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sobre Lena
Puerta de Asturias y Prerrománico
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El olor a leña quemada te llega antes de ver bien la plaza. Es una mañana fresca de primavera en La Pola y todavía hay persianas medio bajadas. En algún obrador llevan horas trabajando y el aire trae ese olor a pan caliente que se queda pegado a la ropa. La luz entra azulada entre los edificios cuando cruzas la plaza y alguien carga cajas en una furgoneta. En Lena el día empieza temprano, con el ruido metálico de las persianas subiendo y el primer café del bar de la esquina.
Santa Cristina de Lena aparece después de una curva que parece no llevar a ninguna parte. Estás en el alto, con el valle extendiéndose debajo, verde oscuro, y de pronto la iglesia del siglo IX está ahí, pequeña y muy quieta. El edificio es compacto, casi geométrico, con las cuatro torrecillas marcando las esquinas. Cuando sopla viento del puerto de Pajares solo se oye eso: aire moviendo la hierba y el crujido de la grava bajo los pies.
Dentro, la penumbra huele a piedra húmeda. Las ventanas son estrechas y dejan entrar líneas de luz que caen sobre el suelo y las paredes como cuchilladas claras. Conviene mirar antes los horarios o pasar por el aula del Prerrománico que hay al lado: cuando la iglesia está cerrada, allí suelen tener la llave.
El tiempo de los cántaros
En La Pola, cerca de Pentecostés, se celebra la romería de La Flor. A primera hora aparecen los cántaros de barro cubiertos de musgo, flores y cintas de colores. Los llevan sobre todo mujeres, aunque cada vez participa más gente joven. La subida se hace caminando, en grupo, entre conversaciones y gaitas que van sonando a ratos.
Arriba se comparte comida, sidra y lo que cada familia haya traído de casa. Los arbeyos de Somerón —guisantes pequeños y muy dulces cuando es buena temporada— suelen aparecer en muchas mesas. El ambiente es tranquilo, de pueblo que se conoce de toda la vida.
El resto del año, La Pola funciona a otro ritmo. La estación de tren está en pleno centro y marca parte del movimiento del día: gente que baja a Mieres o a Oviedo a trabajar, estudiantes con mochila, jubilados sentados en un banco mirando quién llega. A media tarde la calle Real vuelve a llenarse de voces y de vasos de sidra golpeando el mostrador.
Las huellas de los romanos
La vía romana de La Carisa sigue trazando una línea clara hacia la montaña. En algunos tramos apenas es una franja de piedra entre la hierba; en otros se ve mejor el empedrado antiguo. La ruta sube desde la zona de Carabanzo hacia los altos que separan Asturias de León, y caminar por allí tiene algo áspero: viento constante, vacas pastando lejos y bastante silencio.
De vez en cuando se organizan recreaciones históricas relacionadas con las campañas romanas en esta sierra. Los vecinos montan pequeños campamentos y los críos corretean entre escudos de madera y cascos más o menos logrados. No es un gran espectáculo, más bien una excusa para recordar que por estos cordales pasó mucha gente antes.
Más abajo, en la zona de Vega del Ciego, se conserva un mosaico romano protegido por una estructura sencilla. Los colores —azules, rojos terrosos, verdes apagados— todavía se distinguen bien cuando la luz entra de lado. Se descubrió por casualidad mientras se trabajaba la tierra, algo que ha pasado más de una vez en los valles del Caudal. Si vas entre semana es posible que no haya nadie alrededor, solo el ruido ocasional de un coche en la carretera cercana.
El sabor de la montaña
En Agüeria o en los pueblos que miran hacia Pajares, el olor que manda muchas veces es el de la carne asándose despacio. Algunas fiestas locales giran alrededor del cordero a la estaca, cocinado durante horas sobre brasas. La escena suele repetirse: mesas largas, gente discutiendo de fútbol o de política, niños corriendo entre las sillas plegables.
En aldeas como Pajares, Tuiza o Carabanzo todavía quedan casas con horno en el patio o pegado al portal. No se usa todos los días, pero cuando se enciende se nota enseguida en la calle. El pan de centeno aguanta bien varios días y tiene esa corteza oscura que cruje al partirla. A veces se vende directamente desde la casa, envuelto en papel.
Cuándo ir y qué evitar
A finales de primavera el valle está especialmente verde y los caminos suelen estar secos. Los días se alargan bastante y Santa Cristina recibe luz hasta bien entrada la tarde. Es buen momento para caminar por la zona de La Carisa sin el viento frío del invierno.
Agosto trae más coches, sobre todo los fines de semana, cuando mucha gente sube hacia Pajares o cruza el puerto hacia León. La Pola se vuelve más ruidosa y aparcar cerca del centro cuesta más.
En invierno el paisaje cambia por completo. Cuando nieva en el puerto, el valle queda muy silencioso y el aire huele a humo de chimenea casi todo el día. No es la época más cómoda para moverse, pero sí una de las más tranquilas.
Un detalle práctico: si vas al mosaico romano, lleva agua. Desde la carretera parece que está a dos pasos, pero el paseo se alarga un poco y apenas hay sombra.
Y antes de irte, acércate a alguna tienda del centro y compra un chorizo del valle. Suele venir envuelto en papel blanco, todavía con olor a humo. Si lo abres días después, en casa, ese aroma te devuelve por un momento a las mañanas frías de Lena.