Artículo completo
sobre Alquézar
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora, cuando todavía no han llegado los coches de excursión, Alquézar suena a pasos sobre piedra y al agua del Vero corriendo al fondo del barranco. La roca caliza que rodea el pueblo se vuelve pálida con la luz de la mañana, casi blanca, y desde abajo el caserío parece agarrado a la ladera. A unos 660 metros de altitud, en el Somontano de Barbastro, las casas se agrupan alrededor de la colegiata, que sobresale sobre el resto como si vigilara el cañón desde hace siglos.
Alquézar no es grande y se recorre en poco tiempo, pero conviene caminar despacio. Las calles suben y bajan entre muros de piedra que guardan algo de fresco incluso en verano. De vez en cuando se abre una vista hacia el barranco del Vero, con las paredes verticales cortando el paisaje. Hay senderos que arrancan casi desde el borde del casco urbano y bajan hacia el río, entre carrascas y roca pulida por el agua.
La colegiata y el antiguo recinto fortificado
La Colegiata de Santa María la Mayor se levanta donde antes hubo una fortaleza musulmana. La estructura actual es posterior, pero el conjunto conserva ese aire de recinto elevado que domina el pueblo. Dentro, la piedra desnuda absorbe el sonido y obliga a bajar la voz. El claustro es uno de esos lugares donde apetece detenerse un rato: capiteles románicos con escenas talladas, columnas gastadas por siglos de humedad y un silencio que solo rompe el roce de los pasos.
Desde el perímetro del antiguo castillo la vista se abre hacia el cañón del Vero. Abajo se distinguen las huertas y el curso del río serpenteando entre paredes de roca. El caserío queda justo debajo, con tejados irregulares y chimeneas que en invierno suelen oler a leña.
Calles estrechas y plazas pequeñas
El casco antiguo mantiene el trazado medieval: callejones empedrados, escaleras cortas y portadas de piedra labrada en algunas casas de los siglos XVI y XVII. Hay balcones con macetas, puertas de madera gruesa y patios que apenas se intuyen desde la calle.
La plaza principal es pequeña y en verano suele concentrar bastante movimiento. Bajo los soportales la sombra se agradece cuando el sol cae de lleno sobre la piedra clara. A última hora de la tarde el ambiente cambia: baja algo el calor y las conversaciones se quedan flotando entre las paredes estrechas.
El cañón del río Vero y las pasarelas
El entorno de Alquézar forma parte del Parque Cultural del Río Vero, un territorio de cañones calizos, barrancos y abrigos con pinturas rupestres prehistóricas protegidas por la UNESCO. Muchos de esos abrigos están repartidos por las sierras cercanas y algunos solo se visitan con guía.
La ruta más conocida es la de las Pasarelas del Vero. El recorrido baja desde el pueblo hasta el fondo del cañón y sigue el río por un sistema de escaleras y tramos metálicos fijados a la roca. En algunos puntos el agua pasa muy cerca y se escucha constante, rebotando entre las paredes. No es un camino largo, pero tiene bastante desnivel y en verano el calor aprieta; suele ser mejor empezar temprano por la mañana o ya por la tarde.
Barrancos, senderos y arte rupestre
El barranquismo lleva años atrayendo a gente a esta zona. Los cañones del Vero y de algunos afluentes ofrecen descensos de distintos niveles, siempre con guías especializados. Incluso sin meterse en el agua, el paisaje del Somontano aquí cambia de forma abrupta: laderas secas arriba y, en el fondo de los barrancos, vegetación más húmeda y fresca.
Quien prefiera caminar tiene varios senderos señalizados que recorren el parque cultural. Algunos llevan hasta abrigos con pinturas esquemáticas de miles de años de antigüedad. No siempre están al lado del camino principal y a veces requieren pequeñas caminatas adicionales.
Sabores del Somontano
En las mesas del entorno aparecen productos muy ligados a la comarca: aceite de oliva, embutidos curados y vinos del Somontano. En días frescos no es raro ver platos contundentes como migas o cordero asado. Después, algún dulce con miel de la zona.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
En verano el pueblo cambia bastante entre semana y fines de semana. Si se busca caminar con algo de calma por las calles o bajar a las pasarelas sin demasiada gente, lo mejor es llegar temprano. El calor también se nota: la piedra refleja el sol y a mediodía las cuestas se hacen largas.
El acceso final al pueblo es por carretera estrecha con curvas, y dentro del casco histórico no se circula con facilidad. Lo habitual es dejar el coche en las zonas habilitadas a la entrada y continuar andando.
Desde Huesca capital el trayecto suele rondar una hora en coche, primero hasta Barbastro y después por carreteras comarcales que atraviesan viñedos y olivares antes de entrar en las sierras que rodean Alquézar. Al final del camino, el pueblo aparece de golpe sobre la roca, suspendido encima del barranco. Un lugar pequeño, pero con un paisaje que se queda un rato en la memoria cuando uno se marcha.