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sobre Cudillero
El pueblo más pintoresco de la costa
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Los pixuetos —así se llaman aquí, del pixin, el rape que llena sus redes— no tuvieron demasiada opción cuando eligieron dónde poner el pueblo. El mar se mete en un valle estrecho entre acantilados y apenas deja suelo. Ese condicionante explica casi todo el turismo en Cudillero: el puerto abajo, las casas subiendo por la ladera y las calles convertidas en escaleras. Las viviendas blancas, con tejado oscuro, se ordenan en terrazas irregulares que miran al Cantábrico. No es una decisión estética. Fue pura necesidad.
El puerto que se hizo parroquia
La primera noticia escrita del lugar suele situarse en 1232, aunque el Cudillero que reconocemos hoy empieza a tomar forma en el siglo XV. Para entonces ya llegaban barcos con sardina y pixín que luego seguían camino hacia el interior.
La iglesia de San Pedro, del siglo XVI, fue una de las primeras construcciones duraderas. Se levantó sobre el puerto, pagada poco a poco por los propios vecinos. Su posición no es casual. Desde el atrio se controla la entrada al abrigo natural donde fondeaban los barcos. Durante mucho tiempo funcionó también como punto de vigilancia informal.
Algo más arriba queda la Capilla del Humilladero, que suele datarse en el siglo XIII. Es pequeña y sobria, de mampostería y sillares en las esquinas. Señalaba el punto donde el antiguo camino entraba al pueblo. La tradición decía que los viajeros se arrodillaban ante la Virgen antes de seguir. De ahí el nombre. Hoy queda encajada entre casas, pero aún marca la transición entre el núcleo marinero y las zonas agrícolas del valle.
Cuando el pueblo baja a la mar
El 29 de junio, día de San Pedro, el pueblo cambia de ritmo. Por la mañana se celebra la misa marinera. Después llega la Amuravela, uno de los ritos civiles más conocidos de Cudillero.
Un vecino sube a una barca colocada en el muelle y desde allí recita versos en dialecto pixueto. El texto repasa lo ocurrido durante el año: disputas, anécdotas, pequeñas desgracias. Todo con tono satírico. La tradición suele situarse en el siglo XIX y conserva bastante del carácter original. No es tanto una fiesta para visitantes como una forma de reírse de uno mismo delante de todo el pueblo.
En agosto la población crece mucho. Llegan familias que llevan generaciones veraneando aquí y el calendario se llena de celebraciones populares. Las calles estrechas se ocupan con mesas improvisadas, sidra escanciada y pescado recién hecho. Aun así, el puerto sigue funcionando como siempre. Los barcos salen de madrugada y regresan a media mañana, como llevan haciendo décadas.
Acantilados y turberas
A pocos kilómetros del casco urbano aparece otro paisaje. El Cabo Vidio es uno de los puntos más expuestos de esta costa. El terreno termina en un cantil oscuro que cae casi a plomo sobre el mar.
Desde Oviñana parte un sendero corto que llega hasta el borde del acantilado. La caminata no es larga, pero el terreno sube con decisión. Arriba se entiende bien la forma de la costa occidental asturiana: plataformas de roca, grietas abiertas por el mar y pequeñas cuevas que solo se ven con marea baja. En días de mar fuerte el ruido de las olas llega antes que la propia vista del agua.
Hacia el interior el paisaje cambia por completo. La turbera de Las Dueñas es un humedal atlántico donde el suelo se vuelve esponjoso y oscuro. La turba se ha ido formando durante siglos con restos vegetales acumulados. Allí crecen plantas adaptadas a ese suelo ácido, entre ellas algunas droseras insectívoras. Una pasarela de madera permite cruzar la zona sin hundirse en el terreno.
Cómo moverse sin prisa
Cudillero se entiende mejor caminando. Las distancias son cortas, pero las cuestas obligan a tomárselo con calma. La llamada Ruta de los Miradores conecta varios puntos altos del pueblo: El Baluarte, La Garita, La Atalaya y El Pico. Entre todos forman un recorrido de algo más de dos kilómetros con subidas constantes.
Desde cada mirador se aprecia algo distinto. El puerto en forma de herradura, el entramado de escaleras o la línea de acantilados hacia el oeste. También ayudan a entender por qué muchas calles tienen nombres que aluden a la pendiente.
El Camino de Santiago de la Costa atraviesa el concejo. La etapa hacia Muros de Nalón discurre entre playas, bosques de eucalipto y antiguos caminos de herradura. El tren de vía estrecha para en El Pito, a unos tres kilómetros del centro, y conecta con varias localidades de la costa.
Lo que se come (y cuándo)
La cocina local depende mucho de lo que llega al puerto. En primavera suele aparecer el pixín, que aquí se prepara a la sidra o simplemente frito. En verano se ven con frecuencia chopas a la plancha y oricios abiertos en crudo.
También sigue presente la boroña preñada. Es un pan de maíz relleno de pescado azul que los marineros llevaban a bordo porque aguantaba bien la jornada en el mar.
Un par de horas en la Quinta
A unos cuatro kilómetros del puerto se encuentra la Quinta de Selgas. El conjunto pertenece al siglo XIX y lo levantó una familia vinculada al comercio con América.
El palacio conserva colecciones de pintura y artes decorativas reunidas en aquella época. Los jardines siguen un diseño muy ordenado, con largas perspectivas y un canal que ayudaba a refrescar el aire en verano. La visita suele hacerse en grupos y con horario limitado.
Para llegar a Cudillero desde Oviedo se tarda alrededor de tres cuartos de hora por la autovía del Cantábrico. El coche se deja normalmente en la parte alta del pueblo. El casco antiguo es peatonal y las calles, en realidad, son más escaleras que calles.
En pleno agosto el lugar se llena y moverse cuesta más. En primavera el ambiente cambia. Hay menos gente y el puerto vuelve a sonar como siempre: gaviotas, motores de los barcos y el golpe seco de las cajas de pescado al descargarlas.