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sobre Bronchales
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A las diez de la mañana, la luz se cuela entre las copas de los pinos que rodean Bronchales y cae a manchas sobre la tierra rojiza de los caminos. Huele a resina caliente y a madera húmeda. El pueblo aparece entre el bosque como un puñado de casas de piedra y tejados inclinados, recogidas en una pequeña loma. A esa hora apenas se oye nada más que el viento moviendo las agujas de los pinos y, de vez en cuando, el motor de algún coche que atraviesa la calle principal.
Bronchales está a 1.569 metros de altura, en plena Sierra de Albarracín. Esa altitud se nota enseguida: el aire es más fresco incluso en agosto y por la noche suele refrescar lo suficiente como para sacar una chaqueta. El casco urbano es compacto, con calles cortas y algunas cuestas suaves que se recorren en pocos minutos. En la plaza se levanta la iglesia de la Natividad de Nuestra Señora, una construcción sobria que ha ido acumulando reformas con los siglos. Su torre se ve desde casi cualquier punto del pueblo y sirve un poco de referencia cuando uno se pierde entre las calles.
Pinares altos y caminos que salen del pueblo
El verdadero protagonista del turismo en Bronchales está fuera del casco urbano. Los pinares que lo rodean son de los más densos y elevados de la provincia de Teruel. Basta caminar unos minutos desde las últimas casas para entrar en un bosque donde el suelo se cubre de agujas secas y el olor a resina se queda pegado en el aire.
Desde el propio pueblo salen varias pistas y senderos utilizados tanto por caminantes como por ciclistas de montaña. Algunos discurren casi en llano entre pinares muy cerrados; otros suben poco a poco hacia zonas más abiertas desde las que, en días claros, se alcanzan a ver las sierras que marcan el límite con la Comunidad Valenciana.
En otoño es habitual ver gente con cesta y navaja buscando setas. En esta zona la recogida suele estar regulada, así que conviene informarse antes y no lanzarse al monte sin permiso o sin conocer bien las especies.
Miradores naturales entre los Montes Universales
Si se sube por las pistas forestales que rodean Bronchales aparecen pequeños claros desde los que el paisaje cambia de golpe. El bosque se abre y la vista se alarga hacia los Montes Universales, una sucesión de sierras redondeadas cubiertas de pinar.
No son miradores construidos con barandillas y carteles. Muchas veces basta con apartarse unos metros del camino para encontrar un punto alto desde el que se entiende mejor dónde está uno: kilómetros de bosque, algunas masías aisladas y carreteras estrechas que serpentean entre montes.
Al atardecer la luz se vuelve más cálida y las copas de los pinos toman un tono dorado. Es uno de esos momentos en los que el silencio del lugar se nota más.
Un pueblo pequeño, de inviernos largos
Bronchales ronda los 465 habitantes y durante buena parte del año mantiene un ritmo tranquilo. En invierno las temperaturas bajan con facilidad por debajo de cero y no es raro que haya nieve o placas de hielo en las calles por la mañana temprano.
El verano cambia bastante el ambiente. Llegan familias que pasan aquí varias semanas y excursionistas que usan el pueblo como base para moverse por la Sierra de Albarracín. Aun así, basta alejarse un poco de la plaza o salir hacia el pinar para volver a encontrar calma.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
El otoño suele ser uno de los momentos más agradables para recorrer los montes que rodean Bronchales: menos gente que en agosto, colores más apagados en el bosque y ese olor a tierra húmeda después de las primeras lluvias.
En verano conviene madrugar si se quiere caminar por las rutas más conocidas, sobre todo los fines de semana. Y aunque los días sean templados, por la noche refresca bastante debido a la altitud.
Llegar desde Teruel implica algo más de una hora de coche. Lo habitual es pasar por Cella y Albarracín antes de continuar por una carretera secundaria que atraviesa el pinar durante varios kilómetros. Ese último tramo ya adelanta lo que espera al llegar: bosque, altura y bastante silencio.