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sobre Pradilla de Ebro
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A las siete de la mañana, la luz se cuela entre los álamos del dique y dibuja líneas doradas sobre el agua del Ebro. Desde el puente se ve la torre de la iglesia ligeramente vencida hacia el norte, como si siguiera pendiente del río que pasa a pocos metros. En una farola cercana, una cigüeña arregla el nido con movimientos lentos. El pueblo todavía duerme; apenas se oye el chapoteo de alguna barca y el motor de una furgoneta que cruza la calle principal.
Pradilla de Ebro despierta con olor a pan y a tierra húmeda cuando el rocío empieza a levantarse. Las calles del casco antiguo, con tramos de piedra gastada, muestran ese desgaste que dejan los años y el paso constante de carros y tractores camino de las huertas. La plaza mantiene ese aire amplio de los pueblos de la ribera que durante siglos vivieron del río y del cereal. En algunas fachadas todavía quedan escudos de piedra bastante erosionados. Se suele recordar que estas tierras pasaron por manos de órdenes militares y señoríos diversos, algo común en esta parte del valle del Ebro.
Cocina de casa y de huerta
A mediodía, cuando el sol cae de plano sobre la calle Mayor, el olor que manda suele ser el de la longaniza en la sartén. En muchas casas aparece acompañada de espárragos de la huerta o de huevos fritos recién hechos. Es una cocina sencilla, de producto cercano y sin demasiadas vueltas.
En primavera también se ven en algunas mesas las coscoranas, una torta dulce que por aquí se prepara en época de romerías o fiestas. Cada familia tiene su manera de hacerla, así que rara vez saben igual de una casa a otra.
El Ebro, siempre al lado
El Camino Natural del Ebro (GR‑99) pasa justo por debajo del puente. En este tramo es ancho y bastante llano, fácil de recorrer andando o en bicicleta tranquila. Si se sigue río abajo en dirección a Gallur, el camino avanza entre sotos de ribera donde los chopos hacen sombra durante buena parte del recorrido.
Cuando el río crece se nota rápido. En la orilla hay marcas que recuerdan hasta dónde llegó el agua en algunas riadas recientes. Los vecinos mayores todavía hablan de cuando el paso entre orillas se hacía con una barca sujeta por una sirga, tirando de cuerda de lado a lado. Hoy el puente ha resuelto el cruce, pero cerca del río todavía queda una pequeña construcción asociada a aquel antiguo paso.
La iglesia sobre el pueblo
La iglesia del Rosario se levanta en la parte más alta del casco urbano. Su torre mudéjar, de planta octogonal, tiene una ligera inclinación que se aprecia bien desde la plaza. En el valle del Ebro no es algo raro: muchas torres antiguas se levantaron sobre suelos arcillosos que con el tiempo ceden un poco.
Dentro la luz es escasa y las paredes son gruesas. En la capilla mayor se conserva un retablo barroco con dorados muy gastados. A veces, si coincide que la iglesia está abierta, se puede ver también una pila bautismal románica que, según cuentan en el pueblo, procede de un antiguo monasterio de la zona.
Cuándo acercarse
Principios de mayo suele ser buen momento para ver la ribera verde y los nidos de cigüeña ocupados. El camino del dique se recorre entonces con bastante calma y el río baja lleno pero tranquilo.
En julio y agosto el ambiente cambia, sobre todo los fines de semana, cuando llega más gente a la zona del río. Aparcar cerca del dique puede volverse algo caótico a media mañana.
Si vienes en invierno conviene traer botas: cuando el Ebro se desborda o ha llovido varios días seguidos, el barro se pega al sendero y caminar por la orilla se vuelve más lento.
Al atardecer la luz se vuelve ámbar y el agua toma un tono gris pesado. Desde el dique, Pradilla aparece recogido detrás de los árboles: la torre algo inclinada, los tejados bajos y varios nidos de cigüeña sobresaliendo sobre las chimeneas. El pueblo, con algo más de quinientos vecinos, sigue mirando al río como lo ha hecho siempre. Aquí el Ebro no es paisaje: es compañía constante.