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sobre Cangas del Narcea
Tierra de vino y pólvora
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Te juro que el GPS se despistó más de una vez antes de llegar. Curvas, bosque, más curvas… y de repente el valle se abre. Casas, río y viñedos. Viñedos en Asturias. La primera vez que ves eso en Cangas del Narcea te quedas un poco parado, como cuando entras en un bar de toda la vida y descubres que hacen un vermú casero que no sabías que existía.
El pueblo que se bebe su propio vino
Cangas del Narcea es ese amigo que siempre tiene una botella rara en casa y te la sirve con orgullo. Aquí se hace vino desde hace siglos; la historia suele remontarse a los romanos, que andaban por estas montañas buscando oro y dejaron también la costumbre de plantar viña.
El valle del Narcea crea un microclima curioso. El río templa el ambiente, las montañas protegen del viento y las nieblas aparecen cuando quieren. Con ese cóctel salen uvas que no esperarías ver tan al norte.
El resultado son vinos muy distintos a los que la mayoría tiene en la cabeza cuando piensa en España. No van por el camino de un Rioja clásico. Son más ligeros, a veces un poco salvajes, con ese punto que recuerda al monte húmedo después de llover. El albarín blanco, por ejemplo, suele tener un toque muy fresco, casi de hierba recién cortada.
Y lo mejor es que muchas bodegas siguen siendo pequeñas, muy de hablar con quien las trabaja. De esas donde la conversación se alarga más que la cata.
Donde el bosque manda y los humanos pedimos permiso
Si hay un lugar que explica bien esta zona es Muniellos.
Entrar no es tan sencillo como aparcar y echar a andar. El acceso está muy controlado y hay que pedir permiso con antelación porque el número de visitantes es limitado. Y tiene sentido: es uno de los robledales mejor conservados que quedan en Europa.
Cuando caminas por allí entiendes rápido por qué. Robles enormes, silencio casi total y la sensación de que el bosque lleva siglos funcionando sin necesidad de nosotros. Si ves fauna grande será más cuestión de suerte que de insistir; lo normal es notar que estás en su territorio, no al revés.
La ruta es larga y se toma su tiempo, así que conviene ir con agua, algo de comida y pocas prisas. Y asumir que el móvil, en muchos tramos, sirve básicamente para hacer fotos.
Las fiestas en las que el pueblo se vacía (y luego se llena)
Hay momentos del año en los que Cangas cambia completamente de ritmo.
En verano llega la fiesta grande dedicada a la Magdalena. Durante esos días el pueblo se llena y uno de los momentos más comentados es la llamada Gran Descarga, un espectáculo de fuegos artificiales que hace retumbar todo el valle. No es algo discreto, precisamente.
En otoño el ambiente gira alrededor del vino. Coincidiendo con la vendimia se organizan celebraciones donde el vino de la zona se prueba sin demasiada ceremonia: copa en mano, música por la calle y mucha gente del propio concejo mezclada con quienes vienen de fuera.
Es el tipo de fiesta donde acabas hablando con gente que no conocías cinco minutos antes.
Por qué vas a volver (y no solo por el chosco)
El chosco suele aparecer en cualquier conversación sobre Cangas. Es un embutido contundente, ahumado, con pimentón, de esos que llenan el plato y te hacen pedir pan casi sin darte cuenta.
Pero lo que suele enganchar no es solo la comida.
Es el ritmo del sitio. Aquí las cosas pasan despacio. La gente se para a hablar en mitad de la calle, el mercado sigue siendo punto de encuentro y los pueblos alrededor mantienen esa vida tranquila que en las ciudades ya cuesta imaginar.
Una tarde cualquiera, sentado en una terraza mirando el valle del Narcea mientras cae el sol, entiendes rápido por qué hay gente que vino un fin de semana y acabó buscando casa por la zona.
Mi consejo: ven en otoño si puedes. Los bosques cambian de color, la vendimia está en marcha y el ambiente tiene algo muy de final de temporada tranquila. Con un par de días puedes recorrer el casco urbano, acercarte al monasterio de Corias y explorar algunos pueblos del concejo.
Y probablemente te irás con esa sensación rara de haber encontrado un rincón que no suele salir en las listas rápidas, pero que cuando lo conoces… apetece repetir. Y sí, con alguna botella de vino en el maletero.