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sobre Tramacastilla
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A media tarde, cuando el sol cae desde el oeste y roza los tejados, las paredes rojizas de Tramacastilla cambian de tono. La piedra parece más cálida. Apenas se oye nada. Algún coche que sube despacio por la calle principal, el golpe seco de una puerta de madera. El turismo en Tramacastilla, en la Sierra de Albarracín, empieza muchas veces así: con esa sensación de estar en un pueblo que sigue su ritmo sin prestar demasiada atención a quien llega.
El municipio se encuentra a unos 1.260 metros de altitud y ronda el centenar largo de habitantes. El invierno aquí aprieta. Se nota en las casas: muros gruesos, portones pesados, pocas ventanas en las fachadas más expuestas al viento.
Calles de piedra roja
El casco urbano conserva bien la estructura tradicional. Calles estrechas que suben y bajan siguiendo la pendiente. Algunas curvas dejan pequeños ensanches donde se cruzan dos calles y aparece un banco, una fuente o una puerta antigua con la madera oscurecida por los años.
La piedra arenisca rojiza domina casi todo. Con la luz baja del atardecer, el color se intensifica. Las tejas viejas, las chimeneas altas y los aleros de madera recuerdan que aquí el frío forma parte del paisaje.
En varias fachadas se ven inscripciones y escudos tallados en los dinteles. No llaman la atención a primera vista. Hay que ir despacio. Mirar hacia arriba.
La iglesia y el perfil del pueblo
La iglesia de San Bartolomé sobresale por encima de los tejados. Su torre funciona como referencia cuando te mueves por las calles. Es fácil perder la orientación entre los giros del casco antiguo, pero basta con levantar la vista.
El edificio actual se levantó en el siglo XV sobre estructuras anteriores. La construcción es sobria. Muros gruesos, pocos adornos. En esta parte de la sierra la arquitectura suele responder antes al clima que a la estética.
Desde algunos puntos algo más altos del pueblo se abren vistas hacia las lomas calizas de la Sierra de Albarracín. Pinares densos, campos pequeños y alguna terraza agrícola que todavía se mantiene.
Caminos que salen del pueblo
Basta caminar unos minutos para dejar atrás las últimas casas. Aparecen pistas de tierra y sendas antiguas que durante años sirvieron para mover ganado o llegar a zonas de pasto.
El pinar albar rodea buena parte del término. Cuando el suelo está seco, las agujas crujen bajo las botas. A primera hora del día no es raro ver rastros de corzo o de jabalí en los bordes de los caminos.
No todos los senderos están señalizados. Conviene llevar mapa o el recorrido cargado en el móvil, sobre todo si se quiere caminar varias horas. En invierno anochece pronto y la temperatura cae rápido en cuanto desaparece el sol.
Setas y otoño en la sierra
Cuando llegan las primeras lluvias de otoño, el suelo del pinar cambia. La tierra se vuelve oscura y húmeda y empiezan a aparecer níscalos y otras especies.
La recogida de setas tiene bastante tradición en la zona. Algunos años se organizan jornadas o encuentros relacionados con la micología, aunque el formato puede variar. Lo habitual es ver a gente caminando despacio por el bosque, cesta en mano y mirada pegada al suelo.
Es importante informarse antes sobre la normativa y sobre qué especies se pueden recoger. No todo lo que parece comestible lo es.
Cuándo acercarse a Tramacastilla
Entre mayo y octubre el acceso es más cómodo y los días son largos. La primavera suele traer agua en fuentes y barrancos, y el verde dura pocas semanas pero se nota.
En verano las tardes refrescan cuando cae el sol, algo que se agradece después de caminar por la sierra. Los fines de semana de agosto el ambiente cambia un poco porque regresan muchos vecinos que viven fuera.
El invierno es otra historia. Nevadas, heladas y bastante silencio. Si se viene en esa época, conviene mirar la previsión y llegar con tiempo antes de que anochezca. Aquí la noche cae rápido y el pueblo vuelve a quedarse muy quieto.