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sobre Navia
Ría y mar en el occidente
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El río Navia desemboca aquí en un estuario que los romanos ya utilizaban como puerto. Por ese punto salía parte del oro que se extraía en el interior. Ese pasado explica bastante del turismo en Navia hoy: una villa abierta al mar y al río, más de tránsito que de postal. Navia siempre ha vivido mirando hacia fuera.
El mar que hizo el pueblo
Navia existe porque el mar le dio sentido. Los pescadores de Puerto de Vega —hoy dentro del municipio— llevaron sus barcos hasta Terranova mucho antes de que la pesca del bacalao se convirtiera en industria moderna. Aquellas campañas largas marcaron la economía local durante siglos.
Las antiguas defensas del puerto, levantadas en el siglo XVIII, todavía conservan cañones de hierro. No eran ornamentales. Servían para vigilar la entrada a la ría en un tiempo en que el litoral cantábrico estaba expuesto a ataques y contrabando.
La iglesia de Santa Marina se levantó en buena medida con dinero del mar. El edificio actual mezcla etapas constructivas, aunque el retablo mayor corresponde al siglo XVIII. Desde el entorno del templo se entiende bien la lógica del lugar: el río detrás y el Cantábrico a pocos minutos.
En Puerto de Vega se reconocen aún las casas de antiguos armadores. Balcones de madera, rejas trabajadas y algunos escudos con motivos marinos. No forman un conjunto congelado. Hay vecinos viviendo en ellas, ropa tendida, macetas en los balcones. El barrio sigue siendo barrio.
Los que se fueron y los que volvieron
Como en buena parte del occidente asturiano, la emigración a América dejó huella. A finales del siglo XIX muchos vecinos marcharon a Cuba, Argentina o México. Algunos regresaron con dinero y otra forma de entender la vivienda.
Las llamadas casas de indianos aparecen en varias calles de Navia. No son muchas, pero se reconocen enseguida. Miradores de hierro, azulejos de colores, jardines con palmeras que contrastan con el clima atlántico. En su momento eran una declaración pública: el propietario había cruzado el océano y volvía con recursos.
Más que un estilo homogéneo, estas casas cuentan historias personales. Cada una responde al gusto y a la experiencia de quien regresó.
Piedra y barro
En el concejo quedan varios palacios rurales que nacieron como casas fuertes. No eran castillos en sentido estricto. Eran residencias de linajes locales que necesitaban proteger sus tierras.
El palacio de Anleo conserva trazas medievales, aunque sufrió incendios y reconstrucciones a lo largo del tiempo. En Lienes se levanta otro conjunto con torre, más simbólica que defensiva. Y en Andés se mantiene un palacio con capilla propia que durante siglos funcionó como centro religioso del entorno.
Del recinto amurallado de la villa apenas queda un tramo en la calle Las Armas. Son pocos metros de piedra. Aun así ayudan a entender dónde terminaba la villa antigua. Al otro lado empezaba el terreno abierto hacia el río.
Cuando el agua se vuelve fiesta
El calendario festivo sigue muy ligado a la ría. En agosto se concentran varias celebraciones tradicionales: la Virgen de la Barca, San Roque y la Jira. Durante esos días mucha gente baja a las orillas del río para pasar la jornada comiendo al aire libre y alargando la tarde.
En ese mismo mes se celebra también el conocido descenso a nado de la ría de Navia. La prueba reúne a nadadores de muchos sitios, pero para los vecinos tiene algo más cotidiano: el estuario convertido en punto de encuentro.
En Puerto de Vega, ya entrado septiembre, se celebran las fiestas de la Virgen de Guía. Las calles se llenan de faroles y música en asturiano. El ambiente recuerda el origen marinero del lugar.
Cómo moverse tomándose su tiempo
El casco urbano de Navia se recorre andando sin dificultad. Desde el puente sobre la ría hasta la zona de playa hay unos tres kilómetros.
La llamada ruta de la Costa Naviega enlaza varios puntos del concejo siguiendo el litoral. Pasa por lugares como Barayo, Puerto de Vega, Frejulfe o Andés. El recorrido es largo, pero se puede hacer por tramos.
También hay una senda fluvial que acompaña al río hasta la playa de Frejulfe. Es un camino llano y sencillo.
A poca distancia se encuentra el castro de Coaña, uno de los yacimientos castreños más conocidos del occidente asturiano. Desde allí se domina visualmente el estuario. Esa posición explica por qué fue ocupado hace más de dos mil años.
Lo que se come (y se bebe)
La cocina local sigue siendo la de las casas y las fiestas. El pote de berzas aparece a menudo, con cachelos y compango. Es un plato de cuchara pensado para jornadas largas.
También es habitual encontrar chosco de la zona occidental, cortado en rodajas finas. El bollo preñao sigue cumpliendo su función original: comida fácil de llevar al campo o a una romería.
El queso de Vidiago, de leche de vaca, se consume bastante en esta parte de Asturias. Y la sidra natural acompaña casi cualquier comida, sobre todo en verano.
En el término municipal nació Ramón de Campoamor, una figura conocida de la poesía española del siglo XIX. En el entorno del palacio de Campos‑Osorio de Piñera se conserva un naranjo que, según la tradición local, plantó él mismo. Sigue dando fruto algunos inviernos. Un detalle pequeño, pero muy acorde con el carácter tranquilo de esta zona del occidente asturiano.