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sobre Vierlas
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A primera hora de la tarde, cuando el sol cae de lado sobre los campos del valle del Ebro, Vierlas aparece casi sin avisar. Un puñado de casas de ladrillo y piedra junto a la carretera, el campanario asomando por encima de los tejados y, alrededor, tierra cultivada hasta donde alcanza la vista. El turismo en Vierlas tiene algo de pausa: aquí no hay un casco monumental ni calles llenas de gente, solo el ritmo tranquilo de un pueblo pequeño.
Está a pocos kilómetros de Tarazona, en la comarca del Moncayo, y apenas supera las ochenta personas censadas. El caserío es compacto. Calles cortas, portones grandes pensados para entrar con el tractor, corrales al fondo de algunas casas. Todavía se intuye la vida agrícola que ha marcado el lugar durante generaciones.
A unos 450 metros de altitud, el clima se mueve entre veranos calurosos al mediodía y noches que refrescan más de lo que uno espera en el valle. En invierno el cierzo se hace notar: cuando sopla, atraviesa las calles rectas del pueblo y obliga a subir el cuello de la chaqueta.
La iglesia de San Bartolomé y el centro del pueblo
La iglesia de San Bartolomé marca el centro de Vierlas. No es un edificio monumental, pero su torre cuadrada sirve de referencia desde casi cualquier punto. La construcción actual ha tenido reformas relativamente recientes, algo común en pueblos pequeños donde los edificios se van adaptando con los años más que preservándose como piezas históricas.
Alrededor de la iglesia se agrupan varias de las casas más antiguas. Algunas conservan escudos en las fachadas o portadas de piedra algo gastadas por el tiempo. También aparecen balcones estrechos con barandillas de hierro y portones anchos que antes servían para guardar aperos o entrar con carros.
El pueblo se recorre sin prisa en un cuarto de hora. Lo interesante está en fijarse en esos detalles: una puerta de madera oscurecida por el sol, una acequia pasando junto a una tapia, el eco de las campanas cuando suenan en un día tranquilo.
Campos abiertos y la presencia del Moncayo
En cuanto sales del núcleo urbano empiezan los campos. Parcelas de cereal, algunas viñas y zonas de regadío que dependen de acequias antiguas. Los márgenes de tierra suelen estar marcados por muros bajos de piedra o simples lindes de vegetación.
En días despejados, si miras hacia el noroeste, aparece la silueta del Moncayo. No siempre se ve con claridad desde el propio pueblo —depende mucho de la luz y de la bruma del valle—, pero basta caminar un poco por los caminos agrícolas para que la montaña empiece a asomar por encima del horizonte.
Entre las parcelas también quedan pequeños sotos donde crecen álamos y sauces. Son franjas verdes que siguen el curso de acequias o barrancos temporales, lugares donde se oye más movimiento de pájaros que en el campo abierto.
Caminar sin prisa por los caminos agrícolas
Vierlas funciona mejor como punto de partida para pasear que como lugar de visitas encadenadas. Desde el borde del pueblo salen varios caminos de tierra que atraviesan las parcelas y permiten caminar durante bastante rato sin cruzarse con coches.
Es terreno abierto y sencillo, sin grandes desniveles. Al atardecer el paisaje cambia bastante: la luz se vuelve más cálida, los campos se tiñen de tonos ocres y el silencio solo lo rompen los tractores que regresan o el vuelo de alguna rapaz.
Quien tenga algo de paciencia puede ver cernícalos planeando sobre los cultivos o bandadas de jilgueros moviéndose entre los árboles de los márgenes. En las zonas de agua no es raro que aparezcan garzas, sobre todo en épocas de paso.
Si vas a caminar, conviene hacerlo temprano en verano. A partir del mediodía el calor del valle se nota mucho y hay pocos lugares con sombra.
Fiestas y costumbres que siguen el calendario del campo
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse en torno a San Bartolomé, en agosto. Es el momento en que regresan muchos vecinos que viven fuera durante el resto del año. La plaza y las calles cercanas a la iglesia recuperan movimiento durante unos días: mesas en la calle, conversaciones largas y niños corriendo de un lado a otro.
A lo largo del año siguen presentes algunas costumbres ligadas al calendario rural. En otoño todavía hay familias que mantienen la tradición de la matanza, aunque cada vez menos. Es una de esas prácticas que sobreviven sobre todo en el ámbito familiar, acompañada de recetas transmitidas de generación en generación.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Vierlas está muy cerca de Tarazona, a pocos minutos en coche por carretera local. Desde Zaragoza el trayecto suele rondar una hora larga, atravesando buena parte del valle del Ebro, con tramos de cultivo muy intensivo y otros más secos y pedregosos.
La primavera cambia bastante el aspecto del entorno: los campos verdes contrastan con la tierra rojiza y el aire suele ser más suave. El otoño también resulta agradable para caminar, con temperaturas más estables y menos viento.
En invierno conviene mirar el parte del viento. Si el cierzo sopla fuerte, el frío se siente más de lo que marca el termómetro.
Una parada breve en la ruta del Moncayo
Vierlas no es un lugar de largas visitas. Se recorre rápido y su interés está más en el ambiente que en acumular puntos de interés. Un paseo por sus calles, una vuelta por los caminos de alrededor y la vista lejana del Moncayo suelen bastar para hacerse una idea del lugar.
Muchos viajeros lo conocen como una pequeña parada en la ruta entre Tarazona, el valle del Queiles y los pueblos que rodean el Moncayo. Y tiene sentido verlo así: como un fragmento tranquilo del paisaje agrícola de esta parte de Aragón, donde todavía se percibe con claridad la relación entre el pueblo y la tierra que lo rodea.