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sobre Laviana
Fiesta y naturaleza en el Nalón
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El tren que sube por el valle del Nalón deja ver desde la ventanilla lo que fue este concejo durante más de un siglo. Laviana creció al ritmo del carbón: montes abiertos por las explotaciones, pueblos levantados junto a los pozos, barrios obreros que se agarran a las laderas sobre el río. Esa huella sigue siendo visible. La minería explica por qué los pueblos están donde están y por qué muchas calles bajan en pendiente hacia el fondo del valle.
El valle que fue carbón
La cuenca minera del Nalón empezó a explotarse con intensidad en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la industria asturiana necesitaba hulla para alimentar fábricas y siderurgias. Pola de Laviana, capital del concejo, acabó funcionando como centro administrativo y comercial de los pueblos mineros que fueron creciendo a su alrededor. El casco urbano conserva parte de esa estructura: calles que descienden hacia la plaza central, donde todavía se instala el mercado semanal.
La iglesia de San Nicolás en Villoria suele citarse como el único templo de origen románico conservado en el concejo, aunque el edificio actual ha pasado por varias reformas. Está algo separado del núcleo principal, algo habitual en iglesias muy antiguas que se levantaron antes de que los pueblos adquirieran su forma actual. Su fábrica sobria contrasta con templos más recientes construidos durante el auge minero en barrios como El Condao o Barredos.
Un paisaje que se rehace
Tras el cierre de las explotaciones a finales del siglo XX, el monte empezó a cambiar de aspecto. En muchas laderas han vuelto a ganar terreno los robles, castaños y avellanos. El ejemplo más claro es el valle del Alba, al norte del concejo. Desde las afueras de La Pola parte la conocida Ruta del Alba, un sendero que se interna por un desfiladero siguiendo el curso del río entre bosque atlántico.
El camino avanza entre paredes de roca y tramos de ribera donde el agua forma pozas. Durante décadas estos arroyos estuvieron vinculados a la actividad minera; hoy el paisaje tiene un aspecto mucho más cerrado y húmedo. La senda continúa valle arriba hacia las zonas altas de la sierra. Desde allí se entiende bien la forma del territorio: un valle estrecho rodeado por montes que superan con facilidad los mil metros, con la silueta caliza de Peña Mea dominando buena parte del horizonte.
La otra orilla del río
Al sur del Nalón el relieve se abre un poco y aparecen más prados de siega y castañares. Pueblos como Entralgo o Villoria mantuvieron tradicionalmente una economía más ligada al campo, aunque la minería también acabó llegando a buena parte del concejo.
Entre estos pueblos se conservan tramos de antiguos caminos que comunicaban el valle con los puertos de la cordillera y, más allá, con la meseta. Algunos conservan todavía partes empedradas y muros laterales que recuerdan su uso histórico por arrieros y ganaderos.
En Entralgo hay un hórreo del siglo XVIII que se utiliza como pequeño espacio etnográfico. Es una construcción sencilla, de madera sobre pegollos de piedra, pero ayuda a entender cómo se organizaban las casas campesinas antes del auge minero. El pueblo mantiene celebraciones tradicionales en torno a San Juan, cuando las hogueras vuelven a ocupar la plaza al anochecer.
Huellas literarias e historia local
Laviana también aparece en la literatura asturiana gracias a Armando Palacio Valdés. El escritor nació en La Pola en 1853 y ambientó en estos valles varias de sus novelas. La más conocida es La aldea perdida, donde retrata el mundo rural anterior a la gran expansión minera.
En el concejo se menciona a menudo el llamado Torreón del Condao, del que hoy quedan restos muy fragmentarios. La estructura se sitúa en una posición elevada que domina el paso del Nalón en uno de sus tramos más estrechos, lo que sugiere una función de vigilancia del valle en época medieval.
Cómo moverse y cuándo
Laviana se encuentra en el tramo alto de la cuenca del Nalón, a menos de una hora por carretera de Oviedo y de la costa central asturiana. El tren que recorre el valle sigue parando en La Pola, aunque con menos frecuencias que en otras épocas.
El concejo se recorre bien en coche, combinando el fondo del valle con las carreteras que suben hacia los pueblos de ladera. Para caminar, la primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos: el bosque del Alba cambia mucho con las estaciones y el valle recupera un ritmo más tranquilo fuera de los meses centrales del verano.