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sobre El Franco
Cuna de Corín Tellado y mar
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El Franco es como ese primo que solo ves en bodas y bautizos: no es el más guapo de la familia, pero cuando llega la hora de comer resulta que se lleva la mejor tía y conoce al camarero. El Franco, en el occidente de Asturias, suele quedar escondido entre nombres más conocidos —Cudillero, Llanes, Ribadesella—. Y, sin embargo, lleva mucho tiempo haciendo su vida a su manera.
El pueblo que no quería ser capital
A Caridá es la capital del concejo, aunque tiene más aire de villa tranquila que de centro administrativo. Con poco más de mil vecinos, concentra lo básico: ayuntamiento, colegio, algún comercio, el consultorio. Nada de grandes alardes.
Mucha gente acaba mirando más hacia Porcía. Allí la playa manda bastante en el ritmo del lugar. Aparcas cerca —fuera de agosto normalmente no es complicado— y en cinco minutos estás pisando arena. Si caminas hacia Castello, la costa se va abriendo poco a poco, con praderas encima de los acantilados y el mar golpeando abajo. No es un paseo preparado ni señalizado; es simplemente la costa tal como es.
Viavélez: un puerto pequeño que sigue trabajando
Desde la carretera, Viavélez apenas se adivina. Un puñado de casas en pendiente y poco más. Pero cuando bajas la rampa aparece el puerto.
Dos diques de piedra, barcas amarradas y el sonido constante de las gaviotas. No hay demasiada escenografía para visitantes. Aquí el puerto sigue siendo eso: un sitio donde se trabaja.
Si te quedas un rato, acabas viendo el trajín de siempre: gente arreglando redes, cajas que van y vienen, conversaciones cortas apoyados en el muelle. Durante años fue también refugio de veraneantes discretos; se suele contar que la escritora Corín Tellado pasaba temporadas aquí.
Palacios sin demasiada ceremonia
El Franco guarda varios pazos y casas solariegas repartidos por las parroquias. No están concentrados ni forman un conjunto monumental al uso; aparecen de repente entre prados y carreteras locales.
El de Fonfría es uno de los más conocidos. Tiene una torre antigua, escudos en la fachada y una fuente de agua ferruginosa que deja ese sabor metálico tan típico. No es raro ver a alguien llenando una botella.
El de Miudes, que suele mencionarse en documentos muy antiguos, queda cerca del trazado del Camino de la Costa. A veces pasan peregrinos y se paran a descansar sin darle demasiadas vueltas al sitio donde están sentados.
Entre unos y otros salen rutas de carretera estrecha, tramos de pista y mucho prado alrededor. Aquí lo normal es cruzarte con más vacas que gente.
Cuando baja la marea en Porcía
Porcía cambia bastante según la marea. Cuando el agua se retira aparece un cinturón de roca lleno de pozas. Es el momento en que algunos vecinos se acercan a mirar marisco entre las piedras.
Si ves a alguien con traje de neopreno y herramientas en la mano, mejor observar desde lejos. No es un espectáculo para turistas; es gente trabajando.
En Viavélez, en cambio, hay días en los que el pueblo se llena. Cuando llega la fiesta del Carmen, la imagen de la Virgen suele salir en procesión por el puerto. Suena la banda, se reúne medio concejo y el muelle se convierte en plaza.
La vuelta a casa
El Franco no es un sitio que necesite un fin de semana entero salvo que te guste moverte sin plan. Se recorre bien en coche, parando en la costa, mirando algún puerto y cruzando aldeas.
Desde Oviedo el viaje ronda la hora larga por la A‑8. Llegas, das una vuelta por Viavélez, bajas a Porcía, conduces un rato por el interior y vuelves a casa con esa mezcla de sal y viento que se te queda en la ropa.
No es un lugar que haga mucho ruido. Y quizá por eso sigue funcionando así. Sin demasiada pose. Como siempre ha sido.