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sobre El Vallecillo
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A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a rozar los tejados de teja rojiza, El Vallecillo todavía está casi en silencio. Alguna puerta que se abre, el eco seco de unos pasos sobre la calle empedrada. En este rincón de la Sierra de Albarracín, donde viven alrededor de cuarenta personas, la vida va despacio y el paisaje manda más que el reloj.
La altitud —más de 1.400 metros— se nota enseguida. El aire suele ser más fresco incluso en verano y la luz cae limpia sobre las fachadas de piedra clara. Muchas casas están levantadas con bloques de caliza de la zona, con ventanas pequeñas y balcones de madera oscura. Algunas todavía conservan corrales o pajares pegados a la vivienda, recuerdo de cuando la ganadería marcaba el ritmo de las estaciones.
La iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles ocupa el centro del pueblo. Su campanario sobresale por encima de los tejados y, en un núcleo tan pequeño, sirve casi de referencia para orientarse.
Caminos que salen directamente al monte
En cuanto se dejan atrás las últimas casas, empiezan los pinares. El Vallecillo está rodeado de bosque de pino silvestre y lomas calizas donde los caminos aparecen y desaparecen entre claros y barrancos. Algunos senderos siguen antiguas rutas ganaderas; otros se han señalizado en los últimos años, aunque no siempre de forma continua.
En primavera las praderas cercanas se llenan de flores bajas, amarillas y violetas, y el contraste con el verde oscuro del pinar es bastante marcado. En otoño, en cambio, todo vira hacia ocres y marrones, y el suelo se cubre de agujas secas de pino que crujen bajo las botas.
Conviene llevar mapa o GPS si se quiere caminar con calma por la zona. No es difícil orientarse, pero hay tramos de bosque donde los cruces no están muy claros.
Sonidos de la sierra
Aquí el silencio no es completo, pero sí limpio. A media mañana suelen oírse los pinzones y los verderones entre las ramas. En otoño, si el día está tranquilo, a veces llega desde los valles cercanos la berrea del ciervo.
No es raro ver corzos entre los claros del bosque al amanecer o encontrar huellas de zorro en los caminos de tierra. Sobre las crestas rocosas también se ven con frecuencia buitres leonados aprovechando las corrientes de aire.
Un pueblo que se recorre sin prisa
El casco urbano es pequeño. En media hora se puede caminar de un extremo a otro, aunque merece la pena hacerlo despacio, fijándose en los detalles: una puerta de madera oscurecida por los años, un banco apoyado contra la pared, alguna fachada con entramados sencillos de madera.
La plaza concentra la mayor parte de la vida cuando hay movimiento. No hay museos ni grandes monumentos; lo que se ve es un pueblo de montaña que ha cambiado poco con el tiempo.
Tampoco hay bares, tiendas ni restaurantes. Si se quiere comer o comprar algo, lo habitual es desplazarse a localidades cercanas de la sierra, como Albarracín o Tramacastilla, que están a poca distancia en coche.
Prepararse antes de llegar
En El Vallecillo apenas hay servicios, así que conviene llegar con lo necesario para pasar el día: agua, algo de comida y combustible suficiente en el coche. A veces algún vecino vende miel o embutido casero si se pregunta con tiempo, pero no es algo garantizado.
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse en verano alrededor de la iglesia, en honor a la Virgen de los Ángeles. Son reuniones pequeñas, más de vecinos y familiares que de visitantes. Durante el resto del año el ambiente es mucho más tranquilo.
Carretera y clima en la Sierra de Albarracín
Desde Teruel lo habitual es subir hacia Albarracín por la A‑1512 y después continuar por carreteras locales de montaña. El trayecto ronda la hora y media, aunque en invierno conviene mirar el tiempo antes de salir: la nieve o el hielo no son raros en esta parte de la sierra.
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar. En verano las noches refrescan bastante a esta altitud, así que no sobra una chaqueta ligera. Y en invierno, cuando cae nieve, el paisaje cambia por completo: piedra clara, tejados blancos y muy poco ruido alrededor.
Aquí no hay mucho más que eso: un puñado de casas, monte por todas partes y caminos que se pierden entre los pinos. A veces es suficiente.