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sobre Malón
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A mediodía, cuando la luz cae casi vertical sobre las calles estrechas, Malón se queda en silencio. Las paredes de adobe absorben el calor y las sombras se acumulan bajo los aleros. A veces solo se oye el golpe seco de una persiana que se cierra o el ruido de una puerta antigua al moverse. Si uno camina despacio, aparecen detalles que pasan desapercibidos en el coche: madera gastada en los marcos, rejas negras con capas de pintura superpuestas, un olor leve a yeso húmedo que sale de los portales.
Malón está en la comarca de Tarazona y el Moncayo, muy cerca de Tarazona y del límite con Navarra. Viven aquí algo menos de quinientas personas. El pueblo se asienta en una zona agrícola abierta, donde el terreno se aplana hacia el valle del Ebro mientras, al fondo, el Moncayo marca el horizonte en los días claros de invierno.
Calles de adobe y piedra
El casco urbano gira alrededor de la iglesia parroquial de San Pedro. Sus muros gruesos de piedra mantienen una temperatura fresca incluso en verano, algo que se nota al entrar desde la plaza. El edificio ha tenido reformas a lo largo del tiempo y eso se ve en los detalles: arcos de distinta factura, zonas donde la piedra cambia de tamaño o de color.
En las calles cercanas aún quedan bastantes casas levantadas con adobe reforzado con piedra en las esquinas. Algunas conservan portones grandes, pensados para carros, y pequeñas bodegas semienterradas bajo la vivienda. En ciertas puertas todavía se ven herrajes pesados y aldabas gastadas por décadas de uso.
Hay también poyetes de piedra pegados a las fachadas. En muchos pueblos de la zona eran lugares donde se trabajaba o se charlaba al caer la tarde. En Malón todavía se usan cuando baja el calor.
Caminos entre cereal y viña
A las afueras empiezan caminos agrícolas que salen sin señalizar entre campos de cereal. En primavera el aire huele a tierra húmeda y a brotes verdes; en verano el paisaje se vuelve más seco, con tonos amarillos y polvo fino levantándose cuando pasa un coche.
Algunos senderos bordean pequeñas parcelas de viñedo y huertas familiares. Desde ciertos puntos se alcanza a ver el perfil del Moncayo, sobre todo al atardecer cuando el sol queda a la espalda del pueblo y la montaña aparece azulada, recortada contra el cielo.
No hace falta planificar mucho para caminar por aquí, pero conviene evitar las horas centrales del día en verano. Hay muy poca sombra fuera del núcleo urbano.
La ermita de Santa Ana
A poca distancia del pueblo está la ermita de Santa Ana, en una zona algo más abierta. El edificio es sencillo y suele ser punto de reunión en verano durante la romería que mantiene la tradición local.
Desde allí se entiende bien el paisaje que rodea Malón: parcelas rectangulares, alguna hilera de frutales y caminos rectos que se pierden entre los cultivos. En días despejados se distingue también la silueta de Tarazona hacia el oeste.
Un calendario marcado por el campo
La vida del pueblo sigue bastante ligada al calendario agrícola. La vendimia suele llegar a finales de verano o comienzos del otoño, y durante esos días se ven tractores entrando y saliendo por los caminos.
Las fiestas de San Pedro, en verano, reúnen a vecinos que viven fuera y vuelven unos días. Entonces las calles, normalmente tranquilas, recuperan voces y movimiento. Algo parecido ocurre alrededor del 15 de agosto, cuando muchas casas que pasan el invierno cerradas vuelven a abrir.
El resto del año Malón funciona con un ritmo más lento: labores del campo, conversaciones en la plaza y poco tráfico.
Cuándo pasar por Malón
Primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El paisaje cambia bastante con las estaciones y la luz del final de la tarde, cuando el sol cae sobre los campos, deja colores más suaves que al mediodía.
Si vienes en pleno verano, mejor acercarse temprano o ya al caer la tarde. El calor en esta parte del valle se acumula rápido y las calles, aunque estrechas, guardan la temperatura durante horas.