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sobre Épila
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Las campanas de Santa María la Mayor dan las ocho cuando el sol todavía roza la parte alta del campanario. A esa hora empieza el día en el centro del pueblo. El turismo en Épila no tiene grandes ceremonias: la plaza se llena poco a poco, alguien cruza con la barra de pan bajo el brazo, un par de perros se saludan en la esquina y, detrás de las casas, el Jalón corre con ese sonido constante de agua que se oye mejor cuando el tráfico aún es escaso.
En primavera el aire trae olor a harina caliente y a café recién hecho. En invierno, en cambio, lo que se nota es el humo de las chimeneas y ese frío seco que se queda pegado a las manos.
La piedra que cuenta batallas
Caminar por el casco antiguo de Épila es como pasar páginas de heráldica talladas en piedra. Las casas señoriales conservan escudos sobre los portones, rejas gruesas en las ventanas y patios interiores que apenas se intuyen desde la calle. En la calle Sancho Abarca todavía quedan fachadas de piedra con tonos oxidados y blasones gastados por el viento.
Aquí no hay paneles explicativos en cada esquina. Muchas veces lo único que indica que estás ante un edificio antiguo es el tamaño de la puerta, pensada para carros, o la anchura de los muros. Épila fue durante siglos una villa importante dentro del valle del Jalón, y ese pasado se nota en los detalles: balcones de hierro forjado, portadas labradas, patios que se adivinan tras las cancelas.
La iglesia de Santa María la Mayor se levanta en el centro como una masa de ladrillo rojizo. La torre mudéjar marca el perfil del pueblo desde lejos, sobre todo cuando la luz de la tarde se vuelve naranja y el ladrillo parece más oscuro. Alrededor se abre la vega del Jalón, una franja de huertas y campos que cambia de color según la estación: verde intenso en primavera, pajizo cuando llega el calor.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
En la segunda quincena de octubre las calles cambian de ritmo. Son los días de las fiestas de la Virgen del Rosario, cuando aparecen los mantones, las bandas de música y el olor a masa frita que sale de muchas cocinas. Las calles del centro se decoran y durante varios días el pueblo gira alrededor de la plaza.
Es una celebración muy arraigada aquí y tiene reconocimiento turístico en Aragón, aunque lo que más se nota no es el título sino el ambiente: cuadrillas que se reúnen desde primera hora, caballos en algunos actos tradicionales y familias enteras ocupando las aceras mientras pasa la procesión.
A comienzos de febrero llega San Blas. Esa mañana suele oler a romero y a leña encendida. Mucha gente lleva pan o rosquillas para bendecir, una costumbre muy extendida en Aragón para proteger la garganta durante el invierno.
El sabor de la vega
Al mediodía el aire del pueblo cambia. Desde muchas casas salen olores de guisos largos: ternasco al horno, verduras de la vega, ajo sofrito en aceite de oliva.
Las borrajas aparecen con frecuencia en las mesas de la zona. En algunas casas se preparan con almendras trituradas, lo que deja una salsa espesa y suave. También siguen haciéndose migas con pan asentado, aceite y trozos de embutido, sobre todo en los meses fríos.
El vino forma parte del paisaje del valle del Jalón desde hace siglos. En muchas casas se bebe vino de la zona, oscuro y con ese punto áspero que suele aparecer en los suelos secos y pedregosos de esta parte de Aragón.
La hora de la siesta y otros secretos
Entre las dos y las cuatro la actividad baja mucho. Las persianas quedan a medio cerrar y el ruido se reduce al paso de algún coche o al motor de un tractor que vuelve de los campos.
Es buen momento para caminar sin prisa por las calles del centro. En algunas todavía se ven antiguas bodegas excavadas bajo las casas, con respiraderos que asoman a ras de suelo. De vez en cuando aparece una puerta entreabierta que deja ver un patio con baldosas gastadas, una parra o una pequeña fuente.
Si el calor aprieta, el parque municipal concentra buena parte de la vida tranquila del pueblo. Los plátanos dan sombra y cerca se escucha el agua del Jalón. Desde ahí salen caminos de tierra que se adentran en la vega. En primavera los bordes del sendero se llenan de amapolas y el olor a hierba cortada se queda flotando en el aire.
Cuándo ir y qué evitar
Octubre es el momento con más movimiento por las fiestas. El ambiente es animado, aunque también hay más gente en el centro y cuesta más aparcar cerca de la plaza.
El invierno trae nieblas al valle del Jalón, sobre todo por la mañana. Los días pueden ser fríos, pero también es cuando el pueblo se siente más pausado: menos coches, más tiempo en la calle cuando sale el sol.
En agosto, especialmente los fines de semana, Épila se llena de familias que regresan al pueblo desde Zaragoza u otras ciudades cercanas. Las plazas se convierten en lugares de encuentro y el silencio de otras épocas del año desaparece.
Para aparcar conviene dejar el coche en las calles que rodean el centro. Épila se recorre bien andando y en pocos minutos se pasa de la plaza a la ribera del Jalón o a los caminos de la vega.
Cuando cae la tarde y encienden las primeras farolas, la torre de Santa María vuelve a dominar el perfil del pueblo. El Jalón sigue sonando al fondo, siempre igual, como si marcara el ritmo tranquilo con el que aquí pasan los días.