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sobre Barbuñales
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A media mañana la plaza de Barbuñales suele estar vacía. Un banco de piedra calentándose al sol, una puerta que se abre y se cierra, el ruido breve de un coche que cruza despacio. Huele a tierra removida y a cereal seco cuando sopla algo de aire desde los campos. Con poco más de noventa vecinos, el pueblo vive a un ritmo que apenas cambia a lo largo del día.
Aquí no pasa gran cosa, y precisamente por eso se perciben detalles que en otros sitios se escapan: el crujido de una contraventana vieja, las golondrinas girando sobre los tejados, el eco de unos pasos en la calle más estrecha.
La iglesia de San Miguel
La torre de la iglesia de San Miguel Arcángel sobresale lo justo por encima de las casas. No domina el pueblo; simplemente está ahí, integrada en el mismo color de tejas y muros.
El edificio mezcla etapas distintas. Se notan en la piedra, en los remates de los muros, en algunos añadidos posteriores. No es una iglesia monumental. Tiene más bien esa austeridad de muchas construcciones del interior de Aragón: gruesa, sobria y pensada para durar.
A ciertas horas de la tarde la luz entra rasante por un lado de la plaza y la fachada queda en sombra. Es entonces cuando el tono de la piedra se vuelve más frío y el silencio se hace más evidente.
Calles cortas y casas de trabajo
Barbuñales se recorre en poco tiempo. Las calles son cortas y a veces terminan en un pequeño ensanchamiento donde aparece un corral, un huerto o un almacén agrícola.
Las casas combinan adobe, ladrillo y piedra. Muchas conservan portadas robustas, balcones de madera algo combados y ventanas pequeñas que ayudan a mantener el fresco en verano. No hay voluntad de lucirse. Son viviendas hechas para resistir el clima y el paso de los años.
En los bordes del casco urbano empiezan enseguida los campos. El paisaje cambia mucho según el mes. En primavera el cereal joven cubre todo de verde y los almendros florecen antes de que llegue el calor. En verano el terreno se vuelve dorado y el aire huele a paja. Más adelante aparecen los tonos rojizos de las viñas del Somontano.
Caminos entre encinas y viñas
Alrededor del pueblo salen varios caminos agrícolas que también sirven para caminar un rato. Son trayectos tranquilos, bastante llanos, entre parcelas de cultivo y pequeños barrancos secos buena parte del año.
Aquí aparecen encinas sueltas, matas de romero y tomillo. Cuando el sol aprieta, el olor de estas plantas se queda suspendido en el aire. Después de una lluvia corta el terreno arcilloso guarda humedad y el campo cambia de color en pocas horas.
Barbuñales queda dentro del Somontano de Barbastro, una comarca muy ligada al viñedo desde hace décadas. En el propio pueblo apenas hay instalaciones relacionadas con el vino, pero basta alejarse unos kilómetros en coche para encontrar viñas extendidas por laderas suaves y terrazas agrícolas.
Fiestas y vida de pueblo
A finales de septiembre suelen celebrarse las fiestas en honor a San Miguel. Coinciden con el final de la vendimia en muchas zonas cercanas. Durante esos días el pueblo se anima más de lo habitual y vuelven vecinos que viven fuera.
En enero se mantiene la celebración de San Antón, ligada tradicionalmente a los animales. Y en Semana Santa aparecen procesiones pequeñas, discretas, organizadas por los propios vecinos.
Son celebraciones sencillas, muy de pueblo pequeño. La mayoría de la gente se conoce y eso marca el ambiente.
Cuándo ir y cómo llegar
Barbuñales está a unos cuarenta kilómetros de Huesca. El acceso suele hacerse por carreteras secundarias que atraviesan campos abiertos y otros pueblos del Somontano.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En verano el calor aprieta bastante al mediodía y las calles quedan casi vacías hasta que cae el sol.
El pueblo tiene pocos servicios y no suele haber alojamiento dentro del propio casco urbano. Lo habitual es dormir en otras localidades cercanas y acercarse hasta aquí en coche. Conviene venir con esa idea: un lugar tranquilo, breve, que se entiende mejor caminándolo despacio y escuchando lo que ocurre cuando casi no ocurre nada.