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sobre Tarazona
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Tarazona se entiende mejor desde arriba. Si se sube hasta la Atalaya —el cerro que domina el valle del Queiles— la ciudad aparece extendida por la ladera, con las torres de ladrillo sobresaliendo entre tejados y la catedral ocupando el centro de la escena. Al fondo queda el Moncayo, que condiciona el paisaje y, en buena medida, también la historia de esta parte del noroeste de Aragón.
Su posición como punto de paso entre el valle del Ebro y la Meseta explica la ocupación antigua del lugar. En época romana existió aquí Turiaso, un asentamiento con cierta relevancia en la zona. Más tarde, ya en época visigoda, Tarazona se convirtió en sede episcopal, condición que todavía conserva.
Una catedral con pinturas inesperadas
La catedral de Nuestra Señora de la Huerta resume bien esa historia larga. Su origen está en el siglo XIII, aunque lo que hoy se ve responde en buena medida a reformas posteriores. Un terremoto en el siglo XIV obligó a reconstrucciones importantes y durante el siglo XVI el edificio adoptó muchas de las formas que ahora lo definen.
Por fuera llama la atención el uso del ladrillo y la mezcla de estilos, algo habitual en Aragón. Dentro hay un elemento menos conocido: durante trabajos de restauración a finales del siglo XX aparecieron pinturas murales que habían permanecido ocultas durante siglos. Entre escenas decorativas y alegóricas hay también motivos mitológicos con figuras desnudas, algo poco habitual en un templo cristiano y que suele sorprender a quien entra sin saberlo.
El Cinto y la ciudad que trepa por la colina
El casco antiguo crece cuesta arriba. El llamado barrio del Cinto rodea el núcleo más antiguo con calles estrechas que siguen todavía el trazado medieval. Muchas viviendas se apoyan unas en otras y en algunos puntos casi se tocan por encima de la calle.
En la parte alta aparece el ayuntamiento, construido en el siglo XVI. El edificio se levanta sobre una antigua puerta de la muralla y funciona también como lonja, un tipo de arquitectura municipal bastante característico del Aragón renacentista.
En esa misma época se levantaron varios palacios urbanos vinculados a familias nobles o influyentes de la ciudad. El ladrillo, las galerías de arcos y los grandes aleros de madera forman un conjunto coherente, que habla de la prosperidad que vivió Tarazona en los siglos XVI y XVII.
Un caso singular dentro del casco urbano es la antigua plaza de toros, de planta octogonal. Con el tiempo se transformó en viviendas y hoy funciona como un patio interior rodeado de casas, aunque la forma original todavía se reconoce con facilidad.
El Cipotegato y las fiestas de agosto
Las fiestas principales se celebran a finales de agosto, en torno a San Atilano, que según la tradición fue obispo de Tarazona. El acto más conocido es el Cipotegato. Una persona vestida con traje de colores sale corriendo desde el ayuntamiento mientras la plaza se llena de tomates que vuelan en todas direcciones.
La costumbre se documenta al menos desde el siglo XIX, aunque el origen exacto no está del todo claro. Con los años se ha convertido en una de las celebraciones más reconocibles de Aragón.
A lo largo del año también se organizan encuentros culturales vinculados al teatro de calle o al cine, que utilizan plazas y espacios del casco histórico.
Caminar Tarazona
Recorrer Tarazona implica asumir las cuestas. El itinerario más lógico conecta la catedral, el ayuntamiento y las calles del Cinto, un paseo que permite entender cómo se fue construyendo la ciudad sobre la ladera.
Algo más apartada queda la zona de ermitas que rodea el casco urbano, en pequeños cerros y caminos que miran hacia el Moncayo. Son recorridos cortos que muchos vecinos utilizan para pasear.
En la cocina local aparecen productos muy ligados a la sierra cercana. El ternasco es habitual, igual que las verduras de la huerta del valle del Queiles. También circulan recetas tradicionales como la pipirrana —una ensalada fría con hortalizas— y algunos dulces de convento que durante siglos formaron parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Algunas claves prácticas
El centro histórico se recorre caminando en poco tiempo, aunque las pendientes se notan. Conviene dedicar un rato a entrar en la catedral y a pasear sin rumbo por el barrio del Cinto, donde mejor se percibe la estructura medieval.
Si se tiene tiempo, merece acercarse a alguno de los miradores que rodean la ciudad. Desde allí se ve con claridad cómo Tarazona se apoya en la colina y cómo el Moncayo domina todo el horizonte. Esa relación entre ciudad y montaña explica bastante de lo que ha sido este lugar a lo largo de los siglos.