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sobre Olvena
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A las siete de la mañana, cuando el sol empieza a levantar la bruma del valle, Olvena se queda casi en silencio. Solo se oye alguna puerta de madera al abrirse y el roce del viento contra las fachadas de piedra. La iglesia del pueblo, con su torre robusta de mampostería, marca el centro de ese pequeño laberinto de calles que se curvan sin prisa entre casas antiguas. El turismo en Olvena suele empezar así: caminando despacio, mirando paredes que acumulan décadas de sol, lluvia y cal.
El pueblo apenas supera las seis decenas de habitantes y se asienta sobre una loma que domina el valle del río Vero. Desde los caminos que rodean el casco urbano se abre un mosaico agrícola bastante claro: cereal en las parcelas más amplias, almendros que en febrero o marzo se cubren de flores blancas, y algunas franjas de viñedo que cambian de tono según la estación. Al fondo aparecen las primeras sierras de Guara, todavía suaves desde aquí, como una línea azulada que cierra el horizonte.
Un laberinto pequeño y pausado
Olvena se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio. Las calles son cortas, a veces con ligera pendiente, y muchas casas conservan portones de madera oscurecida por el sol y balcones de hierro trabajado. En algunos rincones quedan fuentes o antiguos lavaderos de piedra desgastada, con el canalillo todavía húmedo.
Hay viviendas rehabilitadas recientemente —paredes encaladas, carpintería nueva— y otras donde el paso de los años sigue muy visible. Entre unas y otras aparecen pequeños detalles: un dintel de madera tallada, una reja antigua con óxido en las curvas, macetas con geranios que cuelgan sobre la calle y riegan la acera al atardecer.
Los caminos que salen del pueblo
A pocos minutos andando del núcleo urbano empiezan los caminos agrícolas. Son pistas de tierra o grava que se usan para llegar a los campos y que sirven también para caminar sin dificultad. El terreno es ondulado, con pequeñas lomas desde las que se abre el valle del Vero.
Entre los márgenes crecen romero, tomillo y coscoja. En días tranquilos se ven cernícalos sobrevolando los campos y se oye con frecuencia el canto de los mirlos en los almendros. No son rutas de gran desnivel: más bien paseos de varios kilómetros entre cultivos y manchas de matorral mediterráneo.
En primavera el paisaje cambia rápido, con los almendros en flor y el cereal todavía verde. En verano el color dominante pasa a ser el ocre del campo ya segado, un calor que pesa sobre los hombros si sales pasado el mediodía.
Cómo llegar (y dónde dejar el coche)
La carretera que sube hasta el pueblo es estrecha y con curvas cerradas, algo habitual en esta parte del Somontano. Desde Barbastro se tarda alrededor de media hora por vías secundarias. Los últimos kilómetros obligan a conducir con calma: el firme puede tener baches y en algunos puntos apenas cabe un coche en cada sentido.
Una vez arriba, lo normal es dejar el coche en la entrada del pueblo, junto a la pequeña explanada antes de las primeras casas. El casco urbano es pequeño y las calles no siempre permiten circular con facilidad; mejor moverte andando.
La luz que define la visita
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por los alrededores: todavía no aprieta el calor y el paisaje está más verde. En pleno verano, las horas centrales del día resultan duras si se camina por zonas abiertas.
A última hora de la tarde la luz entra horizontal desde el valle y cambia por completo el aspecto de las casas. Las piedras toman tonos rojizos y los campos se vuelven dorados. Es el momento en que el pueblo vuelve a quedarse muy quieto, solo con el rumor lejano del agua en alguna acequia.
El ritmo del año
Como en muchos pueblos pequeños del Somontano, las fiestas de verano concentran gran parte de la actividad del año. Suelen organizarse comidas populares bajo los árboles, música en la plaza y actos religiosos que recorren las calles del casco antiguo. Son celebraciones sencillas, pensadas sobre todo para los vecinos y para quienes vuelven al pueblo en vacaciones.
Durante el resto del año la vida transcurre despacio. Algún coche que atraviesa la carretera cercana, el sonido metálico de herramientas en un huerto, conversaciones cortas en la calle cuando el tiempo acompaña.
Una parada para mirar
Olvena no es un lugar de grandes visitas monumentales. Se entiende mejor como una parada tranquila dentro del Somontano, un pueblo pequeño desde el que mirar el valle del Vero y caminar un rato entre campos.
A veces basta con eso: una vuelta corta por las calles vacías al amanecer, un paseo por los caminos que salen del pueblo y ese cambio lento de luz sobre las sierras cuando cae la tarde. Aquí el tiempo parece moverse a otro ritmo, más cercano al giro de las estaciones en la tierra que lo rodea.