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sobre Muros de Nalón
Balcón al Cantábrico
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A primera hora, cuando el puerto todavía está medio en silencio, Muros de Nalón huele a sal y a madera húmeda. Alguna gaviota se posa en los postes del muelle y el agua de la ría se mueve despacio, casi sin ruido. Las casas claras del pueblo —muchas levantadas por indianos que regresaron de América— reflejan una luz blanda que dura poco; en cuanto el sol sube, todo cambia y empiezan a llegar coches hacia la costa.
El pueblo está en la desembocadura del Nalón, donde el río se abre antes de encontrarse con el Cantábrico. Esa mezcla de ría y mar marca el ambiente: el aire tiene algo más húmedo que en otros pueblos cercanos y, cuando baja la marea, aparece el olor oscuro del fango entre los juncos.
El pequeño núcleo histórico
En el centro del casco urbano, la iglesia de Santa María de Muros conserva partes muy antiguas entre reformas posteriores. Los muros gruesos y las ventanas estrechas mantienen ese aire sobrio de muchas iglesias rurales asturianas. Alrededor suele haber poco movimiento entre semana; se escuchan más los pasos sobre el pavimento que el tráfico.
A unos minutos aparece la capilla de San Roque, sencilla, casi discreta. Estas capillas pequeñas siguen ligadas a fiestas locales que se celebran cada verano, aunque el resto del año pasan bastante desapercibidas.
Cerca también está el palacio de Valdecarzana, vinculado históricamente a los Bernaldo de Quirós. No funciona como monumento visitable en el sentido clásico, pero al rodearlo se aprecia bien el tipo de arquitectura señorial que dejaron algunas familias poderosas en la zona.
Entre una calle y otra van apareciendo casas con balcones de hierro y galerías acristaladas. No forman un conjunto monumental, pero cuentan parte de la historia del pueblo: el dinero que llegó de América, mezclado con viviendas marineras mucho más sencillas.
La bajada hacia la costa
Desde el pueblo, el camino natural termina siempre mirando al mar. La playa de Aguilar queda muy cerca y es la que concentra más movimiento en verano. La arena es fina y el acceso relativamente fácil, algo que explica que en los días soleados se llene con rapidez.
Aun así, temprano por la mañana el ambiente es distinto. El agua suele estar lisa, apenas rota por alguna tabla de surf, y la línea de acantilados proyecta sombra sobre parte de la arena.
Un poco más escondida queda la playa del Castillo, rodeada por paredes de roca y vegetación baja. Cuando la marea sube mucho, el espacio de arena se reduce bastante. Conviene mirar el estado del mar antes de bajar y tener cuidado en los senderos si ha llovido: el terreno arcilloso resbala con facilidad.
En lo alto de los acantilados hay varios puntos desde donde se ve la desembocadura del Nalón. Desde allí la ría cambia de color según la luz: a veces verde oscuro, otras casi gris metálico cuando el cielo se cierra.
Caminar por los acantilados
Entre Muros y la costa salen varios senderos que siguen el borde del acantilado. No son rutas largas ni especialmente duras, pero el viento suele soplar con fuerza y el suelo permanece húmedo buena parte del año.
En algunos tramos hay barandillas; en otros, el camino es simplemente una franja de tierra entre la hierba y la caída hacia el mar. Conviene llevar calzado con suela firme y no salirse del sendero marcado.
Las vistas cambian a cada curva: pequeñas calas, manchas de espuma contra la roca y, más lejos, el Cantábrico abierto.
La ría del Nalón
Si en lugar de mirar al mar se sigue la ría hacia dentro, el paisaje se vuelve más tranquilo. Aparecen zonas de marisma con juncos, restos de embarcaciones varadas y aves que aprovechan la calma del estuario.
En ciertas épocas del año es posible ver garzas o cormoranes posados en los postes de madera. No hace falta caminar mucho: basta con acercarse a la orilla y quedarse un rato escuchando. El sonido aquí no es el de las olas, sino el chapoteo suave del agua entre el barro.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
Entre finales de primavera y principios de otoño los días son largos y el clima suele acompañar para caminar por la costa. Julio y agosto traen bastante más gente, sobre todo en la zona de Aguilar, y aparcar cerca de la playa puede llevar paciencia.
Fuera del verano el pueblo se queda mucho más tranquilo. Algunas cafeterías y tiendas abren menos días entre semana, algo habitual en localidades pequeñas de la costa asturiana.
Si se quiere recorrer los senderos costeros, mejor evitar días de lluvia reciente o llevar buen calzado. La humedad se queda en la tierra y las piedras durante horas.
Un pueblo que se entiende mejor despacio
Muros de Nalón no es grande ni está lleno de monumentos. En una mañana se puede recorrer el centro sin dificultad. Pero el lugar se entiende mejor cuando se baja hasta el mar, se camina un rato por los acantilados y se vuelve al pueblo con el viento todavía en la ropa.
Ahí aparece lo que realmente define al sitio: la ría tranquila a un lado, el Cantábrico abierto al otro y un puñado de casas blancas mirando hacia ambos.