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sobre Pedrola
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A eso de las cinco de la tarde, cuando el sol de invierno ya va cayendo hacia el Ebro, los ladrillos del Palacio Ducal se vuelven más oscuros y cálidos a la vez, como si guardaran todavía algo de calor del día. La plaza queda medio en silencio: alguna puerta que se cierra, el ruido breve de un coche al aparcar, el eco de pasos sobre el suelo duro. Pedrola aparece así, poco a poco, sin prisa.
Enseguida se entiende que este pueblo de la Ribera Alta del Ebro ha vivido siempre entre dos cosas muy concretas: el río y la tierra de regadío. Alrededor, los campos se abren planos y largos; en temporada de riego el aire trae olor a alfalfa recién segada y a tierra húmeda.
El palacio que manda en la plaza
El Palacio Ducal ocupa la plaza Mayor con una presencia difícil de ignorar. Ladrillo rojo, volúmenes grandes, ventanas ordenadas con esa simetría que recuerda a la arquitectura renacentista aragonesa. Durante siglos perteneció a la casa de los duques de Villahermosa, una de las familias más poderosas del Aragón moderno.
Dentro se conserva un patio porticado de columnas sobrias y salas que tradicionalmente han albergado colecciones artísticas importantes. A lo largo del tiempo se han mencionado pinturas de escuelas europeas y obras vinculadas a artistas relevantes, aunque el contenido exacto ha ido cambiando según restauraciones y traslados.
También circula desde hace décadas una historia literaria: que Cervantes pasó por Pedrola en su camino hacia Italia y que el lugar pudo inspirar la famosa ínsula Barataria de Don Quijote. No hay consenso claro entre los historiadores, pero el comentario aparece de vez en cuando en conversaciones y visitas guiadas.
Cuando el palacio se puede visitar —normalmente en días concretos o mediante visitas organizadas— conviene informarse antes de venir. No siempre está abierto y los horarios pueden cambiar según la época del año.
El Ebro, a un paseo tranquilo
El río queda a pocos minutos caminando desde el centro. Basta con cruzar las últimas calles del pueblo y seguir los caminos agrícolas que se acercan a la ribera. Allí cambian los sonidos: el tráfico desaparece y lo que queda es el agua moviéndose despacio y el viento entre los chopos.
La senda que utilizan muchos vecinos discurre entre alamillos, cañas y pequeñas zonas de cultivo. No es una ruta señalizada como tal, más bien un camino que se ha ido usando siempre. Si sigues el curso del río durante media hora, el pueblo queda atrás y el paisaje se vuelve casi completamente agrícola.
En primavera el olor de los campos regados es intenso, sobre todo al anochecer cuando arrancan los aspersores. Si vas en los meses cálidos conviene llevar repelente: cerca del agua los mosquitos no faltan.
Noches de hoguera y fiestas de agosto
La noche de San Juan suele vivirse cerca del río. Se levantan hogueras, aparecen parrillas improvisadas y el humo de la leña se mezcla con el olor del pescado a la brasa. No es una celebración muy organizada; más bien un encuentro de vecinos que se alarga hasta tarde.
Las fiestas grandes llegan en agosto con la Virgen de los Ángeles. Durante esos días el ritmo del pueblo cambia: verbenas que se alargan hasta la madrugada, procesión, peñas en la calle y el ruido metálico del toro de fuego recorriendo la calle Mayor. Si duermes en el centro, es buena idea cerrar bien las persianas: los cohetes suelen sonar cuando el pueblo todavía no tiene sueño.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
Pedrola está a unos treinta kilómetros de Zaragoza y se llega rápido en coche siguiendo la carretera hacia el noroeste del valle del Ebro. También hay conexión en autobús, aunque con pocos servicios diarios, así que conviene mirar horarios antes de organizar el día.
La primavera suele ser el momento más agradable para pasear por la ribera o acercarse a los caminos de huerta. A partir de julio el calor del valle se vuelve serio y a mediodía las calles quedan casi vacías.
En invierno el cierzo se cuela entre las calles abiertas hacia el río. Ese viento frío tiene una ventaja: el cielo se limpia y la luz de la tarde sobre el ladrillo del palacio dura unos minutos más de lo esperado. Aquí es cuando Pedrola vuelve a quedarse en silencio. Y el pueblo, otra vez, baja la voz.