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sobre Mieres
Cuna de la minería y la sidra
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Mieres es como ese compañero de trabajo que lleva años sin cambiar de armario: sabe que su época dorada pasó, pero se levanta cada mañana con la misma dignidad de siempre. Y aquí viene lo curioso del turismo en Mieres: en lugar de esconder su pasado industrial, lo saca a pasear por la calle.
Cuando la minería dejó de ser noticia
La primera vez que pisé Mieres fue un domingo de noviembre. La ciudad tenía ese silencio particular de las tardes largas, roto por alguna conversación que se escapa de los bares del centro. La fábrica que levantó el industrial francés Numa Guilhou a mediados del siglo XIX ya no humea, pero las chimeneas siguen ahí, como esos tatuajes que te hiciste de joven y ahora forman parte de tu historia.
Lo que más me llamó la atención fue cómo la gente habla de la minería. Yo esperaba ese tono melancólico que encuentras en otros sitios cuando una industria se apaga. Aquí no tanto. Un hombre mayor me lo resumió mientras escanciaba sidra: “Antes olía a azufre y a sudor; ahora huele a sidra y a cordero”. Y lo decía sin drama.
Mieres no funciona como museo. Es más bien una ciudad que tuvo que reorganizarse cuando el carbón dejó de marcar el ritmo de todo.
El Camino que nadie espera
Aquí hay un detalle curioso: el nombre oficial es Mieres del Camino. Mucha gente de fuera ni lo sabe, pero tiene que ver con el paso del Camino de Santiago por el concejo.
El tramo que atraviesa la ciudad no tiene nada que ver con la imagen clásica de viñedos y pueblos medievales. Aquí el paisaje mezcla barrios obreros, restos industriales y edificios que recuerdan la época en la que el carbón movía mucho dinero. El Liceo de Mieres, por ejemplo, con ese aire art déco de los años veinte, parece sacado de otra época.
Es uno de esos lugares donde el Camino cambia de tono. Menos postal, más vida real.
Bustiello: el poblado minero mejor conservado
A unos kilómetros del centro está Bustiello. Si vas con tiempo, merece la pena acercarse.
Lo levantó una empresa minera para sus trabajadores y todavía se reconoce perfectamente la idea original: casas alineadas, zonas comunes, iglesia, escuela. Un pequeño mundo organizado alrededor de la mina.
Pasear por allí un domingo por la mañana tiene algo curioso. Algunas casas están cuidadas, otras esperan arreglo, pero el conjunto sigue contando la historia de cómo vivían las familias mineras. Hablando con un vecino que paseaba al perro me dijo algo muy de aquí: “Yo nací aquí, trabajé aquí y aquí sigo”.
Ese tipo de frase resume medio siglo de historia del valle.
La senda verde del Turón
Si te apetece caminar un poco, la senda verde del Turón es uno de esos planes sencillos que salen bien casi siempre. El camino sigue el trazado de un antiguo ferrocarril minero y avanza paralelo al río.
No tiene gran dificultad. Es más bien un paseo largo, de esos en los que vas encontrando puentes, restos de estaciones y alguna construcción industrial que quedó olvidada cuando el tren dejó de pasar.
Hay momentos en los que el paisaje se vuelve bastante tranquilo, con el sonido del agua y poco más. Y cuesta imaginar que por aquí circulaban vagones cargados de carbón.
Comer bien cuando el tiempo se tuerce
Porque en Mieres llueve. Y cuando llueve de verdad, los planes de monte se reducen rápido.
La ventaja es que aquí la cocina es de las que te arreglan el día. Fabada, cordero preparado al estilo de la zona, potes contundentes… platos pensados para gente que trabajaba duro y necesitaba comer en serio.
No es una gastronomía pensada para turistas. Es comida de casa, de la que te deja claro que después toca paseo o siesta.
Cuándo acercarse
A finales de septiembre la ciudad cambia bastante con las fiestas de San Cosme y San Damián. Durante esos días las calles se llenan de gente que vuelve al pueblo aunque viva fuera, música por todas partes y ese ambiente de fiesta que en Asturias se toma muy en serio.
En verano también suele haber bastante movimiento en la calle, sobre todo por la tarde, cuando baja un poco el calor y la gente sale a pasear por el centro.
La verdad es que Mieres no entra en la lista típica de lugares “bonitos” del norte. No tiene playa ni un casco histórico de postal. Pero tiene otra cosa que, cuando viajas mucho por Asturias, aprendes a valorar: una identidad muy clara y bastante poca paciencia para el postureo turístico.
Y eso, a su manera, también engancha.