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sobre Tamarite de Litera
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A las cinco de la tarde, cuando el sol baja y pega de lleno en la ladera del castillo, la piedra todavía guarda el calor del mediodía. En ese momento se entiende bien el turismo en Tamarite de Litera: un pueblo que se mira desde arriba, con los campos abiertos de la comarca extendiéndose alrededor. En primavera, los almendros blanquean los bancales como si alguien hubiera espolvoreado sal sobre la tierra rojiza. El aire suele traer olor a hierba seca, y a veces también a pan recién hecho que sale de alguna cocina del casco antiguo.
El castillo sobre la colina
Las ruinas del castillo de Tamarite ocupan la parte alta del pueblo. No son restos pulidos ni restaurados en exceso; aquí la piedra está suelta en algunos tramos y el terreno conserva algo de cuesta áspera. Subiendo despacio, en unos veinte minutos, se atraviesan varios niveles de muralla que recuerdan la importancia estratégica que tuvo este lugar cuando la frontera entre reinos pasaba por estas tierras.
La historia del castillo se mezcla con episodios de la Corona de Aragón y con personajes que aparecen en las crónicas medievales. Hay quien relaciona el lugar con campañas del Cid y con disputas entre reinos vecinos, aunque los detalles exactos cambian según quién lo cuente.
Desde arriba el pueblo se abre como un plano: la torre de la iglesia, las casas agrupadas alrededor de la plaza y, más allá, los campos de la Litera. Conviene llevar calzado con suela firme. No hay barandillas en muchos puntos y las piedras, sobre todo después de lluvia, pueden resbalar.
La plaza y la iglesia
La Plaza Mayor no es grande, pero tiene esa proporción que hace que cualquier conversación se oiga desde el otro lado. A ciertas horas de la tarde las fachadas devuelven la luz con un tono claro, casi dorado.
El edificio del ayuntamiento ocupa una antigua casa noble que mira directamente a la iglesia de Santa María. La portalada de piedra está gastada por los años; si te acercas, la superficie aparece lisa en algunas partes de tanto roce.
Dentro de la iglesia el ambiente cambia enseguida. La luz entra filtrada y el olor a cera es persistente. La estructura mezcla elementos góticos con reformas posteriores, algo bastante habitual en templos que han ido creciendo con los siglos. En una capilla lateral todavía se oye a veces la historia de una imagen mariana que, según recuerdan algunos mayores, llegó a considerarse milagrosa durante la Guerra Civil.
Cuando las Cortes se reunieron aquí
Tamarite tuvo un momento de protagonismo político en la Edad Media. En el siglo XIV se celebraron aquí unas Cortes de la Corona de Aragón, lo que durante un tiempo convirtió al pueblo en lugar de reunión de nobles, escribanos y enviados de distintos territorios.
El recuerdo de aquella etapa suele vincularse al llamado Palau de Tamarite, un edificio de piedra sobrio, con patio interior y escalera estrecha. No llama la atención a primera vista; parece más bien una casa grande del casco antiguo. Algunas tradiciones locales también lo relacionan con el nacimiento de un rey castellano en el siglo XIV, una historia que todavía se repite cuando se habla del pasado del pueblo.
Longaniza, migas y dulces de vino
La mañana del sábado en Tamarite tiene olor a embutido curándose y a masa dulce saliendo del horno. En varias casas y obradores del pueblo se siguen preparando dulces conocidos como borrachos: masa con vino, anís y azúcar que queda blanda y húmeda.
La longaniza es otro asunto serio por aquí. La zona forma parte del ámbito tradicional de la longaniza de Graus, y en muchas casas todavía se cura colgada en despensas frescas. El aroma a ajo y pimentón se queda en las manos durante un buen rato.
En las mesas aparecen a menudo migas acompañadas de uvas o de trozos de embutido. Es comida que nació para el invierno, pero no es raro verla también en otras épocas. El ternasco asado, con hierbas de los campos cercanos, sigue siendo uno de esos platos que llegan a la mesa todavía chisporroteando.
Cuándo ir y cómo moverse por los alrededores
La primavera cambia bastante el paisaje alrededor de Tamarite. Los almendros florecen y los caminos agrícolas se vuelven agradables para caminar o ir en bici. Uno de los recorridos más conocidos sigue el trazado del Camino Natural de la Litera, que conecta varios pueblos de la comarca atravesando campos y acequias.
A primera hora del día es fácil ver jilgueros en los setos y alguna liebre cruzando los caminos sin prisa.
A mediados de agosto llegan las fiestas de San Roque. El ambiente cambia por completo: regresan familiares que viven fuera y las calles se llenan de gente hasta bien entrada la noche. Si buscas tranquilidad, es mejor evitar esos días o venir entre semana.
Cuando cae la tarde, desde la parte alta del castillo se oyen las campanas y el ruido lejano de los tractores que vuelven de los campos. La luz pasa de dorada a naranja y las tejas empiezan a apagarse poco a poco. Entonces toca bajar despacio por la cuesta, mientras el pueblo vuelve a quedarse en silencio.