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sobre Ibias
Tierra de cunqueiros y sol
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A las ocho de la mañana, el sonido del agua baja claro por el río Ibias mientras en Cecos todavía hay pocas puertas abiertas. Las casas de pizarra guardan la humedad de la noche y el aire huele a leña fría y a hierba mojada. La luz entra entre los castaños y deja destellos dorados sobre los tejados oscuros. Caminar a esa hora por cualquiera de estas aldeas tiene algo sencillo: apenas pasa un coche y lo único que se oye, además del río, es algún gallo tardío o el golpe seco de una herramienta en una huerta.
Ibias, en el occidente asturiano, es un concejo amplio y muy disperso. Bosques de roble y castaño cubren buena parte de las laderas, y entre ellos aparecen praderas inclinadas donde aún se ve ganado pastando. Las carreteras obligan a tomárselo con calma: curvas cerradas, tramos estrechos y cobertura irregular. En el mapa las distancias parecen cortas, pero aquí cada valle tiene su propio ritmo y moverse de un pueblo a otro lleva más tiempo del que uno imagina.
Al final del día queda esa sensación de haber atravesado un territorio que sigue funcionando para quien vive aquí, no para quien pasa unas horas.
Ibias forma parte del área donde se mueve el oso pardo cantábrico. Verlo es raro. Lo habitual, si acaso, son huellas en el barro o algún rastro removido en el suelo del bosque. Conviene caminar con respeto: sin ruido, sin salirse de los caminos y sin intentar acercarse a zonas donde pueda haber fauna sensible. Si no se tiene experiencia en montaña o en territorios con grandes mamíferos, lo más sensato es informarse antes.
Una parte del concejo limita con el entorno de Muniellos, uno de los robledales mejor conservados de la cordillera Cantábrica. El acceso al interior del bosque está muy regulado y requiere permiso previo con cupo diario. Si no se tiene autorización, lo que queda es moverse por los alrededores: carreteras forestales, miradores o senderos desde los que se adivina la masa compacta del bosque.
Pueblos que mantienen su carácter
San Antolín de Ibias actúa como centro del concejo. No es grande: unas cuantas calles, edificios administrativos y casas donde la pizarra sigue siendo el material dominante. Suele ser el sitio donde parar un momento, comprar algo básico o estirar las piernas antes de seguir carretera arriba.
Alrededor aparecen aldeas pequeñas como Cecos, Marentes o Seroiro. Muchas mantienen la estructura tradicional: casas de piedra con tejados de pizarra, cuadras adosadas y prados que llegan casi hasta la puerta. En invierno es fácil ver humo saliendo de las chimeneas a media tarde; en verano, el sonido constante de las cigarras en los márgenes de los caminos.
No son lugares preparados para recibir grupos grandes. Son pueblos donde la vida sigue ligada al campo, y eso se nota en los ritmos: tractores pasando despacio, perros vigilando las fincas, gente trabajando en las huertas.
Las iglesias rurales aparecen de repente entre las casas o en pequeñas elevaciones. Suelen ser construcciones sencillas, muchas con cementerios diminutos alrededor y algún tejo viejo dando sombra. Más que monumentos, funcionan como puntos de referencia en el paisaje.
Caminar por los valles de Ibias
El senderismo aquí significa moverse por pistas y caminos que enlazan aldeas, praderas y manchas de bosque. El terreno suele estar húmedo buena parte del año, así que conviene llevar calzado que aguante barro y piedra suelta. Tras varios días de lluvia algunos tramos se vuelven resbaladizos.
Los prismáticos ayudan si te interesa la fauna: corzos al amanecer, rapaces planeando sobre los claros o jabalíes que cruzan rápido al caer la tarde. El resto del tiempo el paisaje se impone con algo más silencioso: viento entre los robles, hojas secas crujientes bajo los pies y el olor terroso del bosque.
Lo que conviene saber antes de venir
Ibias no funciona bien con prisas. Los pueblos están lejos unos de otros y las carreteras obligan a conducir despacio. Si la idea es recorrer varios valles en un solo día, probablemente acabarás más tiempo en el coche que caminando.
También conviene llegar con el depósito del coche razonablemente lleno y algo de agua. En zonas altas la cobertura del móvil puede fallar y no siempre hay servicios cerca.
Si tienes pensado acercarte a Muniellos, revisa antes cómo funciona el sistema de permisos. Sin esa autorización no se puede entrar al bosque protegido.
Para una visita corta
Si solo tienes un par de horas, lo más sencillo es empezar en San Antolín y desde ahí acercarte a alguna aldea cercana, como Cecos. Aparcar al principio del pueblo y caminar unos minutos suele ser suficiente para entender el lugar: el sonido del río, las huertas pegadas a las casas, los caminos que se pierden entre prados.
No hace falta recorrer muchos kilómetros. A veces basta con sentarse un rato en un banco o en un muro de piedra y mirar cómo cambia la luz sobre las montañas.
Errores frecuentes
El más común es calcular mal los tiempos. En Ibias cada desplazamiento lleva más de lo que parece y las carreteras invitan a conducir con calma.
También pasa que algunos visitantes aparcan donde no deben, bloqueando accesos a fincas o caminos agrícolas. Conviene fijarse bien antes de dejar el coche.
Y un detalle importante: confiar solo en el móvil para orientarse puede dar problemas. En varias zonas la señal desaparece; llevar un mapa descargado o un track guardado evita sustos.
Mejor época para visitar
La primavera llena los valles de verde intenso y los ríos bajan con fuerza. En otoño el paisaje cambia por completo: castaños y robles pasan a tonos ocres y rojizos, y los caminos quedan cubiertos de hojas húmedas.
El verano suele traer días calurosos en las horas centrales, sobre todo en los fondos de valle, aunque las mañanas y las últimas horas de la tarde siguen siendo agradables para caminar. En invierno no es raro encontrar niebla cerrada o placas de hielo en carreteras secundarias, así que conviene conducir con cuidado.