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sobre Lascellas-Ponzano
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A primera hora, cuando el sol empieza a levantar la bruma baja del Somontano, los campos alrededor de Lascellas-Ponzano todavía están húmedos y el aire huele a tierra removida. Algún tractor cruza despacio por los caminos entre viñas y olivares mientras el pueblo, sobre su pequeña loma, termina de despertarse. Desde aquí arriba el paisaje se abre sin obstáculos: parcelas largas, encinas dispersas y caminos que serpentean hacia el valle del Vero.
El turismo en Lascellas Ponzano tiene más que ver con esa escena cotidiana que con grandes monumentos. El municipio queda a pocos minutos en coche de Barbastro y mantiene una escala muy pequeña —apenas un puñado de calles y casas repartidas entre Lascellas y Ponzano— donde la agricultura sigue marcando el ritmo. No hay zonas pensadas para el visitante: lo que se ve es lo que hay, un pueblo que sigue funcionando como siempre.
El casco urbano se sitúa a unos 486 metros de altitud. Desde los bordes del pueblo, donde terminan las últimas casas, la vista se abre hacia un mosaico agrícola que cambia mucho según la estación. En primavera predominan los verdes suaves del cereal; en verano, cuando llega la siega, el paisaje se vuelve dorado y el calor sube desde la tierra seca. En otoño, los viñedos cercanos empiezan a oscurecerse y el aire de la tarde huele ligeramente a mosto en la comarca.
La historia en piedra y cal
La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, en Lascellas, aparece casi sin anunciarse entre las casas. Es un edificio sobrio, de piedra clara, con ese aire funcional que tienen muchas iglesias de pueblos pequeños del Somontano. En días tranquilos apenas se oye nada alrededor, salvo alguna puerta que se abre o el eco de pasos en la calle.
En Ponzano, la ermita de San Juan mantiene ese papel de referencia para el calendario local. No siempre está abierta, algo bastante habitual en pueblos de este tamaño, pero su presencia sigue marcando el lugar donde tradicionalmente se han reunido los vecinos en ciertos momentos del año.
Entre ambos núcleos aparecen construcciones que cuentan bastante del pasado agrícola de la zona: corrales de piedra, almacenes bajos, portadas estrechas pensadas más para animales y aperos que para coches. Algunas casas han sido rehabilitadas con cuidado; otras conservan ese aspecto algo áspero de la piedra envejecida y los muros encalados.
Caminos entre viñas y cereal
Los alrededores de Lascellas-Ponzano se recorren mejor despacio. Hay varios caminos agrícolas que conectan las dos localidades y continúan hacia otros pueblos cercanos del Somontano. No son senderos de montaña: aquí se camina entre parcelas de cultivo, con suelo compacto o grava.
En verano conviene salir temprano. El sol cae directo sobre los campos y la sombra es escasa durante kilómetros. Llevar agua parece obvio, pero en este tipo de paisajes abiertos se nota enseguida cuando falta.
A cambio, las primeras y últimas horas del día tienen una luz muy limpia. Los perfiles suaves de las colinas se marcan mejor y las viñas dibujan líneas muy regulares en el terreno. Por la noche, cuando el cielo está despejado, la oscuridad es bastante profunda y las estrellas se ven con claridad, algo que en pueblos más grandes ya cuesta encontrar.
Entre viñedos del Somontano
Toda esta zona vive muy vinculada al cultivo de la vid y del olivo. El aceite que se produce aquí suele consumirse mucho en la propia comarca, y los vinos del Somontano forman parte del día a día de muchas casas.
La cocina local sigue esa misma lógica sencilla: platos contundentes pensados para jornadas largas en el campo, con cordero, migas o guisos que cambian poco con los años. Los dulces caseros aparecen sobre todo en celebraciones familiares o fiestas del pueblo.
Estar tan cerca de Barbastro hace que mucha gente combine ambas cosas: un paseo por los caminos alrededor de Lascellas o Ponzano y luego alguna parada en la capital comarcal, donde hay más movimiento y servicios.
Tradiciones que siguen el ritmo del pueblo
Las fiestas principales suelen celebrarse en torno a San Miguel Arcángel, hacia finales de septiembre. Es uno de esos momentos en que el pueblo recupera algo más de vida: regresan familias que viven fuera y las calles tienen más conversación de lo habitual.
En torno a San Juan, a comienzos del verano, tradicionalmente se han encendido pequeñas hogueras cerca de la ermita de Ponzano. Son celebraciones modestas, organizadas por los propios vecinos, donde lo importante es encontrarse más que montar grandes actos.
Cuándo acercarse
Primavera y comienzos de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores: el paisaje está activo y las temperaturas permiten moverse sin demasiado esfuerzo. En julio y agosto el calor aprieta bastante en las horas centrales del día.
Si llueve varios días seguidos, algunos caminos agrícolas se vuelven pesados para caminar porque el barro se pega al calzado. En ese caso suele ser más práctico recorrer la comarca en coche y parar en distintos pueblos del Somontano.
Un pueblo pequeño, sin artificios
Lascellas-Ponzano se recorre rápido. En poco tiempo se han visto sus calles, la iglesia y los bordes del pueblo donde empiezan los campos. Pero quedarse un rato más —sentarse en un banco, escuchar cómo pasa el viento entre los árboles o ver caer la tarde sobre las viñas— ayuda a entender mejor el lugar.
Aquí la vida sigue ligada a la tierra y a un ritmo tranquilo que no cambia demasiado de un año a otro. No hay grandes hitos que marcar en un mapa; lo que queda es el paisaje agrícola, abierto y silencioso, que rodea el pueblo por todos lados.