durante siglos. En el cerro donde hubo una fortificación antigua —suele mencionarse en crónicas medievales— hoy manda la iglesia de San Pedro. El edificio actual es del siglo XVIII y tiene una presencia bastante sobria, casi más de edificio institucional que de templo.
Dentro guarda algunos objetos de orfebrería religiosa que la gente del pueblo conoce bien. No es un interior recargado ni monumental; más bien de esos lugares donde se nota que la iglesia sigue siendo parte de la vida cotidiana.
Otra curiosidad local: la comparsa de gigantes. Hay varios, hechos en cartón piedra y con bastante historia detrás. Representan figuras tradicionales —apóstoles, personajes nobles— y salen cuando toca fiesta. Verlos moverse por las calles estrechas tiene algo de escena de infancia: música, cabezas gigantes y críos corriendo alrededor.
Cuando el agua cambió todo
Aquí el Ebro no pasa de largo. Se queda cerca y, sobre todo, se nota en el paisaje. El Canal Imperial de Aragón, que empezó a construirse en el siglo XVIII, atraviesa el término y cambió la manera de cultivar toda esta zona.
Hay un puente metálico pintado de verde —el de San Antonio— que muchos vecinos utilizan a diario y que se ha convertido en uno de esos rincones que siempre acaba en fotos. No porque sea monumental, sino porque resume bien la relación del pueblo con el agua.
Gracias al regadío, alrededor de Gallur aparecen huertas y frutales donde en otras partes de la provincia el paisaje sería mucho más seco. En temporada, el ambiente huele a fruta madura. Si caes por aquí en verano, probablemente acabes probando melocotones o fruta de la zona casi sin buscarlo demasiado.
Comer sin demasiados discursos
La cocina de aquí es bastante directa. Platos que parecen sencillos hasta que pruebas el caldo.
La borraja aparece mucho, a menudo guisada con patata y carne. El ternasco sigue siendo un clásico en toda la ribera. Y luego están las migas, que aquí suelen acompañarse con uvas, longaniza o lo que haya a mano.
Mi truco cuando paro por pueblos así es sencillo: fijarme en dónde está la mesa larga de la cuadrilla o la peña. Si ellos están comiendo ahí, normalmente vas por buen camino.
Pasear junto al agua
El Canal Imperial tiene tramos que se pueden recorrer andando o en bici. El terreno es prácticamente llano y se presta a esos paseos tranquilos en los que avanzas sin darte cuenta mientras vas viendo acequias, campos y algún pescador paciente.
También hay caminos que se acercan al Ebro y a las zonas de huerta. No es senderismo de montaña ni hace falta equiparse como para una travesía. Más bien caminos largos y horizontales, de los que invitan a pedalear o caminar sin prisa.
Cuándo acercarse
El Dance suele celebrarse hacia finales de agosto, dentro de las fiestas del pueblo. Si te interesa el folclore aragonés, es uno de esos momentos en los que Gallur cambia de ritmo y la plaza se llena.
A principios del verano también hay celebraciones vinculadas a San Pedro y San Pablo, con verbenas, música de banda y actos tradicionales. Y en otoño todavía quedan romerías y encuentros populares en los que mucha gente acaba caminando por el campo antes de sentarse a comer juntos.
Gallur no es un sitio que te deje boquiabierto al bajar del coche. Funciona de otra manera. Primero paseas un rato, luego comes bien, después te acercas al canal o al río… y cuando te quieres dar cuenta, el día se te ha ido sin hacer nada espectacular. A veces ese tipo de plan también tiene su gracia.