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sobre Coaña
Historia castreña viva
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A primera hora, cuando la niebla todavía se enreda en la ribera del Navia, Coaña suena a cencerros y a ruedas de tractor sobre el asfalto húmedo. Son las ocho o así. En las brañas cercanas las vacas ya están moviéndose despacio entre la hierba mojada. Desde el castro, las piedras guardan algo del calor del día anterior. Abajo, hacia Ortiguera, el mar golpea los cantiles con un sonido seco que llega en ráfagas cuando la marea sube.
El turismo en Coaña suele empezar ahí arriba, entre esas murallas antiguas que miran al Cantábrico y al valle del Navia al mismo tiempo.
Las piedras del castro
El castro de Coaña lleva siglos observando el mismo paisaje. Las murallas siguen marcando el borde del poblado y dentro aparecen las viviendas circulares, bajas, hechas con piedra oscura. Al caminar entre ellas se ve bien la forma del asentamiento: pequeños grupos de casas, pasillos estrechos, restos de hogares en el centro.
Desde el borde del recinto el paisaje cambia según hacia dónde mires. Al norte aparece el mar, de un verde oscuro cuando el día está cerrado. Hacia el sur se abre el valle del Navia, con prados rectangulares y pueblos pequeños repartidos por las laderas.
El sendero de acceso suele oler a brezo cuando el suelo está húmedo. En invierno se forma barro y conviene traer calzado que agarre bien. En septiembre y octubre la luz entra baja por la tarde y marca mejor los relieves de las piedras. Si llevas prismáticos, a última hora a veces se ven corzos moviéndose cerca del río.
Ortiguera y el borde del Cantábrico
La carretera que baja a Ortiguera pierde el mar y lo recupera varias veces entre curvas y prados. El puerto aparece de golpe al final, pequeño y recogido. Hay redes extendidas sobre el cemento y barcas amarradas que crujen cuando cambia la marea.
Aquí se oye bastante el eonaviego, esa mezcla de gallego y asturiano propia de esta parte del occidente. En el muelle y en los soportales se mantiene en las conversaciones cotidianas, con ese ritmo lento de las zonas de costa.
Cuando el tiempo se tuerce —algo frecuente en esta franja del litoral— la lluvia entra de lado y el puerto queda casi vacío. El mar sigue golpeando los cantiles de San Agustín, un tramo de costa donde la roca cae recta hacia el agua. En días claros el horizonte queda limpio y amplio; en días grises apenas se distingue dónde acaba el mar.
Caminos junto al Navia
El río Navia marca buena parte del paisaje de Coaña. Cerca del puente de El Espín arrancan varios caminos de ribera que avanzan entre castaños y alisos. En otoño el suelo se cubre de hojas y el sendero se vuelve blando bajo las botas.
Hay tramos donde el río ha ido comiendo la orilla y el paso se estrecha. No es complicado, pero conviene caminar con atención si el terreno está mojado. El agua baja oscura y lenta en algunas curvas, más rápida en otras donde aparecen piedras grandes en mitad del cauce.
Más arriba, el pico de Jarrio domina el valle. No es una subida muy larga, aunque el desnivel se nota en las piernas. Desde la parte alta se ven bien los prados cerrados con setos, las casas dispersas y el mar al fondo cuando el cielo está limpio. El viento suele soplar con fuerza en esa zona y no hay muchas fuentes cerca, así que conviene llevar agua.
Cuando cambia el ritmo del pueblo
En agosto el ambiente se altera bastante, sobre todo en Ortiguera. Llegan coches de fuera, las calles se llenan y el puerto tiene más movimiento del habitual. Es la época de fiestas en muchos pueblos de la zona.
Fuera de esas semanas el ritmo es otro. En primavera los prados están muy verdes y los tractores suben y bajan por los caminos agrícolas. En otoño aparece el olor a manzana y a mosto en varias casas del concejo, coincidiendo con la temporada de la sidra.
En algunas ferias locales, que suelen celebrarse cuando llega el frío, la plaza se llena de puestos pequeños con productos de la zona. Se oye hablar en corrillos, se prueban quesos y la sidra cae en los vasos con ese golpe seco que deja una espuma breve.
Si vas al castro, conviene mirar antes los horarios actualizados porque cambian según la época del año. Y si llegas en coche, suele ser más cómodo dejarlo en la parte alta y terminar el acceso caminando. La cuesta final se hace corta y el paisaje se abre poco a poco antes de entrar en el recinto.